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Manuel García Cienfuegos
Domingo, 30 de Junio de 2013

Madre Josefa

Esta mañana ha fallecido Madre Josefa, religiosa clarisa del convento de Nuestro Señor del Pasmo de Montijo. Tenía 98 años. Nació en 1915 en Villanueva de la Serena. El noviciado lo realizó en 1942, profesando en 1946. Fue Vicaria durante el gobierno largo de Madre Isabel y Abadesa desde 1966-1973, pero sobre todo ha sido una buena hija de Madre Santa Clara.

Llamada, vocación, entrega, servicio a Dios, es lo que sienten y entienden esta religiosas que abrazan la vida consagrada, entregándose a la radicalidad evangélica, al carisma y forma de vida de Clara y Francisco de Asís. Para quienes la humildad es pobreza de espíritu, convirtiendo esa pobreza en obediencia, en servicio y deseos de darse sin límites a los demás.

No me duelen prendas en proclamar, a través del oficio de los trazos de la artesana carpintería de la palabra, que recibí de estas vírgenes consagradas los mejores consejos y virtudes cristianas cuando rozaba la adolescencia, uniéndome con ellas desde entonces, hace de ello más de cuarenta años, algo más que una agradable amistad.

Oración, pobreza y penitencia vivida bajo la contemplación y el retiro conventual, son un maravilloso testimonio, un ejemplo que nos recuerda con su estilo de vida la fugacidad de los bienes temporales y la perennidad de los valores del espíritu.

Cuando conocí la comunidad, era abadesa la Madre Josefa. De ella recibí varios testimonios y consejos espirituales, pero hubo uno que me marcó por su espiritualidad, ya que me transmitió con la suave dulzura y sencillez que siempre ha caracterizado a Madre Josefa, que el amor por la pobreza nace de la visión de Cristo pobre, de Cristo Redentor y Rey del mundo, nacido en el pesebre. Aquel que es el Rey y, sin embargo, no tuvo nada ni exigió nada terrenal para sí. Su única posesión era vivir la voluntad del Padre. En estas horas tristes me quedo de ella estos valores que me transmitió.

La última vez que hablé con ella fue en el funeral de sor Espíritu Santo (9 de diciembre del año pasado). Cuando me vio, desde su silla de ruedas, se sonrió, me estrechó las manos y me besó. Bastó para que el Señor, desde el Evangelio de este domingo, le llamase de nuevo, “Sígueme”. Madre Josefa, descanse en paz.

 

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