Cine Fórum Mérida: El artista y la modelo
Dirección: Fernando Trueba. Duración: 104 min. Reparto: Jean Rochefort (Marc Cros), Aida Folch (Mercè), Claudia Cardinale (Léa), Chus Lampreave (María) Guion: Fernando Trueba y Jean-Claude Carrière. Fotografía en B/N: Daniel Vilar. Montaje: Marta Velasco
Verano de 1943. En un lugar de la Francia ocupada, no
lejos de la frontera española, un viejo escultor de fama, cansado de la vida y
de la locura de los hombres, reencuentra, gracias a la llegada de una joven
española escapada de un campo de refugiados, el deseo de volver a trabajar y
esculpir su última obra. Mientras trabajan, la modelo y el artista hablan de lo
que les rodea: la vida y la muerte, la sinrazón de la guerra, la juventud y la
vejez, la búsqueda de la belleza en tiempos de horror, el sentido y la
necesidad del arte…
Filmografía
seleccionada de F. Trueba: Opera Prima (1980) El Año de
las Luces (1986) Belle Epoque (1992) La Niña de Sus Ojos (1998) Calle 54 (2000)
El Embrujo de Shangai (2002) El Milagro de Candeal (2004) El Baile de la
Victoria (2009) Chico & Rita (2010)
Premios:
· Mejor Director Festival de San
Sebastián 2012
· Nominada a 13 Goyas de la Academia
Española
El poder de fascinación de la belleza, la necesidad de
encontrar una idea, el proceso de atrapar esa inspiración huidiza y convertirla
en algo físico y tangible, la naturaleza misma del arte y, en fin, el tortuoso
acto de crear. Todo eso y mucho más es El Artista y La Modelo, quizás la
película más personal y hermosa que ha hecho Fernando Trueba en muchos años.
Cuenta con armas muy poderosas Trueba para hacer de su película una obra de lo
más disfrutable. En primer lugar tiene a su disposición, tan entregada como su
propio personaje, generosa en su desnudez física y emocional, a una estupenda Aida
Folch en su mejor papel hasta la fecha.
Sobre ella, o mejor dicho sobre la hermosa rotundidad de
sus formas y el deseo y la fascinación que su belleza supone para el viejo
artista – y para el espectador de paso – construye Trueba una película de premisa
sencilla pero infinita capacidad de sugerencia. Acompañamos al escultor en su
viaje paso a paso, despacio, sin prisa, paladeando cada etapa del proceso,
deleitándonos con las pequeñas cosas, con cada nueva conquista, con cada nuevo
aprendizaje. Consigue Trueba que nos impliquemos del todo, casi sentir que
podemos crear junto a ese artista en sus últimos días al que encarna con
notable convicción Jean Rochefort, tan absorto en la contemplación de la
belleza de Folch como en su momento lo estuvo de la de Anna Galiena.
Cuando la película alcanza su punto máximo de sugerencia,
cuando la conexión pasa de la fascinación a un deseo incapaz de verse
satisfecho – no se pierdan la maravillosa forma en la que Trueba narra ese
momento – el espectador no puede sino sentir un estremecimiento cercano al que
experimentan en su complicidad artista y modelo, modelo y artista, unidos de
una forma mucho más sólida que en otro tipo de relaciones. Por eso nos importa
algo menos lo que sucede fuera del reducido espacio de creación que ambos
componen – los maquis, los niños, el cura, Chus Lampreave, incluso esa
felizmente recuperada Claudia Cardinale – ya que lo único que queremos en todo
momento es volver a ser voyeurs
privilegiados de ese universo, participar sin ser vistos de todo el proceso y
sentirnos parte de él. Cuando salimos de ese estudio, aunque sea por un breve
rato, solo añoramos volver a ese espacio donde de la mano firme de Trueba,
Rochefort y Folch, Aida y Jean, crean y recrean el arte como forma de
embellecer la vida. Todo lo demás es accesorio.
Verano de 1943. En un lugar de la Francia ocupada, no lejos de la frontera española, un viejo escultor de fama, cansado de la vida y de la locura de los hombres, reencuentra, gracias a la llegada de una joven española escapada de un campo de refugiados, el deseo de volver a trabajar y esculpir su última obra. Mientras trabajan, la modelo y el artista hablan de lo que les rodea: la vida y la muerte, la sinrazón de la guerra, la juventud y la vejez, la búsqueda de la belleza en tiempos de horror, el sentido y la necesidad del arte…
Filmografía seleccionada de F. Trueba: Opera Prima (1980) El Año de las Luces (1986) Belle Epoque (1992) La Niña de Sus Ojos (1998) Calle 54 (2000) El Embrujo de Shangai (2002) El Milagro de Candeal (2004) El Baile de la Victoria (2009) Chico & Rita (2010)
Premios:
· Mejor Director Festival de San Sebastián 2012
· Nominada a 13 Goyas de la Academia Española
El poder de fascinación de la belleza, la necesidad de encontrar una idea, el proceso de atrapar esa inspiración huidiza y convertirla en algo físico y tangible, la naturaleza misma del arte y, en fin, el tortuoso acto de crear. Todo eso y mucho más es El Artista y La Modelo, quizás la película más personal y hermosa que ha hecho Fernando Trueba en muchos años. Cuenta con armas muy poderosas Trueba para hacer de su película una obra de lo más disfrutable. En primer lugar tiene a su disposición, tan entregada como su propio personaje, generosa en su desnudez física y emocional, a una estupenda Aida Folch en su mejor papel hasta la fecha.
Sobre ella, o mejor dicho sobre la hermosa rotundidad de sus formas y el deseo y la fascinación que su belleza supone para el viejo artista – y para el espectador de paso – construye Trueba una película de premisa sencilla pero infinita capacidad de sugerencia. Acompañamos al escultor en su viaje paso a paso, despacio, sin prisa, paladeando cada etapa del proceso, deleitándonos con las pequeñas cosas, con cada nueva conquista, con cada nuevo aprendizaje. Consigue Trueba que nos impliquemos del todo, casi sentir que podemos crear junto a ese artista en sus últimos días al que encarna con notable convicción Jean Rochefort, tan absorto en la contemplación de la belleza de Folch como en su momento lo estuvo de la de Anna Galiena.
Cuando la película alcanza su punto máximo de sugerencia, cuando la conexión pasa de la fascinación a un deseo incapaz de verse satisfecho – no se pierdan la maravillosa forma en la que Trueba narra ese momento – el espectador no puede sino sentir un estremecimiento cercano al que experimentan en su complicidad artista y modelo, modelo y artista, unidos de una forma mucho más sólida que en otro tipo de relaciones. Por eso nos importa algo menos lo que sucede fuera del reducido espacio de creación que ambos componen – los maquis, los niños, el cura, Chus Lampreave, incluso esa felizmente recuperada Claudia Cardinale – ya que lo único que queremos en todo momento es volver a ser voyeurs privilegiados de ese universo, participar sin ser vistos de todo el proceso y sentirnos parte de él. Cuando salimos de ese estudio, aunque sea por un breve rato, solo añoramos volver a ese espacio donde de la mano firme de Trueba, Rochefort y Folch, Aida y Jean, crean y recrean el arte como forma de embellecer la vida. Todo lo demás es accesorio.




















