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Manuel García Cienfuegos
Martes, 30 de Marzo de 2010

Confórtanos

Bajo el sepia color de la nostalgia recorro aquellas tardes idas del Jueves Santo. Tardes que avanzaban serenas, en calma, íntimas…, envueltas en un aire especial y festivo. Dicen que cuando llega este día, con la luna de Parasceve, es cuando se ciernen las espigas del trigo y los pámpanos pierden el ribete rosa que anuncia el vino.

Llega el tiempo propicio para que desde una y otra orilla los Judas traicioneros metan la mano en el plato y los Pedros nieguen antes de que cante el gallo. Es el tiempo en el que los cobardes huirán dejando solo al amigo. Llega el momento para quienes agitan las palmas y dan muestras de júbilo, cuando en realidad lo que deseaban era acusarlo.

Es el tiempo de los que emplean el recurso traicionero y cobarde de la provocación, el insulto, el odio, el rencor y la mala baba. La hora de los barrabás, de los salteadores. La hora del salivazo, la bofetada y el azote. De aquellos que se rasgan las vestiduras. La hora de los que querían un juicio justo bajo una absurda farsa porque el reo estaba ya de antemano condenado. La hora de los sumos sacerdotes, repletos de prepotencia y soberbia; gente siniestra que busca, a costa de lo que sea, eliminarlo para seguir ocupando y atesorando los altos puestos del Sanedrín.

Llega el momento de las súplicas y advertencias de Claudia Prócula, que no sirvieron de nada. Ha llegado el tiempo de la burla y el desprecio de los Herodes tiranos. De las dudas y miedos de los Pilatos, presionados por los intereses, vencidos por conservar el poder y el cargo. Pilatos que falsean un día sí y al siguiente también sus conductas lavándose, atemorizados, las manos y lanzando sus errores sobre los demás.

Es el momento de los Cirineos, que alivian la carga a los que se derrumban, a los necesitados. La hora las mujeres angustiadas. De la Verónica, del centurión, de los sayones, de los soldados. La hora de una madre que llora sin encontrar consuelo. La hora de cargar con el madero. De las espinas que se clavan en las sienes, de los clavos que traspasan. La hora del suplicio, del dolor, del abandono y la desnudez. La hora de la sequedad. Llega el momento de los Dimas y los Gestas, los ladrones. La hora de hacer público un testamento. La hora de las tinieblas, la hora definitiva, la del Calvario, la de la muerte.

La pasión y sus personajes. La pasión y sus actores. Los diálogos y contra diálogos, las replicas y contra réplicas. Un drama en el que los acusadores consiguieron lograr su propósito: clavarlo en la cruz. Una representación en la que todos, absolutamente todos nos vemos reflejados de alguna manera en uno u otro papel. Personajes de la Pasión que a fin de cuentas principia con un traidor, con un amigo desleal; acabando el personaje, cuerda en mano, en busca de una higuera para colgarse.  Una obra en la que el condenado dio el silencio por respuesta. Sólo una palabra: la Verdad. Que tanto contrasta frente a los engreídos y estúpidos que no paran, alardeando de lo que dicen que hacen. Sí, el silencio, ese que tanto duele, pica y escuece al que provoca, ofende y menosprecia.

Vuelve la Pasión, llega, está aquí, fijémonos bien. Porque en estos días se representarán otras Pasiones: la de los indiferentes, la de los hospitales, la de los pobres, los parados, la de las catástrofes, la de los dramas familiares, los fanáticos, la de las mujeres maltratadas… y la de los sepulcros blanqueados. Gente hipócrita que ejerce y practica una doble moral. Son quienes utilizan los recintos sagrados para enjuagar sus imágenes, usándolos en su propio beneficio, para dejarse ver y así aparentar que son buenos cristianos. Verdaderos demonios que medran haciendo de las suyas, golpeándose el pecho, cuando en realidad habitan en lo que ellos han creado y deseado: sus propios infiernos. ¿Qué dirá Dios de esta gente para sus adentros? Tal vez que son dignos de lástima. Pasión de Cristo, confórtanos.

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