Alfonso García
El primer fogonazo de la nebulosa de la memoria rasga y
humedece el velo de la nostalgia. La imagen almacenada revela aquella
prodigiosa instantánea: unas manos anchas, grandes, ejercitadas, fuertes,
protegidas por unas manijas, perforan el cuero con una lezna, para tirar
después de los cabos hacia ambos lados, cosiendo así la suela de un zapato.
No utilizó nunca mesa; en un cajón de madera, junto a una
silla baja, hecha a su medida, sobre cuyas patas situaba el boje, andaban los
botes de las puntas, el cerote, el cáñamo, las cuchillas, la pata cabra, el
sacabocado, los frascos de tinta, la crema, el cepillo, el pegamento… ¡Cuidado
con el niño que está echado en el suelo!
De pequeño lo atropelló una bestia. Dos cirujanos de
Badajoz le intervinieron, aunque fueron incapaces de quitarle la rigidez a su
pierna. Tenía una caligrafía perfecta, preciosa, de su época. En la escuela de
la señora Teodora aprendió a leer, escribir y las cuatro reglas. ¡Suficiente! A
los doce años su padre le puso con el maestro Isidoro, para que aprendiera el
oficio de zapatero. En su taller de la calle de San Gregorio, el maestro
enseñaba a su discípulo, en buena sintonía, cómo sacar de las hormas de madera
zapatos, sandalias, botas y botos. Siempre le oí hablar de la buena persona que
fue su maestro, el señor Isidoro, por quien sentía un gran aprecio.
De aquel taller de la calle de San Gregorio pasó al del
maestro Juan López, en la Rambla ,
en la Avenida
Emperatriz. En él aprendió la técnica del corte de la piel.
Al día siguiente de haber cumplido dieciséis años oyó decir que Yagüe, de
madrugada, había puesto los cañones en Lobón. No fue ajeno a los episodios de la República , porque vivió
en la calle de Mérida, donde estuvo la
Casa del Pueblo. Se le saltaban las lágrimas recordando la
virulencia que trajo la guerra, porque ésta se llevó la vida de un ser muy
querido “mataron a una bellísima persona; bueno, trabajador y muy
honrado…Maldita guerra que destrozó y dividió España”.
Alfonso García, al casarse, se independizó, se echó por su
cuenta. En su primer taller, en la Plaza Alfonso XIII, vivió los primeros afanes,
los quehaceres y los días, que le trajeron en los comienzos de los años cincuenta
el título de maestro zapatero adquirido y otorgado por la mejor universidad,
“la de la vida”, tras veinte largos años de aprendizaje y oficialía. El maestro
artesano, protegido por un mandil de color azul, sostenía sobre su pierna, por
medio del tirapié, el calzado. Serio, humilde, callado, educado, habilidoso,
formal, cumplidor… fue haciendo clientela.
Disfrutaba haciendo unas botas altas. Casi antes de salir
el sol y hasta bien entrada la noche se agarraba al trabajo. Fueron tiempos de
doblar esfuerzos. Con lo que daba de sí el jornal, le compró una casa a Coema,
trasladando también el taller, que siempre lo tuvo en casa. Saludable lugar de
tertulia. ¡Cuántos ratos pasó en animada conversación con Primitivo Delgado!
Compraba los materiales a Cristóbal Pérez y Martín Garay.
Las pieles se las traían de Don Benito y Valverde del Camino. Las hermanas
Garay, en la calle de Arcos, le aparaban los cortes. Sufrió en sus carnes las
penurias de la reconversión industrial ¡Nadie se hacía ni botas, ni sandalias, ni
zapatos! Pero ante la crisis supo salir adelante superando la necesidad y
estrechez. Allí siguió machando las suelas sobre la piedra, echando cercos,
tapas, punteras… utilizando las tenazas, la lezna, el cáñamo, el cerote, la
crema y el peculiar martillo de los zapateros. Un día tuvo que jubilarse. Hoy
ha vuelto la artesanía al calzado; Paco Rodríguez, Juan Antonio López, Javier
Benavente, Roberto Garrudo… y, ¿por qué no?... Alfonso García, mi padre.
El primer fogonazo de la nebulosa de la memoria rasga y
humedece el velo de la nostalgia. La imagen almacenada revela aquella
prodigiosa instantánea: unas manos anchas, grandes, ejercitadas, fuertes,
protegidas por unas manijas, perforan el cuero con una lezna, para tirar
después de los cabos hacia ambos lados, cosiendo así la suela de un zapato.
No utilizó nunca mesa; en un cajón de madera, junto a una
silla baja, hecha a su medida, sobre cuyas patas situaba el boje, andaban los
botes de las puntas, el cerote, el cáñamo, las cuchillas, la pata cabra, el
sacabocado, los frascos de tinta, la crema, el cepillo, el pegamento… ¡Cuidado
con el niño que está echado en el suelo!
De pequeño lo atropelló una bestia. Dos cirujanos de
Badajoz le intervinieron, aunque fueron incapaces de quitarle la rigidez a su
pierna. Tenía una caligrafía perfecta, preciosa, de su época. En la escuela de
la señora Teodora aprendió a leer, escribir y las cuatro reglas. ¡Suficiente! A
los doce años su padre le puso con el maestro Isidoro, para que aprendiera el
oficio de zapatero. En su taller de la calle de San Gregorio, el maestro
enseñaba a su discípulo, en buena sintonía, cómo sacar de las hormas de madera
zapatos, sandalias, botas y botos. Siempre le oí hablar de la buena persona que
fue su maestro, el señor Isidoro, por quien sentía un gran aprecio.
De aquel taller de la calle de San Gregorio pasó al del
maestro Juan López, en
Alfonso García, al casarse, se independizó, se echó por su
cuenta. En su primer taller, en
Disfrutaba haciendo unas botas altas. Casi antes de salir
el sol y hasta bien entrada la noche se agarraba al trabajo. Fueron tiempos de
doblar esfuerzos. Con lo que daba de sí el jornal, le compró una casa a Coema,
trasladando también el taller, que siempre lo tuvo en casa. Saludable lugar de
tertulia. ¡Cuántos ratos pasó en animada conversación con Primitivo Delgado!
Compraba los materiales a Cristóbal Pérez y Martín Garay.
Las pieles se las traían de Don Benito y Valverde del Camino. Las hermanas
Garay, en la calle de Arcos, le aparaban los cortes. Sufrió en sus carnes las
penurias de la reconversión industrial ¡Nadie se hacía ni botas, ni sandalias, ni
zapatos! Pero ante la crisis supo salir adelante superando la necesidad y
estrechez. Allí siguió machando las suelas sobre la piedra, echando cercos,
tapas, punteras… utilizando las tenazas, la lezna, el cáñamo, el cerote, la
crema y el peculiar martillo de los zapateros. Un día tuvo que jubilarse. Hoy
ha vuelto la artesanía al calzado; Paco Rodríguez, Juan Antonio López, Javier
Benavente, Roberto Garrudo… y, ¿por qué no?... Alfonso García, mi padre.


















