Aquella música
Aquí están de nuevo, han venido de golpe estos días del
pegajoso y dulzón mes de septiembre con sabor a casi verano vencido. Estos días
de memoria y recuerdo que me traen, bajo el ritmo de melancolía, aquel rito que
me enseñaron, que aprendí, que corre por mi sangre y que he de legar. Estos
días en los que oigo, percibo y escucho por todos los sitios aquellos que me
precedieron. Aquellos que tanto quise y que tanto me quisieron.
Falta muy poco para que el día de la víspera, cuando
anochezca, en el preludio por el gozo que llega, los cielos sean traspasados e
iluminados ante la venida de una de las fiestas más íntimas y queridas. Será
entonces, cuando el aire se vea cruzado y prenda el primer fogonazo, el
instante que nos anuncie que la Feria y las fiestas de nuestra Patrona han
comenzado.
Ahora, en los quehaceres de estos días, ando rebobinando
los fotogramas que todavía permanecen y duran de aquella mañana que suscitaba,
sin necesidad de convocatoria porque no era necesaria, una fiel concurrencia.
Recuerdo aquella larga fila de los eucaliptos que se asomaban largos y tiesos
desde el Matadero hasta el camino viejo de Barbaño, buscando el Encinar y la
huerta blanca. Recuerdo sus descamisados, despojados y rasurados troncos. Aquellos
eucaliptos tenían un color de diseño. Viejos, antiguos, erguidos y firmes.
Testigos del tránsito de los días, de la vida y sus ocupaciones. Allí, sobre
los troncos, se tatuaron nombres sobre corazones traspasados, dando fe de un
amor que no ruborizaba a quienes lo profesaban.
Los viejos eucaliptos, que luego fueron decapitados, se
unían haciendo entre sí arcos triunfales al paso de un animado cortejo que
traía el dulce aroma profundo de la albahaca por la corriente suave de aire
fresco de la mañana de finales de agosto.
Llegaba primero la bandera. Era de tela encarnada con una
cruz de plata en lo alto, y unos borlones que la sujetaban. Aquellos colores
patronales ya perdidos, y aquella bandera sobre el hombro de su ermitaño, Pedro
Vázquez, abriéndose paso, divulgando con su peculiar voz pregonera: “Viene, ya
viene la Virgen Santísima de Barbaño”. Y allí, junto a Ella y con Ella, la
figura de un fiel devoto que año tras año, la traía y la llevaba. Allí, entre
la multitud, al lado de Ella, siempre estuvo Francisco Antolín, un excepcional
servidor que cuidó, durante años, junto a la familia Thomas, del ajuar y casa
de Nuestra Señora, bajo la custodia de mi inolvidable Paula.
Nunca he podido, ni puedo ocultar la emoción de la mañana
de finales de agosto. Ante la fugacidad de su paso, confieso que me uní siendo
un niño, gracias a los míos, a un sentimiento que renuevo todos los años por
fidelidad a una promesa. Y miro hacia arriba, hacia el balcón de la memoria, en
el lugar de costumbre, y veo en él las blancas puntillas del roquete de aquel
cura alto que se fue encorvando con los años, que acariciaba los picos de su
negro bonete. Quienes le conocieron estarán conmigo en cómo se enardecía con
las pláticas ante nuestra Patrona.
Don José Zambrano no desaprovechaba la oportunidad para
interpelar a los hombres a que acudiesen a la iglesia, “¿Dónde están los
hombres? ¡Los hombres tienen que ir a misa!”. Para luego, detrás de Ella,
enfilar por la calle Mérida hasta la iglesia, donde la música del órgano
acariciado por los dedos de doña Rafaela Guisado lo inundaba todo. Aquella
música ha dejado en mí una huella que el tiempo nunca borrará. Sí, aquella
música fundamental: “Viva, viva la Virgen de Barbaño…”. Mientras repicaban las
campanas por el gozo de que Ella había llegado. Y así siempre.
Aquí están de nuevo, han venido de golpe estos días del
pegajoso y dulzón mes de septiembre con sabor a casi verano vencido. Estos días
de memoria y recuerdo que me traen, bajo el ritmo de melancolía, aquel rito que
me enseñaron, que aprendí, que corre por mi sangre y que he de legar. Estos
días en los que oigo, percibo y escucho por todos los sitios aquellos que me
precedieron. Aquellos que tanto quise y que tanto me quisieron.
Falta muy poco para que el día de la víspera, cuando
anochezca, en el preludio por el gozo que llega, los cielos sean traspasados e
iluminados ante la venida de una de las fiestas más íntimas y queridas. Será
entonces, cuando el aire se vea cruzado y prenda el primer fogonazo, el
instante que nos anuncie que la Feria y las fiestas de nuestra Patrona han
comenzado.
Ahora, en los quehaceres de estos días, ando rebobinando
los fotogramas que todavía permanecen y duran de aquella mañana que suscitaba,
sin necesidad de convocatoria porque no era necesaria, una fiel concurrencia.
Recuerdo aquella larga fila de los eucaliptos que se asomaban largos y tiesos
desde el Matadero hasta el camino viejo de Barbaño, buscando el Encinar y la
huerta blanca. Recuerdo sus descamisados, despojados y rasurados troncos. Aquellos
eucaliptos tenían un color de diseño. Viejos, antiguos, erguidos y firmes.
Testigos del tránsito de los días, de la vida y sus ocupaciones. Allí, sobre
los troncos, se tatuaron nombres sobre corazones traspasados, dando fe de un
amor que no ruborizaba a quienes lo profesaban.
Los viejos eucaliptos, que luego fueron decapitados, se
unían haciendo entre sí arcos triunfales al paso de un animado cortejo que
traía el dulce aroma profundo de la albahaca por la corriente suave de aire
fresco de la mañana de finales de agosto.
Llegaba primero la bandera. Era de tela encarnada con una
cruz de plata en lo alto, y unos borlones que la sujetaban. Aquellos colores
patronales ya perdidos, y aquella bandera sobre el hombro de su ermitaño, Pedro
Vázquez, abriéndose paso, divulgando con su peculiar voz pregonera: “Viene, ya
viene la Virgen Santísima de Barbaño”. Y allí, junto a Ella y con Ella, la
figura de un fiel devoto que año tras año, la traía y la llevaba. Allí, entre
la multitud, al lado de Ella, siempre estuvo Francisco Antolín, un excepcional
servidor que cuidó, durante años, junto a la familia Thomas, del ajuar y casa
de Nuestra Señora, bajo la custodia de mi inolvidable Paula.
Nunca he podido, ni puedo ocultar la emoción de la mañana
de finales de agosto. Ante la fugacidad de su paso, confieso que me uní siendo
un niño, gracias a los míos, a un sentimiento que renuevo todos los años por
fidelidad a una promesa. Y miro hacia arriba, hacia el balcón de la memoria, en
el lugar de costumbre, y veo en él las blancas puntillas del roquete de aquel
cura alto que se fue encorvando con los años, que acariciaba los picos de su
negro bonete. Quienes le conocieron estarán conmigo en cómo se enardecía con
las pláticas ante nuestra Patrona.
Don José Zambrano no desaprovechaba la oportunidad para
interpelar a los hombres a que acudiesen a la iglesia, “¿Dónde están los
hombres? ¡Los hombres tienen que ir a misa!”. Para luego, detrás de Ella,
enfilar por la calle Mérida hasta la iglesia, donde la música del órgano
acariciado por los dedos de doña Rafaela Guisado lo inundaba todo. Aquella
música ha dejado en mí una huella que el tiempo nunca borrará. Sí, aquella
música fundamental: “Viva, viva la Virgen de Barbaño…”. Mientras repicaban las
campanas por el gozo de que Ella había llegado. Y así siempre.


















