Las tropelías permitidas realizadas en la Iglesia de San Pedro · Manuel Regalado del Viejo · Montijo
Nadie ignora que la fachada de la Iglesia de San Pedro está
llena de “pegotazos”; pegotazos en cuanto a la estética, pues la labor del
albañil que la ejecutó no tiene motivos de censura, pero las reparaciones en
estos casos en edificios semejantes van unidos a la restauraciones; se realizó
la primera y no se tuvo en cuenta la segunda. Cierto que el deterioro de la
piedra se evitó su avance, ¿mas, es acaso la manera idónea de reparar un
edificio de varios siglos de antigüedad? Si bien su parte exterior no se le
considera mucho valor arquitectónico por su austeridad, más parecida a una fortaleza,
sí lo tiene, como patrimonio de valor histórico. Las piedras se reponen con
otras piedras y no con un lucido de cemento como si se tratara de un fachada
cualquiera.
Este lucido ha sido ideal para que los incivilizados dejen
impresas sus estupideces como en cualquier otro muro de menos importancia. Y
aquí tenemos la última tropelía, que más que tropelías son atropellos y
chapuzas; se da una mano de pintura para ocultar lo ocultable. Con esta
determinación (además de ser una mamarrachada) pueden ponérselo más fácil para
que los irresponsables sigan haciendo de las suyas y terminar siendo peor el
remedio que la enfermedad. ¡Qué bonito y qué estético el zócalo de amarillo! Ha
sido como la mancha de la mora, que con otra verde se quita. Aquí una pintada
se soluciona con otra pintada. Me recuerda los años de auténtica crisis (no la
de ahora) cuando los pantalones de las personas mayores; y no tan mares, tenían
alguna rotura, les zurcían como buenamente podían un trozo de tela para
reforzarla de lo que podían encontrar. Si el pantalón era de color claro, el
remiendo podía ser de color oscuro y viceversa.
Estás cosas se hacen porque la cultura falla en algunas
cosas; y no quiero decir que no la tengan, mucho más de lo que yo pueda saber,
que no tiene categoría para llamarla cultura, pero en el aspecto que comentamos
les hace falta más preparación y como la ignorancia es tan atrevida… lo que hay
que tener y que hasta algunos intelectuales escasean a pesar de todo, es buen
gusto y sentido común: ¡Sí señor, sentido común!
Hay que reconocer que si Montijo estuviese en una zona
turística, muy poco podríamos ofrecer al viajero. La iglesia de San Pedro, lo
más relevante y representativo de nuestro patrimonio. Qué pena prestarle tan
poca atención y la que se le presta, de forma negativa, pues para conservar
algo en toda su pureza hace falta no adulterarlas. Las cosas es mejor dejarlas
como están el tiempo que sean necesarias y esperar a que vengan otros mejores y
hacer las cosas bien desde un principio. Si los recursos no alcanzan, hay
ayudas por otras vías, el ejemplo lo tenemos en el convento de las Clarisas. Si
las ayudas descarrillan y no llegan, se piden a los feligreses que jamás se han
negado aportando su granito de arena. Siempre nos han dicho que la Iglesia es
de todos; será como institución, como templo, en todas las épocas tuvo dueño y
como tal, fue el encargado del ordeno y mando. Al recurrir a los feligreses es
cuando en esas circunstancias, paradójicamente: ¡El templo es de todos!
Nadie ignora que la fachada de la Iglesia de San Pedro está llena de “pegotazos”; pegotazos en cuanto a la estética, pues la labor del albañil que la ejecutó no tiene motivos de censura, pero las reparaciones en estos casos en edificios semejantes van unidos a la restauraciones; se realizó la primera y no se tuvo en cuenta la segunda. Cierto que el deterioro de la piedra se evitó su avance, ¿mas, es acaso la manera idónea de reparar un edificio de varios siglos de antigüedad? Si bien su parte exterior no se le considera mucho valor arquitectónico por su austeridad, más parecida a una fortaleza, sí lo tiene, como patrimonio de valor histórico. Las piedras se reponen con otras piedras y no con un lucido de cemento como si se tratara de un fachada cualquiera.
Este lucido ha sido ideal para que los incivilizados dejen impresas sus estupideces como en cualquier otro muro de menos importancia. Y aquí tenemos la última tropelía, que más que tropelías son atropellos y chapuzas; se da una mano de pintura para ocultar lo ocultable. Con esta determinación (además de ser una mamarrachada) pueden ponérselo más fácil para que los irresponsables sigan haciendo de las suyas y terminar siendo peor el remedio que la enfermedad. ¡Qué bonito y qué estético el zócalo de amarillo! Ha sido como la mancha de la mora, que con otra verde se quita. Aquí una pintada se soluciona con otra pintada. Me recuerda los años de auténtica crisis (no la de ahora) cuando los pantalones de las personas mayores; y no tan mares, tenían alguna rotura, les zurcían como buenamente podían un trozo de tela para reforzarla de lo que podían encontrar. Si el pantalón era de color claro, el remiendo podía ser de color oscuro y viceversa.
Estás cosas se hacen porque la cultura falla en algunas cosas; y no quiero decir que no la tengan, mucho más de lo que yo pueda saber, que no tiene categoría para llamarla cultura, pero en el aspecto que comentamos les hace falta más preparación y como la ignorancia es tan atrevida… lo que hay que tener y que hasta algunos intelectuales escasean a pesar de todo, es buen gusto y sentido común: ¡Sí señor, sentido común!
Hay que reconocer que si Montijo estuviese en una zona turística, muy poco podríamos ofrecer al viajero. La iglesia de San Pedro, lo más relevante y representativo de nuestro patrimonio. Qué pena prestarle tan poca atención y la que se le presta, de forma negativa, pues para conservar algo en toda su pureza hace falta no adulterarlas. Las cosas es mejor dejarlas como están el tiempo que sean necesarias y esperar a que vengan otros mejores y hacer las cosas bien desde un principio. Si los recursos no alcanzan, hay ayudas por otras vías, el ejemplo lo tenemos en el convento de las Clarisas. Si las ayudas descarrillan y no llegan, se piden a los feligreses que jamás se han negado aportando su granito de arena. Siempre nos han dicho que la Iglesia es de todos; será como institución, como templo, en todas las épocas tuvo dueño y como tal, fue el encargado del ordeno y mando. Al recurrir a los feligreses es cuando en esas circunstancias, paradójicamente: ¡El templo es de todos!




















