Derechos de autor. ¿Por qué ellos sí? · Mario López Sánchez · Delegado de Hostelería de ADEMYC · Montijo
Mucha tinta se está
vertiendo con todo esto de las recaudaciones de la SGAE, aunque estadísticamente
la mayoría de los ciudadanos sigue pensando que es un problema particular de
autores contra bares, de editores contra piratas, de padres y adolescentes que
no van al cine todas las semanas y se bajan la última peli, o de niñas que
quieren oír a sus ídolos musicales, pero no tienen para comprar 12 discos al
mes… Evidentemente se equivocan. Cuando tratamos los derechos de autor nos
sumergimos en un mundo que está afectando a la mismísima esencia de la
democracia y a la distribución sostenible y global de la cultura, un mundo
complejo donde se ha desencadenado una batalla entre un influyente grupo de
privilegiados, (autores y editores de renombre) incapaces de adaptarse al medio
en el que cohabitan con el resto de seres humanos, contra analistas, pensadores
y civiles que presienten los últimos acontecimientos como una agresión al
intelecto humano y a los derechos fundamentales de las personas. La estrategia
esgrimida por la industria audiovisual es simple, aunque no por ello menos
depravada: ayudados por una clase política deseosa de ganarse los favores
electoralistas de cualquier personaje mediático, se han desarrollado nuevas
reglas del juego adaptadas a las necesidades particulares de este gremio de
trabajadores e industriales, (autores y editores) Estas reglas, en muchas
ocasiones, contradicen y contravienen principios básicos de nuestra democracia,
e indudablemente no están redactadas con el mismo enfoque con el que se
redactaron las reglas bajo las que se rigen el resto de trabajadores e
industriales. Existe un evidente trato de favor hacia el mundo de la creación y
la edición artística que daña frontalmente los intereses generales, y eso es lo
que voy a intentar desgranar en este texto:
Internet; su problema, la solución.
Hubo un tiempo en que los
autores y editores se maravillaron con las posibilidades de la red de redes.
Eran tiempos frescos y los artistas se daban de bofetadas por que sus temas se
intercambiaran entre los internautas. De la misma forma, los editores,
avispados empresarios con evidente interés lucrativo, vieron en la red un
entorno promocional gratuito con infinitas posibilidades. NO LO OLVIDEN, fueron
ellos, los mismos que hoy abogan por la supresión de las P2P, los que
promocionaron en tiempos pretéritos la libre descarga entre usuarios domésticos.
La multinacional Sony
lleva sesenta años vendiendo armas a los dos bandos. Sony se fundó en Japón en
mayo de 1946, en plena posguerra,
y no tardó mucho en comenzar a desarrollar tecnología audiovisual que ha
servido tanto a la industria musical como a los aficionados a las copias domésticas:
se puede decir que Sony es la madre de las tecnologías de grabación en cinta
magnética, tanto de audio como de vídeo, y también de los formatos digitales de
audio y vídeo, tanto a nivel profesional como doméstico.
Pero Sony es, también,
una de las mayores productoras de cine, televisión y música del mundo. La
tecnología desarrollada por Sony a lo largo de las últimas seis décadas ha
servido tanto al negocio de la industria cultural como a la copia y distribución
de contenidos entre particulares.
Pero entonces una canción
tardaba una puñetera eternidad en descargarse, y la empresa editora consideraba
que el acto en sí no representaba peligro alguno. Las ventajas superaban a los
inconvenientes, ya que los trabajos de sus artistas y creativos tenían muchas más
posibilidades de ser conocidas por el global de la población bajo un coste
significativamente inferior al de una campaña convencional de marketing. La
gente podría conocer las obras y convertirse en potenciales compradores sin
apenas inversión publicitaria. ¡Maravilloso! Pero entonces la tecnología siguió
su imparable camino, y las descargas aumentaron el ratio de velocidad hasta
hacer volar la información de una casa a otra en un espacio temporal cada vez más
reducido. Lo que antes era fantástico ahora se tornaba amenazante (para la
industria, claro está). Seguidamente su concepción primigenia de la red de
redes cambió de forma radical: “Esto representa el fin de la cultura, de la
mente creativa y el arte”; una zafia argumentación, ya que la mente
creativa y el impulso artístico jamás han estado relacionados con el mercantilismo.
La SGAE (abanderada en la defensa de los derechos de autor) precipita su
discurso utilizando una demagogia pueril, carente de principios empíricos. La
relación existente entre arte y mercado solo es un subproducto capitalista. En
ningún caso podemos aseverar una simbiosis indisoluble entre una cosa y la
otra, cuando los datos antropológicos sugieren ciertamente lo contrario. El
arte, como expresión superior del consciente e inconsciente humano, es un
lenguaje espiritual por encima de los muchos movimientos de distribución social
que el hombre ha visto nacer, crecer y morir, por lo que jamás debe ser confundido con un simple objeto de
mercado expuesto a la especulación y regulación capitalista. Dicho de modo
sencillo; “el negocio no engendra al arte, sino el arte al negocio”.
Ahora bien, si de veras nos interesa cual es el talón de Aquiles del impulso
creativo piensen en la imposición del pensamiento único, de la aniquilación del
individualismo y del control global de los procesos cognitivos; un enemigo muy
distinto a la difusión libre de información y pensamiento que nos ofrece
la Internet.
La Industria discográfica
y audiovisual no pretende protección para los artistas, al contrario, su único
objetivo es el mantenimiento del negocio en unos parámetros de gestión
anquilosados, pero cómodos. No han sabido adaptarse al avance del pensamiento
humano y a los nuevos escenarios de interacción y comercio, por lo que aspiran
imponer sus modelos de venta y distribución al interés global de la humanidad.
Esta barbaridad moral alcanza su “cenit” con la ley de propiedad intelectual,
la aplicación del canon digital y
la nueva ley de economía sostenible, auspiciada entre el lobby capitalista y el
político dependiente.
Imaginen por un momento
que toda la carrera aeronáutica se hubiera paralizado con la excusa de no
perjudicar los intereses del comercio por carretera y mar. O piensen en la
construcción de las autopistas y el impacto negativo que tuvieron en cientos y
miles de pequeños establecimientos hosteleros que se asentaban en los márgenes
de las antiguas carreteras. O como el desarrollo de la energía eléctrica
desangró los intereses de los fabricantes de velas. Y como olvidar la hecatombe
que la aplicación informática Word supuso para los fabricantes de máquinas de
escribir. En definitiva, los intereses particulares de una industria jamás
deben anteponerse al interés global de la humanidad. Si las discográficas y las
editoras cinematográficas sienten peligrar sus modelos, no se equivocan, por
supuesto que peligran. Y su única salvación será la adaptación a los nuevos
canales de distribución, a no ser, claro está, que nuestra civilización y sus
gestores políticos sean tan ingenuos e irresponsables como para ralentizar el
avance de la gran herramienta que estaba esperando la humanidad desde que
emitimos el primer fonema con intención de comunicarnos con otro congénere; la
Internet, un entorno de libre comunicación capaz de interconectar la mente
creativa de miles de millones de seres en todo el planeta, funcionando como un
mismo cerebro y catapultando el conocimiento a cotas nunca conocidas ni
presentidas por nuestra especie.
Propiedad
Intelectual frente a la propiedad industrial.
Indudablemente considero
indispensable y vital la protección de la autoría intelectual. Ahora bien, esa
autoría tiene límites, tanto en la línea de distribución comercial como en la línea
temporal de existencia. Todo creador artístico tiene derecho a que se reconozca
su trabajo como tal, pero de la misma forma que tiene derecho un albañil a que
se reconozcan la labor de sus manos sobre el ladrillo, o un arquitecto cuando
plasma las imágenes del edificio sobre el papel, o un ingeniero cuando aplica
sus conocimientos en la construcción del robot que después montará las piezas
de tu coche. La autoría de un trabajo implica una contraprestación económica en
nuestro mundo capitalista, eso es evidente. Todos pretendemos vivir de alguna
actividad que se nos de bien y por la que se nos pague de forma justa. Hasta ahí
no hay dudas. Pero ¿puede el artista pretender que su trabajo sea tratado de
forma privilegiada y con reglas distintas a las del resto?
Tasas y
Canon Digital, ingresos inmorales
Ambas formas de recaudación,
no olviden que aprobadas por los sucesivos gobiernos democráticos, están basadas
en principios contrarios al derecho español. De forma breve comentaré las
razones que me llevan a rechazarlas como viables.
Canon
Digital.
Esta figura impositiva se
aplicó en el año 2007 (en realidad ya existía en la ley de propiedad intelectual de 1996, pero
referido a soportes analógicos; en 2002 la SGAE ganó en los tribunales un
pleito que obligaba a TRAXDATA a pagar por CD y DVD, por lo que en 2007 se
incluyeron todos los soportes digitales con capacidad de reproducción, grabación
y almacenamiento de datos, y por lo tanto susceptibles de guardar, generar o
distribuir copias privadas de obras audiovisuales y literarias protegidas por
copyright). La excusa esgrimida por la SGAE fue la compensación por las pérdidas
que generaban dichas copias. Básicamente consideran que por cada ejemplar
duplicado la industria perdía una venta; visión cuanto menos estúpidamente
optimista, ya que la copia privada no solo es legal, si no que en ningún caso
implica la necesidad del usuario de comprar un segundo ejemplar de la obra, si
no más bien la necesidad de obtener cierta seguridad en el transporte y
reproducción de la misma en soportes móviles y extraíbles.
El Canon Digital es un
modelo impositivo contrario al derecho español por varios motivos. En primer
lugar recae de forma indiscriminada, y no como un impuesto, que le daría cierta
legitimidad, si no que repercute y se recauda directamente por y para empresas
privadas.
En segundo lugar el mundo
de la creación artística recibe compensaciones por cientos de millones de euros
de obras que no les pertenecen. Podría y quiero definir esta anomalía como un
robo de guante blanco. Cuando imponemos un gravamen económico por defecto en
los soportes digitales estamos admitiendo que las obras artísticas de personas
independientes y no afiliadas a ningún grupo de gestión, como artistas amater o
artistas profesionales que prefieren compartir con licencias copyleft, están
obligados a pagar un cantidad estipulada a los artistas que licencia en
copyright, representados por la todo poderosa SGAE. Para que lo entiendan con
claridad les pondré un ejemplo gráfico: Una vez que este texto esté terminado y
publicado, la SGAE cobrará por él cada vez que yo quiera distribuirlo, a pesar
de que no pertenezco a dicha asociación y exijo que mi trabajo se difunda de
forma libre y gratuita. Lo mismo me ocurre cuando guardo mis cuentos de terror
en el pendrive, o le paso una copia a mi madre en un cd. SGAE, en ambos caso, está legalmente
legitimada, gracias a la ley de propiedad intelectual, para cobrar por mi
trabajo, y de hecho lo hace. Ahora piensen en las miles y millones de fotografías
personales (bodas, bautizos, la barbacoa en el campo o el culo de tu mujer) por
las que las entidades de gestión recaudan fondos para repartir entre sus
socios. Pero no lo dejemos ahí, y sigamos con la administración pública, que
gasta millones de euros en soportes digitales que se utilizan para guardar y
gestionar datos públicos, que en ningún caso están sujetos a derechos de autor, pero por los que
paga religiosamente. La fe de vida del abuelo, las escrituras de la casa o el
padrón municipal repercuten positivamente en las cuentas de ingresos de
artistas como Sabina, Alaska o Amaral, y todo mientras hablan de comunismo y se
fuman en puro en la proa de un Yate.
El modelo de cobro por la
vía del Canon Digital, no solo es inmoral, si no que además representa la
violación del principio básico de presunción de inocencia plasmado en
nuestra Constitución. Bajo una de las premisas que lo pergeñaron, como es la
consideración de que el 100% de la población es susceptible de convertirse en
pirata informático, podríamos aplicar un Canon por y para cada industria que se
vea perjudicada por actividades ilegales. Los bares aplicarían un Canon a los
fabricantes de hielo y de vasos de plástico debido a la actividad perniciosa
del botellón, los agricultores
frutícolas un Canon a los fabricantes de bolsas, escaleras y sacos de esparto por
las pérdidas que les generan los robos en sus huertos. Y así podría seguir
indefinidamente ejemplarizando casos de actividades ilegales que generan pérdidas
en empresas privadas.
Dicho esto, y para
terminar, reflexionemos sobre una nueva cuestión, y como del mismo modo que los
máximos sospechosos de la propagación de virus informáticos son las empresas de
software que se encargan de neutralizarlos, podríamos afirmar que la SGAE debe
estar muy interesada en que la mafia de la piratería siga sus actividades, ya
que le garantiza ingresos muy suculentos, independientemente de la calidad de
los trabajos de sus asociados. De hecho, los más representativos ni tan
siquiera tienen que vender para forrarse. Por tanto ¿es lícito pensar que la
SGAE juega a dos bandas? Pues de la misa forma que lo es acusar a toda la población de formar parte de la
industria pirata.
Tasas
por difusión y doble difusión pública
Otra de las aberrantes
formas que la SGAE diseñó para llenarse los bolsillos se fundamenta en el hecho
de que las obras reproducidas en empresas, con espacios denominados de pública
concurrencia, pueden condicionar un aumento en los beneficios de dichas
empresas, por lo que solicitan se les desembolsen una cantidad fija mensual en
concepto de derechos de autor.
Podríamos discutir al
respecto de como es posible medir cualitativa y cuantitativamente los
beneficios o perjuicios que una empresa “X” obtiene por la difusión de obras
protegidas. Pero pasemos la página y demos por cierto que las empresas que
venden platos de lentejas y zapatos, como las que cortan el pelo o depilan
bigotes, obtienen ciertamente un beneficio extra por dichas obras. Bien, ahora
tenemos al empresario hostelero, por centrarnos en un gremio, que regenta su
bar y sirve copas y comidas con un fondo musical que ha pagado previamente;
equipo de reproducción y obras que reproduce. Ahora damos por hecho de que
gracias a ese fondo musical vende más comida y bebida. ¿Hasta ahí todo correcto? Pues bien,
mediten ahora cuantas tasas debería pagar este hostelero si cada trabajo de
diseño industrial por el que se beneficia estuviera sujeto a métodos
recaudatorios como los de SGAE. Tendría que abonar una cuota al ingeniero
industrial que diseñó el aire acondicionado, otra cuota al señor que diseñó la
plancha de última generación donde asa la carne, otra al ingeniero que dibujó
sobre el papel los planos de montaje del lavavajillas, y por supuesto sin
olvidar al carpintero que le hizo las mesas, trabajos de los que evidentemente
sí obtiene un beneficio extra significativo. Estaríamos ante una situación que
convertiría cualquier actividad industrial en un imposible e infinito círculo
de tasas en concepto de derechos de autor. Los ingenieros de lavavajillas, de
puentes sobre el río, los carpinteros, o los cocineros se conforman con que sus
trabajos se paguen al realizarse. Pero ahí tenemos a los artistas, que no solo
quieren vender el disco, si no que además pretenden que dicha compra se
convierta para el empresario en una hipoteca de por vida, amen de que ciertamente
revierta positivamente en el global de la actividad empresarial.
La Tasa se carga a las
empresas de forma indiscriminada, cuando huelga decir que la inmensa mayoría no
se lucra de forma directa con la reproducción de las obras. De hecho,
dependiendo del caso, puede que sea el artista quién obtiene mayores beneficios
de la reproducción en lugares de pública concurrencia, sobre todo si nos
planteamos el carácter promocional de la difusión como un factor añadido.
Es descabellado imponer
cuotas por el uso y disfrute de obras que ya han sido abonadas, máxime cuando
el afán difiere con mucho del mercadeo de dicha obra. Un hostelero no vende música,
un panadero no vende música, un zapatero no vende música, un joyero no vende música;
todos ellos no venden música, si no que venden con música. ¿Es acoso distinto a
decir que un carnicero no vende cuchillos, si no sino con cuchillos? Por
supuesto que no es distinto. Pues entonces imaginen que el diseñador del
cuchillo exigiera su tasa mensual.
Una vez ha quedado claro
el significado absurdo de la Tasa por difusión pública y doble difusión pública
es hora de explicar como es posible que hayamos llegado a este punto de agravio
comparativo entre el gremio de los creadores y editores artísticos con respecto
al resto de trabajadores e industriales.
Complot
mundial por el control de una fuente inagotable de dinero.
De la misma forma que está
ocurriendo en el mercado de la alimentación humana, el mercado del arte es una
golosina muy apetitosa para los grandes capitales. Ejercer el control sobre la
distribución de artículos de consumo tan comunes y vitales ofrece, no solo
ingresos cuantiosos asegurados, sino el control sobre otros muchos artículos de
consumo relacionados. Si controlo lo que comes controlo como enfermas, y por
tanto controlo que medicinas consumirás. Si controlo el arte que consumes
controlo como piensas, incluso controlo la intensidad de tus pensamientos y por
lo tanto controlo tus emociones. ¿Ciencia ficción? DADLE TIEMPO AL TIEMPO. En
definitiva creo que el control sobre el consumo del arte no está relacionado
con la defensa de los intereses del artista medio, ni tan siquiera con la
protección del arte en general, sino más bien con la tutela y desarrollo de una
mega industria, gobernada por pocos y que acapare el total de la distribución
artística. Igual que el nuevo modelo de producción agrícola está dilapidando al
agricultor medio en beneficio del terrateniente, el nuevo modelo de gestión de
los derechos de autor acabará matando al arte en beneficio de las grandes
productoras y editoras. ¿Y quién es el culpable de todo esto? Bien, pues como
decía “V” de Vendetta en su
discurso a las masas antes de volar el parlamento; “si queréis encontrar un
culpable solo tenéis que miraros al espejo”. Nosotros elegimos a nuestros líderes,
y ellos se aliaron con intereses particulares contrapuestos a los intereses
globales del pueblo al que juraron servir y proteger. Y no hicimos NADA. Los
sucesivos gobiernos han creado un entorno sumamente beneficioso para que la
situación descrita germine como la mala hierba en un campo húmedo. Han
dilapidado derechos fundamentales, legislando de forma paralela, suministrando
limbos legales y métodos de coacción eficientes para doblegar a las minorías más
débiles. Y SEGUIMOS SIN HACER NADA. Estamos marcando nuestro destino con apatía
y pasividad, nos dejamos influir por el miedo, por noticias intoxicadas de
intereses capitales, mientras que el control de tu cuerpo y tu mente se está
dirimiendo en despachos de grandes ventanales, sobre las torres de los
edificios más imponentes de cada ciudad. Políticos estúpidos y corruptos,
juristas traidores y mega-empresarios sin escrúpulos; todos están allí,
alrededor de la mesa…
El fin
de la mente global
Pero si de alguna forma
podemos hacer frente a este intento de control global es precisamente con la
gran herramienta de comunicación “Internet”. Como ya dije al principio de este
texto, la Internet es la herramienta definitiva que estaba esperando la
humanidad, una forma relativamente directa de interconexión entre miles de
millones de cerebros, al igual que si conformáramos un solo organismo vivo con
multitud de neuronas independientes asociadas por hilos eléctricos por los que
viajan las ideas, los pensamientos, los sueños, las inquietudes…y lo mejor de
todo, sin intermediarios que gestionen el flujo de información. Bueno, o esa
era la pretensión.
Los poderes fácticos
conocen al enemigo, y ya se han puesto a trabajar para su eliminación. Las
reuniones les están dando buenos resultados y tanto políticos como buena parte
de la judicatura (que no toda) empiezan a trabajar conforme a sus oscuros
intereses. Buen ejemplo de ello es la Nueva Ley de Economía Sostenible.
En su estado embrionario,
y con la excusa de una más eficiente gestión de la propiedad intelectual
se han intentado derrumbar las redes P2P, principio fundamental de la Internet,
pues proporciona un entorno libre entre usuarios para dispensarse grandes
bloques de información de forma directa y rápida. Afortunadamente, jueces
leales a los derechos fundamentales, han impedido que las redes caigan (al
menos por ahora), aunque la lucha no haya hecho más que empezar. Como describió
perfectamente el señor David Bravo (abogado especialista en derechos de
autor) “piensen que intentar eliminar las redes P2P habría sido como
prohibir en su día las fotocopiadoras, y todo con la excusa de defender los
intereses de las editoriales de best seller, no vaya a ser que alguien las
utilizara para copiar libros”. Pero eso no es todo, si no que además la
Promusicae, bajo el parapeto del ministerio, demandó al creador de un software
que permite utilizar las redes P2P : Pablo Soto, desarrollador del software “Manolito
P2P” ”Blubster” y “Piolet”). Vamos, que por esa regla de tres los ingenieros
deberían tener mucho cuidado con lo que paren sus mentes, no vaya a ser que uno
de sus inventos se use para matar gente, o para cualquier otra actividad
ilegal, como un secador de pelo para soldar los lomos de libros pirata.
El ministerio, en su
forma más abyecta, pretende imponer un control sobre los contenidos de la
Internet prescindiendo totalmente del sistema judicial. Bajo la atenta mirada
de un órgano civil “independiente” las webs podrían ser clausuradas de
forma inmediata sin mediación de un juez. Bastaría con que incluyeran un enlace
hacia un servidor que alojara contenido protegido por derechos de autor
para llevar a efecto el cierre. Bien, el texto, tras la presión social y de las
asociaciones de internautas, ha tenido que ser parcialmente modificado,
incluyendo en la ecuación a un juez, al que se le otorgan cuatro días
para decidir si el organismo administrativo no judicial puede o no aplicar el
cierre, sin que el juez entre a valorar si efectivamente se ha cometido una
violación de derechos de autor o no.
Mi opinión al respecto
tiene dos vertientes. En primer lugar considero que el diseño de la ley rezuma
una puerilidad desbordante. La señora “Sinde”, ministra de cultura y cabeza
pensante de contenidos L.E.S (Ley de Economía Sostenible), quizá ignore que
pretender cerrar las webs enlazadas con posibles contenidos protegidos implicaría
automáticamente la censura previa y el cierre definitivo de toda la Internet:
Google, Youtube, Yahoo, Terra, MiAol, Facebook. Tuenti, periódicos con blog
alojados como El Pais, El Mundo, El Hoy, ABC, Libertad digital, Periodista
Digital… más un sin fin de grandes distribuidores de servicios quedarían
fulminantemente precintados, eso sí, siempre y cuando la ley se aplicara para
los poderosos con la misma contundencia que para los débiles. Y precisamente ahí
nace la segunda vertiente de mi opinión al respecto de la L.E.S ¿Creen ustedes
que sería así? ¿Creen que el peso de la ley caería sobre los grandes capitales?
No se por que sospecho todo lo contrario. En la práctica nos enfrentaríamos a
la aniquilación del pensamiento divergente, amparándose, claro está, en la
protección de la propiedad intelectual, mientras que por otro lado se fundarían
los acuerdos correspondientes con los grandes suministradores de contenido, que
podrían continuar sus actividades a cambio ¿de? La cuestión es que todos
tomemos consciencia de las verdaderas intenciones de las modificaciones de la
legislación. Si la L.E.S sale adelante, Internet y su capacidad ilimitada de
difusión científica, filosófica y cultural habrán muerto. Las grandes compañías
tendrán que elegir entre la continuidad de su actividad económica o un proceso
judicial por difusión de contenido protegido.
Conclusiones
finales.
Existe una premisa básica
aplicable para cualquier vendedor, como en este caso puede aplicarse a los
autores y editores. “Nunca maltrates a tus clientes”. Sin embargo, en lo que se
refiere a SGAE y sus defendidos, con una arrogancia fuera de contexto, esperan
aumentar el ratio de ventas imponiendo sus intereses particulares a las normas
legales bajo las que se encuadra nuestra sociedad. Sus potenciales clientes
dejan de comprar, pero no por la posibilidad de acceder a contenidos
protegidos, sino por que tanto la baja calidad de la inmensa mayoría de los
trabajos con los que se encuentran, como las prehistóricas formas de difusión y
venta del producto, los desmotivan como potenciales consumidores.
Los artistas (y esta vez
hablo del artista medio y de segunda, que es la verdadera masa palpitante del
corazón creativo) no se están percatando de que su afiliación a voraces
entidades de gestión, como lo es la SGAE, está sirviendo a las multinacionales
del sector de excusa “barata” para imponer una forma de negocio que les
mantendrá esclavizados a los caprichos de un mercado preconfigurado por esta
misma industria, cuando en realidad el mercado artístico, en sociedades con
pretensiones, debería implantarlo un consumidor educado y culto. Datos, como
que apenas el 6% de los socios de SGAE cobra alguna cantidad de esos 370
millones de euros de recaudación, avalan lo que digo. Y máxime cuando de ese 6%
solo el 1,5% se lleva el grueso del capital, repartido con una fórmula que la
SGAE mantiene en absoluto secreto. Quizá de ahí se desprenda que la calidad artística
de gran parte del producto final expuesto en las estanterías de las
grandes distribuidoras deja mucho que desear. Piensen en ello.
De cómo un sector
importante del entramado judicial se ha doblegado al interés empresarial,
envenenando los procesos legales con una terminología que entra en conflicto directo con la Constitución
Española, debería ser motivo de dimisiones por pura vergüenza pública. Pero
sospecho que eso mis ojos no lo verán en un país donde los profesionales obvian
la obligada honradez de su actividad.
A pesar de todo es evidente
que las entidades de gestión de derechos de autor han de existir, al igual que
han de existir los ejércitos y los estupefacientes. Ahora bien, cuidado con sus
aplicaciones...
Mucha tinta se está
vertiendo con todo esto de las recaudaciones de la SGAE, aunque estadísticamente
la mayoría de los ciudadanos sigue pensando que es un problema particular de
autores contra bares, de editores contra piratas, de padres y adolescentes que
no van al cine todas las semanas y se bajan la última peli, o de niñas que
quieren oír a sus ídolos musicales, pero no tienen para comprar 12 discos al
mes… Evidentemente se equivocan. Cuando tratamos los derechos de autor nos
sumergimos en un mundo que está afectando a la mismísima esencia de la
democracia y a la distribución sostenible y global de la cultura, un mundo
complejo donde se ha desencadenado una batalla entre un influyente grupo de
privilegiados, (autores y editores de renombre) incapaces de adaptarse al medio
en el que cohabitan con el resto de seres humanos, contra analistas, pensadores
y civiles que presienten los últimos acontecimientos como una agresión al
intelecto humano y a los derechos fundamentales de las personas. La estrategia
esgrimida por la industria audiovisual es simple, aunque no por ello menos
depravada: ayudados por una clase política deseosa de ganarse los favores
electoralistas de cualquier personaje mediático, se han desarrollado nuevas
reglas del juego adaptadas a las necesidades particulares de este gremio de
trabajadores e industriales, (autores y editores) Estas reglas, en muchas
ocasiones, contradicen y contravienen principios básicos de nuestra democracia,
e indudablemente no están redactadas con el mismo enfoque con el que se
redactaron las reglas bajo las que se rigen el resto de trabajadores e
industriales. Existe un evidente trato de favor hacia el mundo de la creación y
la edición artística que daña frontalmente los intereses generales, y eso es lo
que voy a intentar desgranar en este texto:
Internet; su problema, la solución.
Hubo un tiempo en que los
autores y editores se maravillaron con las posibilidades de la red de redes.
Eran tiempos frescos y los artistas se daban de bofetadas por que sus temas se
intercambiaran entre los internautas. De la misma forma, los editores,
avispados empresarios con evidente interés lucrativo, vieron en la red un
entorno promocional gratuito con infinitas posibilidades. NO LO OLVIDEN, fueron
ellos, los mismos que hoy abogan por la supresión de las P2P, los que
promocionaron en tiempos pretéritos la libre descarga entre usuarios domésticos.
La multinacional Sony
lleva sesenta años vendiendo armas a los dos bandos. Sony se fundó en Japón en
mayo de 1946, en plena posguerra,
y no tardó mucho en comenzar a desarrollar tecnología audiovisual que ha
servido tanto a la industria musical como a los aficionados a las copias domésticas:
se puede decir que Sony es la madre de las tecnologías de grabación en cinta
magnética, tanto de audio como de vídeo, y también de los formatos digitales de
audio y vídeo, tanto a nivel profesional como doméstico.
Pero Sony es, también,
una de las mayores productoras de cine, televisión y música del mundo. La
tecnología desarrollada por Sony a lo largo de las últimas seis décadas ha
servido tanto al negocio de la industria cultural como a la copia y distribución
de contenidos entre particulares.
Pero entonces una canción
tardaba una puñetera eternidad en descargarse, y la empresa editora consideraba
que el acto en sí no representaba peligro alguno. Las ventajas superaban a los
inconvenientes, ya que los trabajos de sus artistas y creativos tenían muchas más
posibilidades de ser conocidas por el global de la población bajo un coste
significativamente inferior al de una campaña convencional de marketing. La
gente podría conocer las obras y convertirse en potenciales compradores sin
apenas inversión publicitaria. ¡Maravilloso! Pero entonces la tecnología siguió
su imparable camino, y las descargas aumentaron el ratio de velocidad hasta
hacer volar la información de una casa a otra en un espacio temporal cada vez más
reducido. Lo que antes era fantástico ahora se tornaba amenazante (para la
industria, claro está). Seguidamente su concepción primigenia de la red de
redes cambió de forma radical: “Esto representa el fin de la cultura, de la
mente creativa y el arte”; una zafia argumentación, ya que la mente
creativa y el impulso artístico jamás han estado relacionados con el mercantilismo.
La SGAE (abanderada en la defensa de los derechos de autor) precipita su
discurso utilizando una demagogia pueril, carente de principios empíricos. La
relación existente entre arte y mercado solo es un subproducto capitalista. En
ningún caso podemos aseverar una simbiosis indisoluble entre una cosa y la
otra, cuando los datos antropológicos sugieren ciertamente lo contrario. El
arte, como expresión superior del consciente e inconsciente humano, es un
lenguaje espiritual por encima de los muchos movimientos de distribución social
que el hombre ha visto nacer, crecer y morir, por lo que jamás debe ser confundido con un simple objeto de
mercado expuesto a la especulación y regulación capitalista. Dicho de modo
sencillo; “el negocio no engendra al arte, sino el arte al negocio”.
Ahora bien, si de veras nos interesa cual es el talón de Aquiles del impulso
creativo piensen en la imposición del pensamiento único, de la aniquilación del
individualismo y del control global de los procesos cognitivos; un enemigo muy
distinto a la difusión libre de información y pensamiento que nos ofrece
la Internet.
La Industria discográfica
y audiovisual no pretende protección para los artistas, al contrario, su único
objetivo es el mantenimiento del negocio en unos parámetros de gestión
anquilosados, pero cómodos. No han sabido adaptarse al avance del pensamiento
humano y a los nuevos escenarios de interacción y comercio, por lo que aspiran
imponer sus modelos de venta y distribución al interés global de la humanidad.
Esta barbaridad moral alcanza su “cenit” con la ley de propiedad intelectual,
la aplicación del canon digital y
la nueva ley de economía sostenible, auspiciada entre el lobby capitalista y el
político dependiente.
Imaginen por un momento
que toda la carrera aeronáutica se hubiera paralizado con la excusa de no
perjudicar los intereses del comercio por carretera y mar. O piensen en la
construcción de las autopistas y el impacto negativo que tuvieron en cientos y
miles de pequeños establecimientos hosteleros que se asentaban en los márgenes
de las antiguas carreteras. O como el desarrollo de la energía eléctrica
desangró los intereses de los fabricantes de velas. Y como olvidar la hecatombe
que la aplicación informática Word supuso para los fabricantes de máquinas de
escribir. En definitiva, los intereses particulares de una industria jamás
deben anteponerse al interés global de la humanidad. Si las discográficas y las
editoras cinematográficas sienten peligrar sus modelos, no se equivocan, por
supuesto que peligran. Y su única salvación será la adaptación a los nuevos
canales de distribución, a no ser, claro está, que nuestra civilización y sus
gestores políticos sean tan ingenuos e irresponsables como para ralentizar el
avance de la gran herramienta que estaba esperando la humanidad desde que
emitimos el primer fonema con intención de comunicarnos con otro congénere; la
Internet, un entorno de libre comunicación capaz de interconectar la mente
creativa de miles de millones de seres en todo el planeta, funcionando como un
mismo cerebro y catapultando el conocimiento a cotas nunca conocidas ni
presentidas por nuestra especie.
Propiedad
Intelectual frente a la propiedad industrial.
Indudablemente considero
indispensable y vital la protección de la autoría intelectual. Ahora bien, esa
autoría tiene límites, tanto en la línea de distribución comercial como en la línea
temporal de existencia. Todo creador artístico tiene derecho a que se reconozca
su trabajo como tal, pero de la misma forma que tiene derecho un albañil a que
se reconozcan la labor de sus manos sobre el ladrillo, o un arquitecto cuando
plasma las imágenes del edificio sobre el papel, o un ingeniero cuando aplica
sus conocimientos en la construcción del robot que después montará las piezas
de tu coche. La autoría de un trabajo implica una contraprestación económica en
nuestro mundo capitalista, eso es evidente. Todos pretendemos vivir de alguna
actividad que se nos de bien y por la que se nos pague de forma justa. Hasta ahí
no hay dudas. Pero ¿puede el artista pretender que su trabajo sea tratado de
forma privilegiada y con reglas distintas a las del resto?
Tasas y
Canon Digital, ingresos inmorales
Ambas formas de recaudación,
no olviden que aprobadas por los sucesivos gobiernos democráticos, están basadas
en principios contrarios al derecho español. De forma breve comentaré las
razones que me llevan a rechazarlas como viables.
Canon
Digital.
Esta figura impositiva se
aplicó en el año 2007 (en realidad ya existía en la ley de propiedad intelectual de 1996, pero
referido a soportes analógicos; en 2002 la SGAE ganó en los tribunales un
pleito que obligaba a TRAXDATA a pagar por CD y DVD, por lo que en 2007 se
incluyeron todos los soportes digitales con capacidad de reproducción, grabación
y almacenamiento de datos, y por lo tanto susceptibles de guardar, generar o
distribuir copias privadas de obras audiovisuales y literarias protegidas por
copyright). La excusa esgrimida por la SGAE fue la compensación por las pérdidas
que generaban dichas copias. Básicamente consideran que por cada ejemplar
duplicado la industria perdía una venta; visión cuanto menos estúpidamente
optimista, ya que la copia privada no solo es legal, si no que en ningún caso
implica la necesidad del usuario de comprar un segundo ejemplar de la obra, si
no más bien la necesidad de obtener cierta seguridad en el transporte y
reproducción de la misma en soportes móviles y extraíbles.
El Canon Digital es un
modelo impositivo contrario al derecho español por varios motivos. En primer
lugar recae de forma indiscriminada, y no como un impuesto, que le daría cierta
legitimidad, si no que repercute y se recauda directamente por y para empresas
privadas.
En segundo lugar el mundo
de la creación artística recibe compensaciones por cientos de millones de euros
de obras que no les pertenecen. Podría y quiero definir esta anomalía como un
robo de guante blanco. Cuando imponemos un gravamen económico por defecto en
los soportes digitales estamos admitiendo que las obras artísticas de personas
independientes y no afiliadas a ningún grupo de gestión, como artistas amater o
artistas profesionales que prefieren compartir con licencias copyleft, están
obligados a pagar un cantidad estipulada a los artistas que licencia en
copyright, representados por la todo poderosa SGAE. Para que lo entiendan con
claridad les pondré un ejemplo gráfico: Una vez que este texto esté terminado y
publicado, la SGAE cobrará por él cada vez que yo quiera distribuirlo, a pesar
de que no pertenezco a dicha asociación y exijo que mi trabajo se difunda de
forma libre y gratuita. Lo mismo me ocurre cuando guardo mis cuentos de terror
en el pendrive, o le paso una copia a mi madre en un cd. SGAE, en ambos caso, está legalmente
legitimada, gracias a la ley de propiedad intelectual, para cobrar por mi
trabajo, y de hecho lo hace. Ahora piensen en las miles y millones de fotografías
personales (bodas, bautizos, la barbacoa en el campo o el culo de tu mujer) por
las que las entidades de gestión recaudan fondos para repartir entre sus
socios. Pero no lo dejemos ahí, y sigamos con la administración pública, que
gasta millones de euros en soportes digitales que se utilizan para guardar y
gestionar datos públicos, que en ningún caso están sujetos a derechos de autor, pero por los que
paga religiosamente. La fe de vida del abuelo, las escrituras de la casa o el
padrón municipal repercuten positivamente en las cuentas de ingresos de
artistas como Sabina, Alaska o Amaral, y todo mientras hablan de comunismo y se
fuman en puro en la proa de un Yate.
El modelo de cobro por la
vía del Canon Digital, no solo es inmoral, si no que además representa la
violación del principio básico de presunción de inocencia plasmado en
nuestra Constitución. Bajo una de las premisas que lo pergeñaron, como es la
consideración de que el 100% de la población es susceptible de convertirse en
pirata informático, podríamos aplicar un Canon por y para cada industria que se
vea perjudicada por actividades ilegales. Los bares aplicarían un Canon a los
fabricantes de hielo y de vasos de plástico debido a la actividad perniciosa
del botellón, los agricultores
frutícolas un Canon a los fabricantes de bolsas, escaleras y sacos de esparto por
las pérdidas que les generan los robos en sus huertos. Y así podría seguir
indefinidamente ejemplarizando casos de actividades ilegales que generan pérdidas
en empresas privadas.
Dicho esto, y para
terminar, reflexionemos sobre una nueva cuestión, y como del mismo modo que los
máximos sospechosos de la propagación de virus informáticos son las empresas de
software que se encargan de neutralizarlos, podríamos afirmar que la SGAE debe
estar muy interesada en que la mafia de la piratería siga sus actividades, ya
que le garantiza ingresos muy suculentos, independientemente de la calidad de
los trabajos de sus asociados. De hecho, los más representativos ni tan
siquiera tienen que vender para forrarse. Por tanto ¿es lícito pensar que la
SGAE juega a dos bandas? Pues de la misa forma que lo es acusar a toda la población de formar parte de la
industria pirata.
Tasas
por difusión y doble difusión pública
Otra de las aberrantes
formas que la SGAE diseñó para llenarse los bolsillos se fundamenta en el hecho
de que las obras reproducidas en empresas, con espacios denominados de pública
concurrencia, pueden condicionar un aumento en los beneficios de dichas
empresas, por lo que solicitan se les desembolsen una cantidad fija mensual en
concepto de derechos de autor.
Podríamos discutir al
respecto de como es posible medir cualitativa y cuantitativamente los
beneficios o perjuicios que una empresa “X” obtiene por la difusión de obras
protegidas. Pero pasemos la página y demos por cierto que las empresas que
venden platos de lentejas y zapatos, como las que cortan el pelo o depilan
bigotes, obtienen ciertamente un beneficio extra por dichas obras. Bien, ahora
tenemos al empresario hostelero, por centrarnos en un gremio, que regenta su
bar y sirve copas y comidas con un fondo musical que ha pagado previamente;
equipo de reproducción y obras que reproduce. Ahora damos por hecho de que
gracias a ese fondo musical vende más comida y bebida. ¿Hasta ahí todo correcto? Pues bien,
mediten ahora cuantas tasas debería pagar este hostelero si cada trabajo de
diseño industrial por el que se beneficia estuviera sujeto a métodos
recaudatorios como los de SGAE. Tendría que abonar una cuota al ingeniero
industrial que diseñó el aire acondicionado, otra cuota al señor que diseñó la
plancha de última generación donde asa la carne, otra al ingeniero que dibujó
sobre el papel los planos de montaje del lavavajillas, y por supuesto sin
olvidar al carpintero que le hizo las mesas, trabajos de los que evidentemente
sí obtiene un beneficio extra significativo. Estaríamos ante una situación que
convertiría cualquier actividad industrial en un imposible e infinito círculo
de tasas en concepto de derechos de autor. Los ingenieros de lavavajillas, de
puentes sobre el río, los carpinteros, o los cocineros se conforman con que sus
trabajos se paguen al realizarse. Pero ahí tenemos a los artistas, que no solo
quieren vender el disco, si no que además pretenden que dicha compra se
convierta para el empresario en una hipoteca de por vida, amen de que ciertamente
revierta positivamente en el global de la actividad empresarial.
La Tasa se carga a las
empresas de forma indiscriminada, cuando huelga decir que la inmensa mayoría no
se lucra de forma directa con la reproducción de las obras. De hecho,
dependiendo del caso, puede que sea el artista quién obtiene mayores beneficios
de la reproducción en lugares de pública concurrencia, sobre todo si nos
planteamos el carácter promocional de la difusión como un factor añadido.
Es descabellado imponer
cuotas por el uso y disfrute de obras que ya han sido abonadas, máxime cuando
el afán difiere con mucho del mercadeo de dicha obra. Un hostelero no vende música,
un panadero no vende música, un zapatero no vende música, un joyero no vende música;
todos ellos no venden música, si no que venden con música. ¿Es acoso distinto a
decir que un carnicero no vende cuchillos, si no sino con cuchillos? Por
supuesto que no es distinto. Pues entonces imaginen que el diseñador del
cuchillo exigiera su tasa mensual.
Una vez ha quedado claro
el significado absurdo de la Tasa por difusión pública y doble difusión pública
es hora de explicar como es posible que hayamos llegado a este punto de agravio
comparativo entre el gremio de los creadores y editores artísticos con respecto
al resto de trabajadores e industriales.
Complot
mundial por el control de una fuente inagotable de dinero.
De la misma forma que está
ocurriendo en el mercado de la alimentación humana, el mercado del arte es una
golosina muy apetitosa para los grandes capitales. Ejercer el control sobre la
distribución de artículos de consumo tan comunes y vitales ofrece, no solo
ingresos cuantiosos asegurados, sino el control sobre otros muchos artículos de
consumo relacionados. Si controlo lo que comes controlo como enfermas, y por
tanto controlo que medicinas consumirás. Si controlo el arte que consumes
controlo como piensas, incluso controlo la intensidad de tus pensamientos y por
lo tanto controlo tus emociones. ¿Ciencia ficción? DADLE TIEMPO AL TIEMPO. En
definitiva creo que el control sobre el consumo del arte no está relacionado
con la defensa de los intereses del artista medio, ni tan siquiera con la
protección del arte en general, sino más bien con la tutela y desarrollo de una
mega industria, gobernada por pocos y que acapare el total de la distribución
artística. Igual que el nuevo modelo de producción agrícola está dilapidando al
agricultor medio en beneficio del terrateniente, el nuevo modelo de gestión de
los derechos de autor acabará matando al arte en beneficio de las grandes
productoras y editoras. ¿Y quién es el culpable de todo esto? Bien, pues como
decía “V” de Vendetta en su
discurso a las masas antes de volar el parlamento; “si queréis encontrar un
culpable solo tenéis que miraros al espejo”. Nosotros elegimos a nuestros líderes,
y ellos se aliaron con intereses particulares contrapuestos a los intereses
globales del pueblo al que juraron servir y proteger. Y no hicimos NADA. Los
sucesivos gobiernos han creado un entorno sumamente beneficioso para que la
situación descrita germine como la mala hierba en un campo húmedo. Han
dilapidado derechos fundamentales, legislando de forma paralela, suministrando
limbos legales y métodos de coacción eficientes para doblegar a las minorías más
débiles. Y SEGUIMOS SIN HACER NADA. Estamos marcando nuestro destino con apatía
y pasividad, nos dejamos influir por el miedo, por noticias intoxicadas de
intereses capitales, mientras que el control de tu cuerpo y tu mente se está
dirimiendo en despachos de grandes ventanales, sobre las torres de los
edificios más imponentes de cada ciudad. Políticos estúpidos y corruptos,
juristas traidores y mega-empresarios sin escrúpulos; todos están allí,
alrededor de la mesa…
El fin
de la mente global
Pero si de alguna forma
podemos hacer frente a este intento de control global es precisamente con la
gran herramienta de comunicación “Internet”. Como ya dije al principio de este
texto, la Internet es la herramienta definitiva que estaba esperando la
humanidad, una forma relativamente directa de interconexión entre miles de
millones de cerebros, al igual que si conformáramos un solo organismo vivo con
multitud de neuronas independientes asociadas por hilos eléctricos por los que
viajan las ideas, los pensamientos, los sueños, las inquietudes…y lo mejor de
todo, sin intermediarios que gestionen el flujo de información. Bueno, o esa
era la pretensión.
Los poderes fácticos
conocen al enemigo, y ya se han puesto a trabajar para su eliminación. Las
reuniones les están dando buenos resultados y tanto políticos como buena parte
de la judicatura (que no toda) empiezan a trabajar conforme a sus oscuros
intereses. Buen ejemplo de ello es la Nueva Ley de Economía Sostenible.
En su estado embrionario,
y con la excusa de una más eficiente gestión de la propiedad intelectual
se han intentado derrumbar las redes P2P, principio fundamental de la Internet,
pues proporciona un entorno libre entre usuarios para dispensarse grandes
bloques de información de forma directa y rápida. Afortunadamente, jueces
leales a los derechos fundamentales, han impedido que las redes caigan (al
menos por ahora), aunque la lucha no haya hecho más que empezar. Como describió
perfectamente el señor David Bravo (abogado especialista en derechos de
autor) “piensen que intentar eliminar las redes P2P habría sido como
prohibir en su día las fotocopiadoras, y todo con la excusa de defender los
intereses de las editoriales de best seller, no vaya a ser que alguien las
utilizara para copiar libros”. Pero eso no es todo, si no que además la
Promusicae, bajo el parapeto del ministerio, demandó al creador de un software
que permite utilizar las redes P2P : Pablo Soto, desarrollador del software “Manolito
P2P” ”Blubster” y “Piolet”). Vamos, que por esa regla de tres los ingenieros
deberían tener mucho cuidado con lo que paren sus mentes, no vaya a ser que uno
de sus inventos se use para matar gente, o para cualquier otra actividad
ilegal, como un secador de pelo para soldar los lomos de libros pirata.
El ministerio, en su
forma más abyecta, pretende imponer un control sobre los contenidos de la
Internet prescindiendo totalmente del sistema judicial. Bajo la atenta mirada
de un órgano civil “independiente” las webs podrían ser clausuradas de
forma inmediata sin mediación de un juez. Bastaría con que incluyeran un enlace
hacia un servidor que alojara contenido protegido por derechos de autor
para llevar a efecto el cierre. Bien, el texto, tras la presión social y de las
asociaciones de internautas, ha tenido que ser parcialmente modificado,
incluyendo en la ecuación a un juez, al que se le otorgan cuatro días
para decidir si el organismo administrativo no judicial puede o no aplicar el
cierre, sin que el juez entre a valorar si efectivamente se ha cometido una
violación de derechos de autor o no.
Mi opinión al respecto
tiene dos vertientes. En primer lugar considero que el diseño de la ley rezuma
una puerilidad desbordante. La señora “Sinde”, ministra de cultura y cabeza
pensante de contenidos L.E.S (Ley de Economía Sostenible), quizá ignore que
pretender cerrar las webs enlazadas con posibles contenidos protegidos implicaría
automáticamente la censura previa y el cierre definitivo de toda la Internet:
Google, Youtube, Yahoo, Terra, MiAol, Facebook. Tuenti, periódicos con blog
alojados como El Pais, El Mundo, El Hoy, ABC, Libertad digital, Periodista
Digital… más un sin fin de grandes distribuidores de servicios quedarían
fulminantemente precintados, eso sí, siempre y cuando la ley se aplicara para
los poderosos con la misma contundencia que para los débiles. Y precisamente ahí
nace la segunda vertiente de mi opinión al respecto de la L.E.S ¿Creen ustedes
que sería así? ¿Creen que el peso de la ley caería sobre los grandes capitales?
No se por que sospecho todo lo contrario. En la práctica nos enfrentaríamos a
la aniquilación del pensamiento divergente, amparándose, claro está, en la
protección de la propiedad intelectual, mientras que por otro lado se fundarían
los acuerdos correspondientes con los grandes suministradores de contenido, que
podrían continuar sus actividades a cambio ¿de? La cuestión es que todos
tomemos consciencia de las verdaderas intenciones de las modificaciones de la
legislación. Si la L.E.S sale adelante, Internet y su capacidad ilimitada de
difusión científica, filosófica y cultural habrán muerto. Las grandes compañías
tendrán que elegir entre la continuidad de su actividad económica o un proceso
judicial por difusión de contenido protegido.
Conclusiones
finales.
Existe una premisa básica
aplicable para cualquier vendedor, como en este caso puede aplicarse a los
autores y editores. “Nunca maltrates a tus clientes”. Sin embargo, en lo que se
refiere a SGAE y sus defendidos, con una arrogancia fuera de contexto, esperan
aumentar el ratio de ventas imponiendo sus intereses particulares a las normas
legales bajo las que se encuadra nuestra sociedad. Sus potenciales clientes
dejan de comprar, pero no por la posibilidad de acceder a contenidos
protegidos, sino por que tanto la baja calidad de la inmensa mayoría de los
trabajos con los que se encuentran, como las prehistóricas formas de difusión y
venta del producto, los desmotivan como potenciales consumidores.
Los artistas (y esta vez
hablo del artista medio y de segunda, que es la verdadera masa palpitante del
corazón creativo) no se están percatando de que su afiliación a voraces
entidades de gestión, como lo es la SGAE, está sirviendo a las multinacionales
del sector de excusa “barata” para imponer una forma de negocio que les
mantendrá esclavizados a los caprichos de un mercado preconfigurado por esta
misma industria, cuando en realidad el mercado artístico, en sociedades con
pretensiones, debería implantarlo un consumidor educado y culto. Datos, como
que apenas el 6% de los socios de SGAE cobra alguna cantidad de esos 370
millones de euros de recaudación, avalan lo que digo. Y máxime cuando de ese 6%
solo el 1,5% se lleva el grueso del capital, repartido con una fórmula que la
SGAE mantiene en absoluto secreto. Quizá de ahí se desprenda que la calidad artística
de gran parte del producto final expuesto en las estanterías de las
grandes distribuidoras deja mucho que desear. Piensen en ello.
De cómo un sector
importante del entramado judicial se ha doblegado al interés empresarial,
envenenando los procesos legales con una terminología que entra en conflicto directo con la Constitución
Española, debería ser motivo de dimisiones por pura vergüenza pública. Pero
sospecho que eso mis ojos no lo verán en un país donde los profesionales obvian
la obligada honradez de su actividad.




















