La calavera el conqui
Se nos ha venido de frente
crujiendo el sol de agosto. Sin tregua ni respiro ha llegado el mes de las
canículas. El de las tardes donde la flama bochornosa, que aguarda desde la
esquina, cae a plomo latiendo y envolviéndolo todo. La calle, en agosto, es un
horno, embistiendo como un toro echando bocanadas de aire calentón. Por eso ha
llegado implorando y pidiendo abanico, un helado y un trago de agua fresca. En
agosto, tú, sigues existiendo, aún te sigues llamando, con dignidad, verano.
Agosto es partitura de retorno a
los tiempos que se fueron. Es regreso a los territorios de un inmenso recreo
que inundaba acequias, sifones, albercas y la playa del río. Agosto es partitura
de llegada a miradas llamativas y descaradas de muchachas adolescentes. Agosto
es proyección de luz sobre la libertad de los cielos de las noches en las
pantallas de los cines de verano. Agosto es regreso a jugar en la calle, en el
lejío, escuchando, obedeciendo y poniendo en práctica lo que dictaba y decía,
bajo secreto, la “piedra zumbona”.
Agosto es toque de queda que
decretan las cornetas que se desangran por el calor del viento solano a la hora
cierta de la siesta. Agosto huele a café, a sonido de baraja de cartas y movimiento
de ficha de dominó, rompiendo y fragmentando el tedio que gobierna la intimidad de la tarde. Agosto es remolino trenzando
rizos sobre los rastrojos. Agosto trae mañanas en las que brilla un sol
luminoso, mientras un gato duerme en el patio al amparo del verde frescor de
las macetas de helecho. Agosto trae olor de jazmín y dulce sonido de una humilde
campana que despierta el silencio antiguo de convento de clausura, señalado por
el índice enhiesto del ciprés plantado en la huerta por las hijas de madre Santa
Clara.
Agosto es memoria de un amanecer
cierto, una llamada de teléfono negro bajo amenaza y decreto de cañón en los
cerros apuntando y señalando un día de imborrable recuerdo. Agosto es tapia
agujereada, herida y traspasada de cementerio. Agosto cocina en sus pucheros la
verdad sensata de sus inocencias. Agosto rompe las conciencias que serán
juzgadas por quien debe juzgarlas. Agosto es guiño, destello y llanto de
estrellas que cruzan la grandiosidad de los cielos de una noche de verano.
Agosto tiene, a mediados, sabor a Virgen, declarado día festivo, solemne y
grande. Agosto es saludo de emigrante.
Agosto trae en sus paseos por los
rincones oscuros de las callejas de la noche sonido a cadena, miedo, pánico y
susto en el cuerpo por la sombra blanca que produce la silueta de una pantaruja.
En agosto transita el rito de una sandía hueca con ojos tenebrosos y boca feroz,
donde en su interior una vela la iluminaba y le daba aspecto fantasmagórico. La
redonda sandía horadada y perforada era pegada sobre una tabla para ser sacada
en nocturna procesión, mientras un coro infantil de penitentes y acompañantes,
en su despedida, en la emoción, la velaban y le cantaban “La calavera el
conqui”.
Agosto trae una blanca camisa sin tirantas
que juega, en lo efímero, a ofrecernos en su desnudo un hermoso pecho en el íntimo
y ardiente deseo de querer mirarlo todo. En agosto las parejas enamoradas,
amantes y cómplices, juegan y se dan el sí quiero. En agosto las noches tardan
menos en venir, remansando sosiego ante la huella que va dejando el tiempo. En
agosto se orean las sábanas del ajuar junto a la cal blanca que moltura y
vendimia pregonando en las profundidades y honduras del alma. En agosto, a
finales, estarán apuntalados los palos de la Feria, en la espera de que venga y aparezca el
primer fogonazo para anunciarnos que el gozo ha llegado, que Ella ya está aquí,
para exponerse, un año más, a las veladuras que cincelan los atajos del tiempo.
Ella es y será siempre la esperanza que no envejece y la luz que nos toca acariciándonos
los recuerdos.
Se nos ha venido de frente crujiendo el sol de agosto. Sin tregua ni respiro ha llegado el mes de las canículas. El de las tardes donde la flama bochornosa, que aguarda desde la esquina, cae a plomo latiendo y envolviéndolo todo. La calle, en agosto, es un horno, embistiendo como un toro echando bocanadas de aire calentón. Por eso ha llegado implorando y pidiendo abanico, un helado y un trago de agua fresca. En agosto, tú, sigues existiendo, aún te sigues llamando, con dignidad, verano.
Agosto es partitura de retorno a los tiempos que se fueron. Es regreso a los territorios de un inmenso recreo que inundaba acequias, sifones, albercas y la playa del río. Agosto es partitura de llegada a miradas llamativas y descaradas de muchachas adolescentes. Agosto es proyección de luz sobre la libertad de los cielos de las noches en las pantallas de los cines de verano. Agosto es regreso a jugar en la calle, en el lejío, escuchando, obedeciendo y poniendo en práctica lo que dictaba y decía, bajo secreto, la “piedra zumbona”.
Agosto es toque de queda que decretan las cornetas que se desangran por el calor del viento solano a la hora cierta de la siesta. Agosto huele a café, a sonido de baraja de cartas y movimiento de ficha de dominó, rompiendo y fragmentando el tedio que gobierna la intimidad de la tarde. Agosto es remolino trenzando rizos sobre los rastrojos. Agosto trae mañanas en las que brilla un sol luminoso, mientras un gato duerme en el patio al amparo del verde frescor de las macetas de helecho. Agosto trae olor de jazmín y dulce sonido de una humilde campana que despierta el silencio antiguo de convento de clausura, señalado por el índice enhiesto del ciprés plantado en la huerta por las hijas de madre Santa Clara.
Agosto es memoria de un amanecer cierto, una llamada de teléfono negro bajo amenaza y decreto de cañón en los cerros apuntando y señalando un día de imborrable recuerdo. Agosto es tapia agujereada, herida y traspasada de cementerio. Agosto cocina en sus pucheros la verdad sensata de sus inocencias. Agosto rompe las conciencias que serán juzgadas por quien debe juzgarlas. Agosto es guiño, destello y llanto de estrellas que cruzan la grandiosidad de los cielos de una noche de verano. Agosto tiene, a mediados, sabor a Virgen, declarado día festivo, solemne y grande. Agosto es saludo de emigrante.
Agosto trae en sus paseos por los rincones oscuros de las callejas de la noche sonido a cadena, miedo, pánico y susto en el cuerpo por la sombra blanca que produce la silueta de una pantaruja. En agosto transita el rito de una sandía hueca con ojos tenebrosos y boca feroz, donde en su interior una vela la iluminaba y le daba aspecto fantasmagórico. La redonda sandía horadada y perforada era pegada sobre una tabla para ser sacada en nocturna procesión, mientras un coro infantil de penitentes y acompañantes, en su despedida, en la emoción, la velaban y le cantaban “La calavera el conqui”.
Agosto trae una blanca camisa sin tirantas que juega, en lo efímero, a ofrecernos en su desnudo un hermoso pecho en el íntimo y ardiente deseo de querer mirarlo todo. En agosto las parejas enamoradas, amantes y cómplices, juegan y se dan el sí quiero. En agosto las noches tardan menos en venir, remansando sosiego ante la huella que va dejando el tiempo. En agosto se orean las sábanas del ajuar junto a la cal blanca que moltura y vendimia pregonando en las profundidades y honduras del alma. En agosto, a finales, estarán apuntalados los palos de la Feria, en la espera de que venga y aparezca el primer fogonazo para anunciarnos que el gozo ha llegado, que Ella ya está aquí, para exponerse, un año más, a las veladuras que cincelan los atajos del tiempo. Ella es y será siempre la esperanza que no envejece y la luz que nos toca acariciándonos los recuerdos.





















