El tinto Macario
La luz del día se va acortando. El tiempo nos alcanza.
Chirrían los cangilones de la noria en el silencio de la tarde. En el agua
verde de la alberca se refleja el cielo. Fija y quieta está la higuera. Bajo su
sombra zumban moscas y avispas que inquietan el ambiente de su fresca penumbra.
Una larga columna de hormigas asciende por el tronco.
El tiempo barrunta y proclama el acarreo de haces a las
eras. Hay movimiento de carros. Resoplan las bestias. Ya hay hacinas. La trilla
aguarda. Vueltas y más vueltas con el trillo. La parva está dispuesta. Allí hay
una hacina de trigo, aquí de cebada, más allá de avena y ésta es de centeno.
Dicen los labradores antiguos que estos granos son los cuatro panes. ¡Vaya
cosecha la de este año! A distancia, con sus mosquetones, vigilan los guardas
rurales.
Los bieldos no paran, el solano aprieta. La red del carro
aguanta el peso de la paja. Comienza el acarreo. Viajes y más viajes. Por la
calle sestean hilillos dorados de paja que mueve el viento. El pajar está que
revienta. Suena el trigo en la criba. Al aguardo del montón de grano en la era,
la noche remansa sosiego. Dentro de poco llegará septiembre.
A lo lejos, allá por los “Remates”, entre pitas y
chumberas la sonora y larga puntada del tren enhebra y cose el roto producido
por la distancia. Huele a carbonilla. Al llegar a la estación de ferrocarril el
viajero ve a su izquierda, frente al embarcadero, como acarrean la uva a la
bodega. Ha llegado septiembre, el mes de la vendimia. Hay que ver lo que abraza
y acoge el tiempo que va desde mayo a septiembre: la grana, la cosecha, la
siega y la vendimia. Lujo antiguo y hermoso que proclama la generosidad de esta
tierra.
Prosigue el viajero su viaje por el tiempo. Los remolques
vienen repletos de uva. Macario, el dueño de la bodega abre sus puertas. Tiene
prisas por sacar el mosto. Han tenido una avería al salir de la viña y teme que
fermente. “Hay que empezar la pisa cuanto antes -ordena Macario- es una buena
partida”. Unos hombres sacuden los capachos. “Venga que la prensa nos espera”.
El jefe de estación se acerca y curiosea. “Buena pinta tiene este año la uva,
Macario, ¿de dónde la traes?” “Son de las viñas que tiene uno de mis hermanos”.
La bodega de Macario lleva una semana recibiendo uva. “Y lo que nos queda, este
año mandamos caldos para Portugal. Ya hemos llenado varias tinajas. Esto no ha
hecho más que empezar, después viene la fermentación, el trasiego y la
crianza”.
Macario toma impulso. “Tenemos un buen año, la uva se ha
venido toda de golpe. Hay que trabajar para terminar cuanto antes”. El jefe de
estación se marcha. Suena una voz en la puerta de la bodega “¡Macario! Soy yo,
soy Pedro Acevedo, no te asustes. Vengo para ver cómo organizamos este año el
coto de “Las Barberas”, yo creo que ya estamos todos. Tú y yo, mi hijo Andrés,
Paquino, Ramón, Adolfo, Domingo, Paco Pellicer y Manolo Bautista. No creo que
falte nadie más”. Macario se ríe. “Claro Pedro, como todos los años”.
“¿Qué tal la uva?”. “Bien”. “Me ha dicho Manolo Bautista
que este año hay muchas liebres en las Barberas”. Muy serio, Macario le
responde. “Hay mucha caza. Hay liebres y perdices, muchas perdices, que están
deseando que vayamos a cobrarlas”. La mañana se levanta y allí, en el cortijo,
llega la hora del almuerzo. “Vaya un día de caza, ni una liebre, ni perdices,
ni pájaros, ni conejos… ni un tiro. Mueve la lumbre y saca algo”. Paquino el
cartero le comenta a tito Pedro: vente conmigo que yo sé dónde están las
liebres. “Tú, precisamente tú, el otro, y el otro, y el médico, y… no me fío de
ninguno de vosotros”. Se oye un disparo… “Ya está, sabía que tenía que ser él,
no podía ser otro”. “Trae que eche un trago del tinto que ha hecho el que ha
matado la primera liebre, Macario”.
La luz del día se va acortando. El tiempo nos alcanza.
Chirrían los cangilones de la noria en el silencio de la tarde. En el agua
verde de la alberca se refleja el cielo. Fija y quieta está la higuera. Bajo su
sombra zumban moscas y avispas que inquietan el ambiente de su fresca penumbra.
Una larga columna de hormigas asciende por el tronco.
El tiempo barrunta y proclama el acarreo de haces a las
eras. Hay movimiento de carros. Resoplan las bestias. Ya hay hacinas. La trilla
aguarda. Vueltas y más vueltas con el trillo. La parva está dispuesta. Allí hay
una hacina de trigo, aquí de cebada, más allá de avena y ésta es de centeno.
Dicen los labradores antiguos que estos granos son los cuatro panes. ¡Vaya
cosecha la de este año! A distancia, con sus mosquetones, vigilan los guardas
rurales.
Los bieldos no paran, el solano aprieta. La red del carro
aguanta el peso de la paja. Comienza el acarreo. Viajes y más viajes. Por la
calle sestean hilillos dorados de paja que mueve el viento. El pajar está que
revienta. Suena el trigo en la criba. Al aguardo del montón de grano en la era,
la noche remansa sosiego. Dentro de poco llegará septiembre.
A lo lejos, allá por los “Remates”, entre pitas y
chumberas la sonora y larga puntada del tren enhebra y cose el roto producido
por la distancia. Huele a carbonilla. Al llegar a la estación de ferrocarril el
viajero ve a su izquierda, frente al embarcadero, como acarrean la uva a la
bodega. Ha llegado septiembre, el mes de la vendimia. Hay que ver lo que abraza
y acoge el tiempo que va desde mayo a septiembre: la grana, la cosecha, la
siega y la vendimia. Lujo antiguo y hermoso que proclama la generosidad de esta
tierra.
Prosigue el viajero su viaje por el tiempo. Los remolques
vienen repletos de uva. Macario, el dueño de la bodega abre sus puertas. Tiene
prisas por sacar el mosto. Han tenido una avería al salir de la viña y teme que
fermente. “Hay que empezar la pisa cuanto antes -ordena Macario- es una buena
partida”. Unos hombres sacuden los capachos. “Venga que la prensa nos espera”.
El jefe de estación se acerca y curiosea. “Buena pinta tiene este año la uva,
Macario, ¿de dónde la traes?” “Son de las viñas que tiene uno de mis hermanos”.
La bodega de Macario lleva una semana recibiendo uva. “Y lo que nos queda, este
año mandamos caldos para Portugal. Ya hemos llenado varias tinajas. Esto no ha
hecho más que empezar, después viene la fermentación, el trasiego y la
crianza”.
Macario toma impulso. “Tenemos un buen año, la uva se ha
venido toda de golpe. Hay que trabajar para terminar cuanto antes”. El jefe de
estación se marcha. Suena una voz en la puerta de la bodega “¡Macario! Soy yo,
soy Pedro Acevedo, no te asustes. Vengo para ver cómo organizamos este año el
coto de “Las Barberas”, yo creo que ya estamos todos. Tú y yo, mi hijo Andrés,
Paquino, Ramón, Adolfo, Domingo, Paco Pellicer y Manolo Bautista. No creo que
falte nadie más”. Macario se ríe. “Claro Pedro, como todos los años”.
“¿Qué tal la uva?”. “Bien”. “Me ha dicho Manolo Bautista
que este año hay muchas liebres en las Barberas”. Muy serio, Macario le
responde. “Hay mucha caza. Hay liebres y perdices, muchas perdices, que están
deseando que vayamos a cobrarlas”. La mañana se levanta y allí, en el cortijo,
llega la hora del almuerzo. “Vaya un día de caza, ni una liebre, ni perdices,
ni pájaros, ni conejos… ni un tiro. Mueve la lumbre y saca algo”. Paquino el
cartero le comenta a tito Pedro: vente conmigo que yo sé dónde están las
liebres. “Tú, precisamente tú, el otro, y el otro, y el médico, y… no me fío de
ninguno de vosotros”. Se oye un disparo… “Ya está, sabía que tenía que ser él,
no podía ser otro”. “Trae que eche un trago del tinto que ha hecho el que ha
matado la primera liebre, Macario”.


















