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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 01 de Septiembre de 2007

Visagra

La Virgen de agosto enciende en fiestas los pueblos de España, abriendo las plazas de toros. Hay un dicho que se maneja en el argot taurino que dice, que quien sea torero y por la Virgen de agosto no se vista de luces, aunque sea en una plaza portátil, mejor que se vaya directamente a los albañiles. Realidades de la vida.

En los años cincuenta del pasado siglo, en plena expansión del Plan Badajoz, al que muchos denominaron el “reguerío”, surgió en Montijo un torero: Juan Herrera Soto “Visagra” quien en el arte de Cuchares escribió páginas de arte y gloria. Visagra llegó a poner en los cosos donde actuó, en unión con el “Cuquejo”, “Yuste” y “El Platanito” el cartel de ¡No hay billetes! Dicen aquellos que vivieron tan singulares tardes de gloria, cogidas, revolcones, carros formando el ruedo… jamás lo olvidarán. Lástima que “Visagra” no hubiera tenido los padrinos deseados porque arte y empaque si que tenía, vaya que sí.

En esta proclamación del recuerdo del gozo, oigo los sonidos de aquellas tardes de paseíllo y triunfos, a los que llego ahora por los pasadizos de la memoria. Con soltura y oficio, el maestro se llevaba la muleta a su mano izquierda, sujetando el estoque con la derecha. La izquierda siempre se ha dicho, es la que firma contratos, aunque se escriba con la derecha. Donde los demás ponían la muleta, allí se ponía “Visagra”. Con atrevimiento pisaba esos terrenos. Quieto, sereno, imperturbable, como un pasmo. Cada lance ceñido del fenómeno resultaba estremecedor, corriendo bien la mano, como un jabato, transmitiendo al respetable que se estaba jugando la vida. No era para menos, las vaquillas como el decía “sabían latín”.

Ante cualquier adversidad allí estaba para sofocar sus necesidades y curar las heridas, su apoderado, don José María Ruiz Parejo. Aquel espigado médico, falangista y del Movimiento, de vocación frustrada ladrillero ¿Cuántos pacientes de tan ilustre personaje recibieron una receta de un millar de ladrillos? Sin embargo, “Visagra” a lo suyo, a torear. Los pies juntos, firmes, quietos, y un soberbio temple bajo el juego de sus muñecas. Ahora la zurda, después las diestra ¡Bravo!, ¡Fenómeno! Le decía su apoderado desde el burladero, arrímate que si algo ocurre aquí estoy yo.

El miedo, algún que otro puntazo, los revolcones y la preocupación de su madre, hicieron que el maestro cambiara capote y muleta por el beneficioso oficio de corredor de frutas. El maestro instaló su centro de operaciones en el “Hotel Colón”. Desde allí, Visagra tendía sus tentáculos comerciales, sus negocios, exportando la fruta a lejanos confines peninsulares. Pepe Gómez le dedicó un poema, que narra y describe en clave de humor, la frenética actividad comercial de un “Visagra” señorón con sus manos enjoyadas.

“Visagra” llegaba al Colón, bajo el rito ceremonioso y solemne del torero que llega a la plaza: chofer y Dodge con sus cortinillas echadas impidiendo ver el ilustre personaje que allí viajaba. El maestro, corredor de frutas, cuando aparecía, se veía revestido de un halo del más puro señorito de provincias. Visagra tuvo en su vida una máxima “hay que ganar dinero para fundirlo en cachondeo, la vida es así”. Al maestro le acosaron unas “cataratas”, se hizo socialista, faenó en la necesidad y se marchó muy ligero de equipaje. ¡Triunfos, quehaceres, dinero, revolcones, alegría y muchas “cornás” que da la vida!

Allí arriba, Visagra sigue haciendo el paseíllo, oyendo el pasodoble que tocaba la Banda de Música, y la voz áspera por el vino de una bota que desde el callejón le interpelaba ¡Arrímate! Él, de rodillas, como le gustaba, a dos palmos de los pitones, sigue destapando tarde tras tarde, por toda una eternidad, el tarro de las esencias de su arte. ¡Montijo tiene un torero, su matador, Visagra! Ha ido por usted, maestro, Dios le guarde.

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