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Jueves, 06 de Mayo de 2010

PORT-O-SAN

¡Joder, cómo ha cambiado el cuento!

Siempre he presumido, y siempre lo haré de ser anti-machista, de creer de verdad en la igualdad de sexos y en todas esas cosas que ahora algunos y algunas aprovechan para inventar leyes y “jodiuras” varias que provocan situaciones tan rocambolescas que difícilmente podrían haber sido ideadas por los mejores cuentistas (léase creadores de cuentos, claro) . Entre estas bien llamadas chorradas legislativas, burocráticas, administrativas o el término que sea, que mejor que yo lo sabrá seguro mi vecino de página Vicente está la genial ocurrencia de cambiar los cuentos clásicos. Todos aquellos pequeños relatos que nos contaron nuestros padres quienes, a su vez, los habían escuchado en boca de nuestros abuelos y así, pasando de padres a hijos durante años y años, han ido tejiendo unos maravillosos lazos de complicidad entre generaciones y generaciones, encontrando un punto de unión entre formas de ver la vida tan distintas como las de abuelos y nietos, formando ilusiones y desarrollando la imaginación en las mentes de los más pequeños, pueden transformarse en grotescas versiones de sí mismos por obra y gracia de la lumbreras de turno. Porque resulta, dicen, que el papel de la mujer se ha presentado durante todo este tiempo en una forma ofensiva y vejatoria, cuando menos: que si la bella y por ello envidiada Blancanieves no tendría que cuidar de la casa de los enanitos, y tonterías por el estilo.

Pues bien, si miramos las cosas desde ese punto de vista, y adentrándonos también en otros ámbitos de la cultura popular, no es el papel del hombre más agradable, pues de sexo masculino son La Bestia, El Ogro, El Hombre del saco, El Sacamantecas, El Lobo Feroz, y otros personajes de la misma calaña. Yo no se vosotros, pero yo prefiero ser el bueno, aunque me toque lavar los calzoncillos del tierno Mudito todos los días de mi vida que ir por ahí comiendo niños y lindezas por el estilo. Pero para gustos hay colores, claro (aunque yo sea daltónico). ¿Y qué me decís de pasar media vida bajo la apariencia de un sapo?
Pero nada, cambiemos las cosas. Convirtamos a Blancanieves en una sexy ejecutiva con siete empleados a los que oprimir…¡verás tú qué prontito la cuidan y velan! Transformemos los títulos y anunciemos “El ente durmiente”, narrado por Iker Jiménez, la increíble historia de un ser de procedencia y, por supuesto, sexo desconocido que duerme y duerme durante siglos (sin roncar, para no dar pistas, ¿eh?) Manipulemos contenidos y trasformemos a Cenicienta en “Oropel”, una nueva rica más mala que Ángela Chaning, que le hace la vida imposible a su pobre madrastra por sus continuas faltas de respeto (hasta que llaman a los de Hermano Mayor de Cuatro, claro) o…en fin, ¿para qué más?...tampoco hay que cebarse con los fallos del prójimo (ni de la prójima)

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