Café. Con leche, manchado, cortado y descafeinado
Un café es un café, a secas, aunque en muchos
lugares de mi querida España suelen llamarlo uno solo. Y un café con leche es
un café con leche en taza. También está la variedad del cortado, que es un café
que nada en una nube de leche. Eliges al azar un lugar cualquiera de este santo
y bendito país, entras y pides un café, y ¿qué sucede? Pues que te sirven un
café con leche. Y mira tú, viene el problema y la discusión con el servicio, no
el de hacer pis, sino el que está detrás del mostrador o barra, es decir, el
camarero.
Pero verán, comencemos ¿Cuántas variedades de
tazas hay? Buff… pues, de desayuno, muy grande, grande, mediana, pequeña… Por
no utilizar las equis, las eles, las emes… Pero fíjate, todas tienen el asa
hacia la derecha ¿Por qué será? ¿No piensan en los zurdos, sólo en los diestros?
¿Qué pasa que la izquierda, no quiere que la cojan, que la agarren? Giro de
ciento ochenta grados a la taza. Llámese cambio de chaqueta, del azul al rojo
chillón y zás, asa al lado izquierdo. Izquierda trincada ¡Qué cosas! Luego está
el que no quiere taza y lo quiere en un vaso ¡Bueno…! ¿Vaso largo o corto?
El café con leche puede ser corto de café,
largo de café, corto de leche, largo de leche. ¡Cuántas leches! Para los
puristas del café, la negación a un café la llaman leche manchada, que no debe confundirse
con un manchado, versus café con una gota de leche. Con el cortado hay varias
derivaciones, cortado en vaso, cortado en taza. Cortado con la leche muy
caliente, templada o fría ¡Que te den un corte de… hacer puñetas!
¡Contraindicaciones del café! Ya verán ¡No
duermo! ¿Quién tiene la culpa? ¡El café! El café no tiene la culpa, los
problemas con el sueño derivan y proceden de otros menesteres ¿Cómo? Sí, porque ha subido el euribor y claro, aumento
de la cuota de la hipoteca de la casa, el chalé o el apartamento de la playa.
Insomnio al canto. Horas en blanco, horas de desvelo, de transistor,
trasnochado, atontado… mientras la parienta tan feliz, durmiendo a pierna
suelta, ella que siempre ha sido muy suelta y muy lista, además escarranchada,
cogiendo toda la cama. Y tú, pues como la canción, en la quietud de los
cafetales ¡Una pena
de amor y una tristeza lleva el zampo Manuel en su amargura, pasa incansable la
noche moliendo café!
Te levantas con un cuerpito o cuerpazo que ni
para los leones. Y te preguntas ¿Tendré migraña? No, si esto va acabar en una
depresión de caballo, ya verás. Comienzas en las primeras horas a faenar, que
siempre es un decir, con muchas ganas, aunque sea lunes ¿Con quién pagas las
presiones nocturnas? ¡Con el café! Y coges, vas y renuncias, reniegas de él,
siendo el pobre, inocente, cándido… vamos, un bendito.
En esa reflexión, la voz del camarero te
espabila, ¿Qué le pongo al señor? Al señor le vas a poner… iba a decir dos
velas, pero es una irreverencia. Ya está, como Judas, traiciono al café. Una
voz desde el interior le azuza, le provoca, le incita ¡Lo que tengas que hacer
hazlo cuanto antes! Se acabó ¡Un descafeinado de máquina! Respuesta ¡Lo hay
también de sobre! No, de máquina, por lo menos que este acto de deslealtad al
café no sea tan radicalizado, que pase por la máquina.
Y va y se justifica. Es que anoche me tomé un
café, y mira tú, no he cerrado los ojos. Sí, ya lo creo, pues ya sabes, adiós
al título de cafetero, tantos años saboreándolo y ahora esto, no tienes perdón.
¿Tú sabes el gratificante olor y sabor que
posee un café? Carpe diem. Placer y gozo de la fortuna del instante que se vive
y disfruta en pequeños sorbos. Cremoso, aromático, bien cargado, calentito,
humeante… delicioso.
Añoranzas del puchero, para quienes era el
mejor recipiente de elaboración. Pasado, triturado y molido los granos del
torrefacto. Perfecto el arte del dale que te pego al manubrio ¡El molinillo de
café!
¡Cómo mueren las cosas! El brasero de picón, el
reclinatorio, la matraca y el púlpito. La talega de tela de lienzo tostado para
transportar el pan. La petaca y el carburo. La plancha de hierro, alimentada y
caldeada por el carbón. El almidón en las camisas. La orza y la cuenca. El
burro con el serón… ¿Y el carajillo? No ése no, que se sigue bebiendo y
consumiendo, al despuntar el alba, en los cafetines de nuestros pueblos.
Otro aspecto a tener en cuenta es la variedad de servicios
que nos dan a cambio de tomar un café. Además del producto, servido en taza, un
plato, una cuchara, azúcar, luz, calefacción o refrigeración, un vaso de agua,
una mesa, una silla, una servilleta, un periódico, un televisor, hacer nuestras
necesidades… y un sin fin más de obsequios. Y todo gracias a un café. Luego nos
quejamos ¡No va más!
Sí, porque este verano escuché a una señora, de las que
nos visitan en las canículas de agosto, que de alguna manera siguen ligadas a
nuestra tierra, con peculiar acento ¡Oyesssss… me pones un triple sin, al igual
que el del otro día, sabesssss…! Me quedé perplejo. Ante mi turbación, el
camarero me sacó del trance. Verás, el triple sin es un descafeinado de sobre,
con leche desnatada y con sacarina.
En nuestros pueblos, la historia se va haciendo materia.
Cada generación añade o destruye algo, y así su apariencia parece ir cambiando
como un ser vivo que cuenta su vida. Aunque a mi amigo Antonio y a mí, de
momento, nadie nos cambia. Seguimos siendo diariamente fieles militantes, en
nuestros saludables desayunos, a la tostada acariciada por la frescura del ajo,
lubricada por el sagrado óleo del aceite, aderezada por la sal al ritmo de un
generoso salero y enrojecida por la sin par dulzura de nuestro querido
pimentón.
Otra cosa es el café, dos dedos nada más y retíralo antes
de que salga el agua. Pues nada, ni por esas se enteran ¡Antonio, qué cruz!
Este
artículo fue publicado
en la Revista del Carnaval 2007
de la
Asociación
Cultural “Cazurros Romanos”
y en la Revista de Feria de
Montijo 2007.
Un café es un café, a secas, aunque en muchos
lugares de mi querida España suelen llamarlo uno solo. Y un café con leche es
un café con leche en taza. También está la variedad del cortado, que es un café
que nada en una nube de leche. Eliges al azar un lugar cualquiera de este santo
y bendito país, entras y pides un café, y ¿qué sucede? Pues que te sirven un
café con leche. Y mira tú, viene el problema y la discusión con el servicio, no
el de hacer pis, sino el que está detrás del mostrador o barra, es decir, el
camarero.
Pero verán, comencemos ¿Cuántas variedades de
tazas hay? Buff… pues, de desayuno, muy grande, grande, mediana, pequeña… Por
no utilizar las equis, las eles, las emes… Pero fíjate, todas tienen el asa
hacia la derecha ¿Por qué será? ¿No piensan en los zurdos, sólo en los diestros?
¿Qué pasa que la izquierda, no quiere que la cojan, que la agarren? Giro de
ciento ochenta grados a la taza. Llámese cambio de chaqueta, del azul al rojo
chillón y zás, asa al lado izquierdo. Izquierda trincada ¡Qué cosas! Luego está
el que no quiere taza y lo quiere en un vaso ¡Bueno…! ¿Vaso largo o corto?
El café con leche puede ser corto de café,
largo de café, corto de leche, largo de leche. ¡Cuántas leches! Para los
puristas del café, la negación a un café la llaman leche manchada, que no debe confundirse
con un manchado, versus café con una gota de leche. Con el cortado hay varias
derivaciones, cortado en vaso, cortado en taza. Cortado con la leche muy
caliente, templada o fría ¡Que te den un corte de… hacer puñetas!
¡Contraindicaciones del café! Ya verán ¡No
duermo! ¿Quién tiene la culpa? ¡El café! El café no tiene la culpa, los
problemas con el sueño derivan y proceden de otros menesteres ¿Cómo? Sí, porque ha subido el euribor y claro, aumento
de la cuota de la hipoteca de la casa, el chalé o el apartamento de la playa.
Insomnio al canto. Horas en blanco, horas de desvelo, de transistor,
trasnochado, atontado… mientras la parienta tan feliz, durmiendo a pierna
suelta, ella que siempre ha sido muy suelta y muy lista, además escarranchada,
cogiendo toda la cama. Y tú, pues como la canción, en la quietud de los
cafetales ¡Una pena
de amor y una tristeza lleva el zampo Manuel en su amargura, pasa incansable la
noche moliendo café!
Te levantas con un cuerpito o cuerpazo que ni
para los leones. Y te preguntas ¿Tendré migraña? No, si esto va acabar en una
depresión de caballo, ya verás. Comienzas en las primeras horas a faenar, que
siempre es un decir, con muchas ganas, aunque sea lunes ¿Con quién pagas las
presiones nocturnas? ¡Con el café! Y coges, vas y renuncias, reniegas de él,
siendo el pobre, inocente, cándido… vamos, un bendito.
En esa reflexión, la voz del camarero te
espabila, ¿Qué le pongo al señor? Al señor le vas a poner… iba a decir dos
velas, pero es una irreverencia. Ya está, como Judas, traiciono al café. Una
voz desde el interior le azuza, le provoca, le incita ¡Lo que tengas que hacer
hazlo cuanto antes! Se acabó ¡Un descafeinado de máquina! Respuesta ¡Lo hay
también de sobre! No, de máquina, por lo menos que este acto de deslealtad al
café no sea tan radicalizado, que pase por la máquina.
Y va y se justifica. Es que anoche me tomé un
café, y mira tú, no he cerrado los ojos. Sí, ya lo creo, pues ya sabes, adiós
al título de cafetero, tantos años saboreándolo y ahora esto, no tienes perdón.
¿Tú sabes el gratificante olor y sabor que
posee un café? Carpe diem. Placer y gozo de la fortuna del instante que se vive
y disfruta en pequeños sorbos. Cremoso, aromático, bien cargado, calentito,
humeante… delicioso.
Añoranzas del puchero, para quienes era el
mejor recipiente de elaboración. Pasado, triturado y molido los granos del
torrefacto. Perfecto el arte del dale que te pego al manubrio ¡El molinillo de
café!
¡Cómo mueren las cosas! El brasero de picón, el
reclinatorio, la matraca y el púlpito. La talega de tela de lienzo tostado para
transportar el pan. La petaca y el carburo. La plancha de hierro, alimentada y
caldeada por el carbón. El almidón en las camisas. La orza y la cuenca. El
burro con el serón… ¿Y el carajillo? No ése no, que se sigue bebiendo y
consumiendo, al despuntar el alba, en los cafetines de nuestros pueblos.
Otro aspecto a tener en cuenta es la variedad de servicios
que nos dan a cambio de tomar un café. Además del producto, servido en taza, un
plato, una cuchara, azúcar, luz, calefacción o refrigeración, un vaso de agua,
una mesa, una silla, una servilleta, un periódico, un televisor, hacer nuestras
necesidades… y un sin fin más de obsequios. Y todo gracias a un café. Luego nos
quejamos ¡No va más!
Sí, porque este verano escuché a una señora, de las que
nos visitan en las canículas de agosto, que de alguna manera siguen ligadas a
nuestra tierra, con peculiar acento ¡Oyesssss… me pones un triple sin, al igual
que el del otro día, sabesssss…! Me quedé perplejo. Ante mi turbación, el
camarero me sacó del trance. Verás, el triple sin es un descafeinado de sobre,
con leche desnatada y con sacarina.
En nuestros pueblos, la historia se va haciendo materia.
Cada generación añade o destruye algo, y así su apariencia parece ir cambiando
como un ser vivo que cuenta su vida. Aunque a mi amigo Antonio y a mí, de
momento, nadie nos cambia. Seguimos siendo diariamente fieles militantes, en
nuestros saludables desayunos, a la tostada acariciada por la frescura del ajo,
lubricada por el sagrado óleo del aceite, aderezada por la sal al ritmo de un
generoso salero y enrojecida por la sin par dulzura de nuestro querido
pimentón.
Otra cosa es el café, dos dedos nada más y retíralo antes
de que salga el agua. Pues nada, ni por esas se enteran ¡Antonio, qué cruz!
Este
artículo fue publicado en Asociación
Cultural “Cazurros Romanos” y en


















