La Concha
Su nombre no fue por Doña Concha Piquer, qué va. Dicen que
le pusieron “La Concha ”
por la pieza que había en el Teatro Calderón, en la que se ocultaba el
apuntador, desde donde “soplaba” a los actores. Allí, junto al lagar, al salir
de la calle Carreras, cerca del callejón de la zorra, hubo un tiempo en el que
se explotaba el invento de los hermanos Lumière; su nombre: ¡La Concha !
Memoria de noches de taquilla tras una reja. Memoria de
rugido de un león sobre la encalada pantalla imponiendo orden y silencio al
auditorio. Memoria de cine en tiempos de necesidades y apreturas, de ahogos y
asfixias. Memoria de cine en tiempos de aislamiento, de desgarro y pasaporte;
de silencio y de obligado acatamiento, aunque en el conformismo se presuponía
la salida del letargo. Así transcurrían los quehaceres de aquellos años
atravesados por un túnel muy negro. Pero a pesar de las aflicciones y las
estrecheces, siempre hubo un rayo de luz lleno de materia de sueños que cruzaba
el espacio trayéndonos para el anhelo de nuestro destino el entretenimiento, la
ilusión y la esperanza.
La
Concha
siempre fue fiel a la festividad de San Pedro Apóstol. Cada año, puntualmente
el 29 de junio, leal al rito acuñado por los años, inauguraba la temporada.
Cerraba el Teatro Calderón y los hermanos Torres trasladaban las proyecciones a
su sucursal de verano: La
Concha. Perfecta conjunción en aquel cine que proyectaba en
el tiempo de las canículas.
En su variada oferta de comodidad y confort, La Concha nos presentaba bajo
las estrellas y el firmamento la hermosura de su techo. ¡No va más! Cuando la
pantalla se oscurecía y el aburrimiento nos cercenaba, la fugacidad de la
estela de una estrella nos devolvía a la realidad cierta abandonada por el
traspaso de una ilusión representada. Por suelo, el mejor de todos los
posibles. Compacto, apisonado y bien regado, aliviando la soflama de aquellos
días de verano. Aquel suelo, aquel patio de butacas tupido a la vieja y antigua
usanza, mojado y fresco, albergaba el bienestar de sus asientos: la madera, el
cartón piedra y la silla de enea, tejido su hondón con el mejor arte salido de
unas manos silleras. ¡Qué mejor gloria para contemplar aquellas proyecciones,
bajo el zumbido producido en el planear del mosquito sangrador!
En las horas de siesta, con los calores, cuando fustigaba
el solano, los chinches se apretaban buscado el bayón, perforándolo,
construyendo cuevas y cavernas, buscando el sitio más benévolo que les
resultaba posible alcanzar. Al oscurecer, a la hora de la película, el chinche
mostraba su encorajinado y rabioso estado. Emberrenchinados, cabreados y
malhumorados, esperaban al aguardo una lustrosa pierna desprotegida por un
pantalón corto. Entonces se producía el encuentro: pica que te pica y rasca que
te rasca. Para alivio de la desazón, del mal estado y la hinchazón, la
generosidad del dedo humedecido por la saliva sofocaba el taladro producido por
el canalla hemíptero, junto a la eficaz anestesia del chicle Bazooka en su
estira y explota, que tanto nos reconfortaba.
Mientras, los héroes, los buenos y los malos hacían de las
suyas. Cayo Largo, Raíces profundas, No estoy sola, Investigación criminal,
Como la tierra, Sissí, No quiero decirte adiós, La Legión del desierto,
Caballero misterioso, Barrabás, Ha entrado un ladrón, Fatalidad, Noche y día,
Marcelino pan y vino… En La
Concha , en aquel patio de verano, la ficción se abría a los sueños,
para que luego la realidad nos devolviera a la razón y la lógica. La Concha no tuvo relevo
generacional y un día colocó en la pantalla “The End” dejándonos la promesa de
que todos los días, aquellos dioses del cine reestrenan la vida.
Su nombre no fue por Doña Concha Piquer, qué va. Dicen que
le pusieron “
Memoria de noches de taquilla tras una reja. Memoria de
rugido de un león sobre la encalada pantalla imponiendo orden y silencio al
auditorio. Memoria de cine en tiempos de necesidades y apreturas, de ahogos y
asfixias. Memoria de cine en tiempos de aislamiento, de desgarro y pasaporte;
de silencio y de obligado acatamiento, aunque en el conformismo se presuponía
la salida del letargo. Así transcurrían los quehaceres de aquellos años
atravesados por un túnel muy negro. Pero a pesar de las aflicciones y las
estrecheces, siempre hubo un rayo de luz lleno de materia de sueños que cruzaba
el espacio trayéndonos para el anhelo de nuestro destino el entretenimiento, la
ilusión y la esperanza.
En su variada oferta de comodidad y confort,
En las horas de siesta, con los calores, cuando fustigaba
el solano, los chinches se apretaban buscado el bayón, perforándolo,
construyendo cuevas y cavernas, buscando el sitio más benévolo que les
resultaba posible alcanzar. Al oscurecer, a la hora de la película, el chinche
mostraba su encorajinado y rabioso estado. Emberrenchinados, cabreados y
malhumorados, esperaban al aguardo una lustrosa pierna desprotegida por un
pantalón corto. Entonces se producía el encuentro: pica que te pica y rasca que
te rasca. Para alivio de la desazón, del mal estado y la hinchazón, la
generosidad del dedo humedecido por la saliva sofocaba el taladro producido por
el canalla hemíptero, junto a la eficaz anestesia del chicle Bazooka en su
estira y explota, que tanto nos reconfortaba.
Mientras, los héroes, los buenos y los malos hacían de las
suyas. Cayo Largo, Raíces profundas, No estoy sola, Investigación criminal,
Como la tierra, Sissí, No quiero decirte adiós,


















