La tiza de la taberna
Dicen que el museo arqueológico de las ocupaciones de la
vida conserva el papel de calca, aquellos lápices cuya mitad de su mina era
roja y la otra de color azul. Pizarras y pizarrines. A mí me gustaban los de
manteca. Pizarras con un marquito de madera, del que colgaba un higiénico trapo
para su limpieza, que impregnado por la saliva, con lustre y energía todo lo
borraba. El tintero de plomo escondido en el agujero de los pupitres de los
colegios, las plumillas… la fervorosa y venerable tiza. ¡Cuánto ha temblado la
mano que apretaba una tiza frente a un encerado de la escuela! Y como no ¡La
tiza etnográfica de una taberna!
Blanca y gloriosa tiza del camarero, del que está detrás
de la barra, del tabernero. Todo quedaba apuntado y escrito con tiza. ¡Qué se
debe aquí! La tiza emprendía un rapidísimo vuelo desde la oreja del tabernero
hasta el manchado mostrador para dibujar una raya y efectuar una suma de la
comanda, mientras burlonamente reía por lo bajini diciendo ¡Echa vino montañés,
que lo paga Luis de Vargas!
Hacemos memoria y encontramos el rito de la aritmética de
la tiza en varios de estos establecimientos, antiguos templos del vino. Lugares
para el culto, la tertulia y la conversación. Lugares donde se refugiaban los
notables, buscando lo que ahora hemos dado en llamar con cierta pedantería
“calidad de vida y cultura del ocio”.
Ahí van como muestra algunos, no todos, de sus nombres
desafiando la memoria colectiva: “…La Celestina , Manolito
Jiguero, Lorenzo el enterraó, El Basero, La tía Tornija, El Mimbrero, Alfonso
Cruz, El Galgo, Josefa la de la estación, Periquín, Tomás Pedraja, Villares,
Pichón, El Colorao, Las cinco casas, La Parra , Silva, El Capitán, El Hoyo, El Furraquín…”.
En el rito de la memoria, buscando en los recuerdos de la
gloria de los taberneros, entre mesas y bancos de madera, bajando una escalera,
entramos en Casa Paredes. Allí, Lorenzo Paredes -un excelente oficial de la
tiza- en su taberna de la castiza Puerta del Sol de Montijo, no dejaba espacio
por escribir, conos, tinajas, mesas y el mostrador, llevaban la impronta de su
aritmética y escribanía… ¡Hoy no se fía, mañana sí! Tampoco olvido como corría
la tiza de Antonio Sánchez Serrano en la Posá , apuntando los “trasplantes” y los
“fandangos”. En la Posá
se fundó hace treinta y dos años la
Peña del Athletic de Bilbao, la visitó José Ángel Iríbar el
“Chopo”, aquel gran portero internacional. En la Posá faenó con afición y
pasión, Juan Cayetano Polo de Vargas con el Club de Ajedrez; y en el nudo de los
recuerdos presiento ver ahora sobre un lateral del mostrador, junto a la
chimenea, la figura de una gran persona, Emilio Macarro, Presidente de la U.D. Montijo , hombre
de Sánchez de León, de Arex y de la
U.C .D.
La tiza ha sido derrotada, al igual que aquellos
establecimientos. Las cuentas se hacen por otro sistema. Un sistema muy
avanzado, que bajo la caricia de un dedo sobre una pantalla, las presentan en
un tique de impresora de ordenador ¡Cómo avanzan las tecnologías! Si que
avanzan, pero nunca podrán igualar al sabor de un tomate con sal, al de los
altramuces, al olor a ropa de jornal y destajo, al sabor del carajillo y copa
de aguardiente, y al olor a serrín mojado bajo la mesa de una taberna antigua
de tertulia, cante, nostalgias y recuerdos.
Cuando llegue y empiece la melancolía de la fiesta más
hermosa de la vida, seguro que la tiza
resucitará, gloriosa y blanca, aunque no hecha carne, sino convertida en
polvo para ser mezclada con el alcohol del mosto mejor guardado por un ilustre
tabernero, para dar brillo a la plata de un farol que ilumina una cruz de guía
de nuestra Semana Santa.
Dicen que el museo arqueológico de las ocupaciones de la
vida conserva el papel de calca, aquellos lápices cuya mitad de su mina era
roja y la otra de color azul. Pizarras y pizarrines. A mí me gustaban los de
manteca. Pizarras con un marquito de madera, del que colgaba un higiénico trapo
para su limpieza, que impregnado por la saliva, con lustre y energía todo lo
borraba. El tintero de plomo escondido en el agujero de los pupitres de los
colegios, las plumillas… la fervorosa y venerable tiza. ¡Cuánto ha temblado la
mano que apretaba una tiza frente a un encerado de la escuela! Y como no ¡La
tiza etnográfica de una taberna!
Blanca y gloriosa tiza del camarero, del que está detrás
de la barra, del tabernero. Todo quedaba apuntado y escrito con tiza. ¡Qué se
debe aquí! La tiza emprendía un rapidísimo vuelo desde la oreja del tabernero
hasta el manchado mostrador para dibujar una raya y efectuar una suma de la
comanda, mientras burlonamente reía por lo bajini diciendo ¡Echa vino montañés,
que lo paga Luis de Vargas!
Hacemos memoria y encontramos el rito de la aritmética de
la tiza en varios de estos establecimientos, antiguos templos del vino. Lugares
para el culto, la tertulia y la conversación. Lugares donde se refugiaban los
notables, buscando lo que ahora hemos dado en llamar con cierta pedantería
“calidad de vida y cultura del ocio”.
Ahí van como muestra algunos, no todos, de sus nombres
desafiando la memoria colectiva: “…
En el rito de la memoria, buscando en los recuerdos de la
gloria de los taberneros, entre mesas y bancos de madera, bajando una escalera,
entramos en Casa Paredes. Allí, Lorenzo Paredes -un excelente oficial de la
tiza- en su taberna de la castiza Puerta del Sol de Montijo, no dejaba espacio
por escribir, conos, tinajas, mesas y el mostrador, llevaban la impronta de su
aritmética y escribanía… ¡Hoy no se fía, mañana sí! Tampoco olvido como corría
la tiza de Antonio Sánchez Serrano en
La tiza ha sido derrotada, al igual que aquellos
establecimientos. Las cuentas se hacen por otro sistema. Un sistema muy
avanzado, que bajo la caricia de un dedo sobre una pantalla, las presentan en
un tique de impresora de ordenador ¡Cómo avanzan las tecnologías! Si que
avanzan, pero nunca podrán igualar al sabor de un tomate con sal, al de los
altramuces, al olor a ropa de jornal y destajo, al sabor del carajillo y copa
de aguardiente, y al olor a serrín mojado bajo la mesa de una taberna antigua
de tertulia, cante, nostalgias y recuerdos.
Cuando llegue y empiece la melancolía de la fiesta más
hermosa de la vida, seguro que la tiza
resucitará, gloriosa y blanca, aunque no hecha carne, sino convertida en
polvo para ser mezclada con el alcohol del mosto mejor guardado por un ilustre
tabernero, para dar brillo a la plata de un farol que ilumina una cruz de guía
de nuestra Semana Santa.


















