Chita y Currito
Antiguamente se decía que hay gente que parece que
únicamente sale a la calle en determinadas ocasiones. El primer domingo de octubre
es uno de esos días. Día para la hermosura de un rito ante un regreso que evoca
la historia, la memoria, y los recuerdos.
La empresa Hispano
Alemana de Construcciones que construyó el segundo silo del Senpa en la
carretera de la Estación,
con su encargado Manuel García Quismundo, que tanto le gustaba el flamenco. El
hongo que había en las casas al que se le echaba azúcar para conservarlo, y del
que decían que tenía la propiedad de curar los males. Los hermanos Alonso y
Manuel García Anguiano, que vivían en la calle Carreras. Los hermanos Eduardo y
Antonio Serrano, que eran albañiles y vivían en la calle de Porras. Paco López
que trabajó en el ultramarino de Juan Serrano. Gerardo Flores, que llegó de San
Pedro de Mérida para ser el encargado de los semilleros de Corchero, luego de
Invecosa y Carcesa. El cartero Benedicto Centeno, que vivió en la calle Virgen
de Barbaño y fue cartero mayor y representante de la Mahou en Badajoz; su hijo
Simón tocaba el saxofón y fue músico militar. La albardonería de Julio, frente
a Talleres Albarrán. Sábanas el Burrito Blanco.
Los jóvenes que se
ponían en verano para ligar pantalones de mil rayas, zapatos de rejillas y
fragancias Varón Dandy. Germán Núñez pidiendo en el bar de Bartolomé Guisado,
que estaba frente al casino, “Bartó, dame una copa de vino”. Respuesta, “No,
hasta que me pagues lo que me debes”; remate final, “Entonces me voy porque yo
no puedo esperar tanto”. El baile de Rainbow, al que le llamaban “el gazpacho”.
Cuando le preguntabas la hora a Juan Herrera Soto, el popular Visagra, y él te
respondía mostrándote el reloj, “Mírala tú ahí”. ¡Aunque soy chiquitita sin
talla y sin voz, soy la que tengo el culo más gordo de la calle de Badajoz! Cervera
I el grande y el Pajarón toreando unas vaquillas en la plaza portátil que se
instaló en la barriada Las Cumbres, con motivo de una fiesta que organizaron
Juan Asensio y Paco Polo por la entrega de unas viviendas.
Los municipales
llevando montado a Antonio el Barranto en una carrucha hacia el Ayuntamiento, y
él diciendo, “Vaya, vaya las ambulancias que tiene mi pueblo; vaya, vaya”. El bar
con ocho basta, en la plaza del Rey, donde antes estuvo la sombrerería de
Villalobos. El álbum de cromos Vida y Color. El ultramarino de Luis Rodríguez y
su mujer Vicenta, en la calle Piñuela, junto a la ermita de Jesús, que también
llevaba la representación de las máquinas de coser de la marca Singer. ¡Si La
Candelora chora, el invierno fora. Que chora o deje de chorá, el invierno fora
va! La gente, en las mañanas de los domingos, escuchando misa desde el acerado
de la puerta de la ermita de San Antonio. Los protectores de hierro que se clavaban
en la puntera y en la parte de atrás del tacón de los zapatos para evitar el
desgaste y alargar la vida de las suelas y tapas de material. La
expresión “Está jalamío”.
Alonso Gragera
trabajando con los albañiles, explicando en qué consistía su oficio, “Peón
terrestre, elevador de arenas mezclosas”. ¡Santa Bárbara bendita que en el
cielo está escrita, por los clavos de la cruz, padre nuestro, amén, Jesús! Currito,
el loro que trajo Antonio Rodilla de Cutuco (República del Salvador) y Chita,
una mona titi que compró en Santa Isabel (Guinea Ecuatoriana), que estaban en
casa de su padre, el medio Lucas Rodilla, en la calle Esteban Amaya. María
Gaspar cantando en misa, en la iglesia de San Pedro. Placido Almirante y Dolores
Julián paseando por el Real de la Feria. La fragua de los hermanos Piedehierro,
en la calle Piñuela, que después fue el bar de Pedro Moreno y luego el de
Basiliso, conocido también como La Universidad. El anuncio en la radio “Al pan,
pan y al vino, vino; para fiambres el salmantino”. Cuando los monaguillos
decían ante de los entierros, “Cantemos o no cantemos, cinco duros ya tenemos”.
Antiguamente se decía que hay gente que parece que únicamente sale a la calle en determinadas ocasiones. El primer domingo de octubre es uno de esos días. Día para la hermosura de un rito ante un regreso que evoca la historia, la memoria, y los recuerdos.
La empresa Hispano Alemana de Construcciones que construyó el segundo silo del Senpa en la carretera de la Estación, con su encargado Manuel García Quismundo, que tanto le gustaba el flamenco. El hongo que había en las casas al que se le echaba azúcar para conservarlo, y del que decían que tenía la propiedad de curar los males. Los hermanos Alonso y Manuel García Anguiano, que vivían en la calle Carreras. Los hermanos Eduardo y Antonio Serrano, que eran albañiles y vivían en la calle de Porras. Paco López que trabajó en el ultramarino de Juan Serrano. Gerardo Flores, que llegó de San Pedro de Mérida para ser el encargado de los semilleros de Corchero, luego de Invecosa y Carcesa. El cartero Benedicto Centeno, que vivió en la calle Virgen de Barbaño y fue cartero mayor y representante de la Mahou en Badajoz; su hijo Simón tocaba el saxofón y fue músico militar. La albardonería de Julio, frente a Talleres Albarrán. Sábanas el Burrito Blanco.
Los jóvenes que se ponían en verano para ligar pantalones de mil rayas, zapatos de rejillas y fragancias Varón Dandy. Germán Núñez pidiendo en el bar de Bartolomé Guisado, que estaba frente al casino, “Bartó, dame una copa de vino”. Respuesta, “No, hasta que me pagues lo que me debes”; remate final, “Entonces me voy porque yo no puedo esperar tanto”. El baile de Rainbow, al que le llamaban “el gazpacho”. Cuando le preguntabas la hora a Juan Herrera Soto, el popular Visagra, y él te respondía mostrándote el reloj, “Mírala tú ahí”. ¡Aunque soy chiquitita sin talla y sin voz, soy la que tengo el culo más gordo de la calle de Badajoz! Cervera I el grande y el Pajarón toreando unas vaquillas en la plaza portátil que se instaló en la barriada Las Cumbres, con motivo de una fiesta que organizaron Juan Asensio y Paco Polo por la entrega de unas viviendas.
Los municipales llevando montado a Antonio el Barranto en una carrucha hacia el Ayuntamiento, y él diciendo, “Vaya, vaya las ambulancias que tiene mi pueblo; vaya, vaya”. El bar con ocho basta, en la plaza del Rey, donde antes estuvo la sombrerería de Villalobos. El álbum de cromos Vida y Color. El ultramarino de Luis Rodríguez y su mujer Vicenta, en la calle Piñuela, junto a la ermita de Jesús, que también llevaba la representación de las máquinas de coser de la marca Singer. ¡Si La Candelora chora, el invierno fora. Que chora o deje de chorá, el invierno fora va! La gente, en las mañanas de los domingos, escuchando misa desde el acerado de la puerta de la ermita de San Antonio. Los protectores de hierro que se clavaban en la puntera y en la parte de atrás del tacón de los zapatos para evitar el desgaste y alargar la vida de las suelas y tapas de material. La expresión “Está jalamío”.
Alonso Gragera trabajando con los albañiles, explicando en qué consistía su oficio, “Peón terrestre, elevador de arenas mezclosas”. ¡Santa Bárbara bendita que en el cielo está escrita, por los clavos de la cruz, padre nuestro, amén, Jesús! Currito, el loro que trajo Antonio Rodilla de Cutuco (República del Salvador) y Chita, una mona titi que compró en Santa Isabel (Guinea Ecuatoriana), que estaban en casa de su padre, el medio Lucas Rodilla, en la calle Esteban Amaya. María Gaspar cantando en misa, en la iglesia de San Pedro. Placido Almirante y Dolores Julián paseando por el Real de la Feria. La fragua de los hermanos Piedehierro, en la calle Piñuela, que después fue el bar de Pedro Moreno y luego el de Basiliso, conocido también como La Universidad. El anuncio en la radio “Al pan, pan y al vino, vino; para fiambres el salmantino”. Cuando los monaguillos decían ante de los entierros, “Cantemos o no cantemos, cinco duros ya tenemos”.





















