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Manuel García Cienfuegos
Sábado, 03 de Mayo de 2008

La Concha

Su nombre no fue por Doña Concha Piquer, qué va. Dicen que le pusieron “La Concha” por la pieza que había en el Teatro Calderón, en la que se ocultaba el apuntador, desde donde “soplaba” a los actores. Allí, junto al lagar, al salir de la calle Carreras, cerca del callejón de la zorra, hubo un tiempo en el que se explotaba el invento de los hermanos Lumière; su nombre: ¡La Concha!

Memoria de noches de taquilla tras una reja. Memoria de rugido de un león sobre la encalada pantalla imponiendo orden y silencio al auditorio. Memoria de cine en tiempos de necesidades y apreturas, de ahogos y asfixias. Memoria de cine en tiempos de aislamiento, de desgarro y pasaporte; de silencio y de obligado acatamiento, aunque en el conformismo se presuponía la salida del letargo. Así transcurrían los quehaceres de aquellos años atravesados por un túnel muy negro. Pero a pesar de las aflicciones y las estrecheces, siempre hubo un rayo de luz lleno de materia de sueños que cruzaba el espacio trayéndonos para el anhelo de nuestro destino el entretenimiento, la ilusión y la esperanza.

La Concha siempre fue fiel a la festividad de San Pedro Apóstol. Cada año, puntualmente el 29 de junio, leal al rito acuñado por los años, inauguraba la temporada. Cerraba el Teatro Calderón y los hermanos Torres trasladaban las proyecciones a su sucursal de verano: La Concha. Perfecta conjunción en aquel cine que proyectaba en el tiempo de las canículas.

En su variada oferta de comodidad y confort, La Concha nos presentaba bajo las estrellas y el firmamento la hermosura de su techo. ¡No va más! Cuando la pantalla se oscurecía y el aburrimiento nos cercenaba, la fugacidad de la estela de una estrella nos devolvía a la realidad cierta abandonada por el traspaso de una ilusión representada. Por suelo, el mejor de todos los posibles. Compacto, apisonado y bien regado, aliviando la soflama de aquellos días de verano. Aquel suelo, aquel patio de butacas tupido a la vieja y antigua usanza, mojado y fresco, albergaba el bienestar de sus asientos: la madera, el cartón piedra y la silla de enea, tejido su hondón con el mejor arte salido de unas manos silleras. ¡Qué mejor gloria para contemplar aquellas proyecciones, bajo el zumbido producido en el planear del mosquito sangrador!

En las horas de siesta, con los calores, cuando fustigaba el solano, los chinches se apretaban buscado el bayón, perforándolo, construyendo cuevas y cavernas, buscando el sitio más benévolo que les resultaba posible alcanzar. Al oscurecer, a la hora de la película, el chinche mostraba su encorajinado y rabioso estado. Emberrenchinados, cabreados y malhumorados, esperaban al aguardo una lustrosa pierna desprotegida por un pantalón corto. Entonces se producía el encuentro: pica que te pica y rasca que te rasca. Para alivio de la desazón, del mal estado y la hinchazón, la generosidad del dedo humedecido por la saliva sofocaba el taladro producido por el canalla hemíptero, junto a la eficaz anestesia del chicle Bazooka en su estira y explota, que tanto nos reconfortaba.

Mientras, los héroes, los buenos y los malos hacían de las suyas. Cayo Largo, Raíces profundas, No estoy sola, Investigación criminal, Como la tierra, Sissí, No quiero decirte adiós, La Legión del desierto, Caballero misterioso, Barrabás, Ha entrado un ladrón, Fatalidad, Noche y día, Marcelino pan y vino… En La Concha, en aquel patio de verano, la ficción se abría a los sueños, para que luego la realidad nos devolviera a la razón y la lógica. La Concha no tuvo relevo generacional y un día colocó en la pantalla “The End” dejándonos la promesa de que todos los días, aquellos dioses del cine reestrenan la vida.

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