Que alegría cuando me dijeron
Por la resolana han llegado los manantiales en la molienda de las almazaras. La aceituna se desangra en un parto generoso que trae la gloria líquida. Son tiempos de espera.
El comercio de Cristóbal López, en la calle Santa Ana, que posteriormente continuaron Juan y Antonio Vivas. ¡Hemos ganado tres a cero y Sayago de portero! Las clases de Religión del sacerdote don Pedro Gragera en el Instituto. Las clases de francés de Alfonso Villalobos en la academia de Tomás Rodas. La escuela de don José Morilla, arriba, y la de doña Trinidad, su mujer, abajo, en su casa de la calle Mérida. La peluquería Martínez, en la plaza Piñero. La relojería Muizq, en la plaza de España. Don José Zambrano, el párroco, cantando “Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”, moviendo la cabeza en señal de protesta al oír el abrir y cerrar de la puerta de la iglesia de los que llegaban tarde a misa. La hierba venenosa que cultivaban los agricultores. Cuando jugábamos al fútbol en las eras y
colocábamos la ropa haciendo con ella los postes de la portería.
La Banda de Música del maestro Antonio, el
del pito gordo, tocando por la calle de Papas, en dirección a la plaza de toros
portátil, el pasodoble Clavelín. La glicinia de la casa de María Zúñiga que con
su manto malva cubría el patio, trepando por la tapia y echándose hacia la
calle. Las carteleras del cine Salón Moderno que pintaba Edelmiro López.
Catalina y Juana Cruz vendiendo pescado en la Plaza de Abastos. Alonso Benítez presentando una
de las actuaciones de Morenito de Montijo del espectáculo Noches de coplas, “Montijo vistió de gala, esencia de una canción. Las
campanas repicaron cuando nació el cantaor. Cante grande, cante fino, es el
cante que le ofrece Morenito”. Escoger las lentejas en la camilla. Antonio
Cruz vendiendo cupones de la Once. Pedro
Hidalgo Coto vendiendo gaseosa La Carmela.
Anselmo Ramírez, director de la orquesta Tibidado, al que le
gustaba decir “La música es para unos cuantos privilegiados del Señor y usted,
caballero, no está dentro de ellos”. Miguel del Viejo Franco en El Estillero.
La muñeca Mariquita Pérez.
Antonio Polo y María Soltero, que
formaron parte de la compañía del Teatro María Guerrero. Pepe Oliva, que
llevaba el bar del Hiper Florida. Los rombos de champú que se compraban en la
droguería para lavarse la cabeza una vez a la semana. Maldonado, Uria y Cerezo.
El concentrado de tomate Corchero. La carnicería de Paco Hernández, en el Campo
de la Iglesia. Las
abuelas haciendo roscas fritas cuando a los niños pequeños les salían un
diente. El tren de los escobazos y la muñeca chochona de la Feria. La
zapatería de Méndez, en la calle López de Ayala. Francisco Montero, que era
fotógrafo, con su mujer Pilar Rufo que hacía rifas y vivían en la calle de
Arcos. La casa-cuartel de la Guardia Civil,
en la carretera de la Estación. La
bodega de Bejarano, en la calle Santa Ana. Los envases transparentes de
plástico pequeños llenos de bolitas de anís de colores que vendían en los puestos
de las chucherías. El cólico miserere y la muerte pelá. El aire matacabrones.
Las carpinterías de Eduardo
Cordero y Jerónimo del Viejo, que estaban en la calle de Arriba. Toribio
Sánchez, José Coronado, Serafín Cabo, Antonio Estévez y Francisco Hidalgo,
empleados de la
Sevillana. La guarnicionería de Manolo Garro, en la calle
Virgen de Barbaño. Tomasa Cerezo, que vendía y cambiaba novelas, cuentos,
colecciones y revistas en la calle María Cristina. Tomasa tenía en su puerta
una campanilla que tocaban los niños para divertirse, ella se enfadaba, aunque
en el fondo los quería mucho. Las carpinterías de Conejo y Alfonso Caballero,
en la calle Reyes Huertas. Pepa González Molina que vigilaba el paso de la vía
de la Renfe. El
café bar Chaqueta Negra. Las
furgonetas DKW. La vainica y el punto
de cruz que las niñas aprendían en el colegio. El
cartel “Prohibido cantar mal. Si crees que cantas bien, canta, pero en la
calle”.
Por la resolana han llegado los manantiales en la molienda de las almazaras. La aceituna se desangra en un parto generoso que trae la gloria líquida. Son tiempos de espera.
El comercio de Cristóbal López, en la calle Santa Ana, que posteriormente continuaron Juan y Antonio Vivas. ¡Hemos ganado tres a cero y Sayago de portero! Las clases de Religión del sacerdote don Pedro Gragera en el Instituto. Las clases de francés de Alfonso Villalobos en la academia de Tomás Rodas. La escuela de don José Morilla, arriba, y la de doña Trinidad, su mujer, abajo, en su casa de la calle Mérida. La peluquería Martínez, en la plaza Piñero. La relojería Muizq, en la plaza de España. Don José Zambrano, el párroco, cantando “Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”, moviendo la cabeza en señal de protesta al oír el abrir y cerrar de la puerta de la iglesia de los que llegaban tarde a misa. La hierba venenosa que cultivaban los agricultores. Cuando jugábamos al fútbol en las eras y colocábamos la ropa haciendo con ella los postes de la portería.
La Banda de Música del maestro Antonio, el del pito gordo, tocando por la calle de Papas, en dirección a la plaza de toros portátil, el pasodoble Clavelín. La glicinia de la casa de María Zúñiga que con su manto malva cubría el patio, trepando por la tapia y echándose hacia la calle. Las carteleras del cine Salón Moderno que pintaba Edelmiro López. Catalina y Juana Cruz vendiendo pescado en la Plaza de Abastos. Alonso Benítez presentando una de las actuaciones de Morenito de Montijo del espectáculo Noches de coplas, “Montijo vistió de gala, esencia de una canción. Las campanas repicaron cuando nació el cantaor. Cante grande, cante fino, es el cante que le ofrece Morenito”. Escoger las lentejas en la camilla. Antonio Cruz vendiendo cupones de la Once. Pedro Hidalgo Coto vendiendo gaseosa La Carmela. Anselmo Ramírez, director de la orquesta Tibidado, al que le gustaba decir “La música es para unos cuantos privilegiados del Señor y usted, caballero, no está dentro de ellos”. Miguel del Viejo Franco en El Estillero. La muñeca Mariquita Pérez.
Antonio Polo y María Soltero, que formaron parte de la compañía del Teatro María Guerrero. Pepe Oliva, que llevaba el bar del Hiper Florida. Los rombos de champú que se compraban en la droguería para lavarse la cabeza una vez a la semana. Maldonado, Uria y Cerezo. El concentrado de tomate Corchero. La carnicería de Paco Hernández, en el Campo de la Iglesia. Las abuelas haciendo roscas fritas cuando a los niños pequeños les salían un diente. El tren de los escobazos y la muñeca chochona de la Feria. La zapatería de Méndez, en la calle López de Ayala. Francisco Montero, que era fotógrafo, con su mujer Pilar Rufo que hacía rifas y vivían en la calle de Arcos. La casa-cuartel de la Guardia Civil, en la carretera de la Estación. La bodega de Bejarano, en la calle Santa Ana. Los envases transparentes de plástico pequeños llenos de bolitas de anís de colores que vendían en los puestos de las chucherías. El cólico miserere y la muerte pelá. El aire matacabrones.
Las carpinterías de Eduardo Cordero y Jerónimo del Viejo, que estaban en la calle de Arriba. Toribio Sánchez, José Coronado, Serafín Cabo, Antonio Estévez y Francisco Hidalgo, empleados de la Sevillana. La guarnicionería de Manolo Garro, en la calle Virgen de Barbaño. Tomasa Cerezo, que vendía y cambiaba novelas, cuentos, colecciones y revistas en la calle María Cristina. Tomasa tenía en su puerta una campanilla que tocaban los niños para divertirse, ella se enfadaba, aunque en el fondo los quería mucho. Las carpinterías de Conejo y Alfonso Caballero, en la calle Reyes Huertas. Pepa González Molina que vigilaba el paso de la vía de la Renfe. El café bar Chaqueta Negra. Las furgonetas DKW. La vainica y el punto de cruz que las niñas aprendían en el colegio. El cartel “Prohibido cantar mal. Si crees que cantas bien, canta, pero en la calle”.





















