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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 05 de Enero de 2008

Ábrete sésamo

Los días empiezan a ser más largos. La hermosura de la luz desafía el tiempo. Afloran en estos primeros días de enero los ritos, los personajes, los recuerdos y las nostalgias que almacenan los pasillos de la memoria. Son días de ilusión por la espera anunciada, desbordados y arrollados por el nerviosismo acumulado. La imagen retenida es un retrato en sepia de aquellas cabalgatas de mi niñez, de sabor añejo, antiguo, repletas de gente. Ahora todo desprende melancolía al contemplar en un puñado de caramelos aquellas tardes del cinco de enero inundadas por los sentimientos de un tiempo agradecido.

La memoria evoca y transcribe, hace ahora casi cincuenta años, aquella carta escrita sobre las rayas de la hoja de un cuaderno. Allí, en el fogón de la cocina, un polvorón, un vaso con agua, un trozo de pan y la carta. ¡Cuánta ilusión, ingenuidad e inocencia! Aquella noche de Reyes, como tantas otras, dormí a ratos, no cabía descanso para abrigar tanta ilusión contenida. A primeras horas de la mañana mi madre entró en la habitación ¿No has oído esta noche un ruido y un golpe muy fuerte? ¡No! Los ojos comenzaron a brillarme. Allí, sobre el fogón de la cocina, Melchor, mi Rey Mago preferido, me había dejado una cartera nueva, un plumier, una caja con doce lápices de colores y un cuento, Alí-Babá y los cuarenta ladrones.

Mi padre, al percatarse de que no me había fijado en el vaso vacío, que el pan ya no estaba y que solo quedaba el envoltorio del polvorón, exclamó: ¡Mira, qué tunos, se lo han comido todo! Mi inocencia me llevó a preguntar: ¿Por dónde han entrado? Este año han entrado por la chimenea. ¿Por dónde han venido? Por el tejado. Entonces, las patas de los camellos habrán roto las tejas. Mi madre, viéndose cada vez más acorralada, me aclaró. No… los Reyes les han puesto a las patas de los camellos unas botas de goma, porque así no se rompen las tejas. ¡Ah!, bueno.

Todavía conservo aquel precioso cuento que tanta ilusión me hizo en aquella mañana del día de Reyes. Sus pastas de cartón a todo color tienen la forma de un borrico, de cuyos cabestros tira Alí Babá. El simpático asno lleva sobre su lomo un arca de las que formaban parte del tesoro encontrado en la cueva con oro, plata, piedras preciosas, joyas y sedas multicolores. El borrico tiene aún la aguadera de esparto, que aquella mañana de Reyes estaba repleta de caramelos.

A veces me entrego a su lectura. Sus ilustraciones son preciosas. Sus personajes, Alí-Babá, su hermano Cassim, los bandidos, el capitán, Ben-Omar, Morgiana, protagonizan los valores y contravalores, muy aplicables a los de hoy. En él se narran las andanzas de los ladrones, envidiosos, soberbios y egoístas. En el sentido contrario figura la humildad, la generosidad, la fidelidad, la honradez y los trabajos de las buenas personas que comparten con los más necesitados.

En aquella mañana de la manifestación de Dios hecho niño, el día de Reyes, el día de los juguetes esperados, me quedé extasiado viendo en el cuento cómo se abría la cueva del tesoro, tras pronunciar la palabra mágica: ¡Ábrete sésamo! Frente a mí, un tazón de café migado con un trozo de roscón amanecido encima del antiguo aparador del comedor, bajo la orden siempre severa: ¡Mójalo bien, que se empape!

El futuro me ha deparado, gracias a quienes más quiero, que la ilusión de la mañana de Reyes sea aún más hermosa. Ellos son todos los años quienes me obligan a mirar desde el barandal de la memoria al niño que siempre fui.

 

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