La albardonería
Era por San Miguel, finales de septiembre, cuando llegaba
el tiempo para entregar las cuentas, hacer nuevos tratos, vender y comprar
ganado, procurarse nuevos aperos, porque a poco aguardaba la sementera. La luz
ahora es tenue, dorada, tamizada de sol de ocaso. Amarillea el horizonte. El
verano se ha alejado como un ave en la emigración. Transición de luz atemperada
en tonos pasteles, queriendo respirar más fuerte. Hermosea el otoño bajo
celeste claro de cielo. Ahora es cuando la aceituna de verdeo grita a voces
unas manos que la cojan, y cuando han rezumado las viñas todo el mosto posible.
Ha llegado el otoño endureciendo la carne del membrillo y haciendo que los
melones, casados y sumisos, sean subidos a los doblados, mientras las moscas
pesadas hacen su octubre.
Allí en la plaza de Severo, luego de Fernández Caballero,
después del general Franco, y ahora del Rey; en el comienzo de la calle Atrás,
hoy Esteban Amaya; Pepe y Juan Durán, padre e hijo ejercieron el oficio de la
albardonería. Hubo un tiempo en que el futuro para los hijos era proseguir el
oficio de los padres, y las aspiraciones de los padres era dejarle a ellos la
herencia del trabajo artesano aprendido.
La albardonería de Juan Durán formó parte de los
quehaceres de un tiempo preciso que se fue, en el área comercial y artesana de
aquella plaza: los González, el ultramarino de la Mantequería, los Villalobos y
la farmacia de don José Palomino. Conservo envuelto en el paraíso luminoso de
la memoria de mi infancia, la incipiente subida a ella por la calle del “Pa
Agustín”, y la otra larga que penetraba por la derecha con el nombre de Papas.
Padre e hijo labraron y facturaron con paciencia y esmero, puntada tras
puntada, el rito de su artesanía, ganándose el sustento que le producía la
albardonería.
Después, en solitario, Juan Durán moldeó los haces de
bálago humedecidos en los esportones de goma. Materia prima en la reparación de
las albardas, aparejo para montar las bestias que faenaban en el campo. En la
albardonería, Juan Durán manejaba cuchillas, tijeras y la aguja que cosía y
perforaba la lona de las albardas. Allí, Juan practicó durante años el oficio
de albardonero, bajo la dulce melodía del canto de sus canarios, y del potente
rajeo y titeo del perdigón erguido y en celo, cautivo en su jaula.
El maestro albardonero ofrecía con generosidad la sala de
su taller para tertulia y tiempo de espera. La albardonería fue antesala de la
cercana consulta del médico don Lucas Rodilla. Allí acudían los jóvenes
universitarios para hablar de libertad, igualdad y democracia, y a la vez
ejercitar alguna travesura propia de la picaresca vida saludable de
estudiantes.
Y voy y llamo a la memoria de los años de mi infancia. Y
veo la sala de la albardonería en la que entretenían sus ocios en animada
tertulia tres personajes irrepetibles que vivían por aquellos territorios. Y
oigo, escucho y siento cariñosamente a Pedro Verruguita, Perico Morcilla y
Manuela la Cayetana. ¿Los recuerdan? Lástima que don Miguel de Cervantes
viniera tan pronto y se perdiera la calidad de estos personajes entrañables
para sus Novelas Ejemplares. Y sigo
llamando y oigo la voz de Dionisio jaleando a “Fátima bendita”, su mula, que
tiraba del carro de chapa que transportaba la carne del Matadero hasta la
Plaza. Un día Dionisio, en la puerta de la albardonería, al sortear una señal
de obras, recriminó, y de qué manera, a Fátima: “¡Mula, que caes al hombre!”.
Pedagogía pura de cómo deben interpretarse las señales de tráfico.
Pero llegó un tiempo en el que la mecanización penetró en
el campo, las bestias casi desaparecieron y se colgaron colleras, aparejos y
albardas. Juan Durán desenhebró la aguja y abrochó la última zufra. Atrás
quedaron muchos años de honrada y buena oficialía, bajo el rito viejo, hermoso
y antiguo de labrar la mejor artesanía.
Era por San Miguel, finales de septiembre, cuando llegaba
el tiempo para entregar las cuentas, hacer nuevos tratos, vender y comprar
ganado, procurarse nuevos aperos, porque a poco aguardaba la sementera. La luz
ahora es tenue, dorada, tamizada de sol de ocaso. Amarillea el horizonte. El
verano se ha alejado como un ave en la emigración. Transición de luz atemperada
en tonos pasteles, queriendo respirar más fuerte. Hermosea el otoño bajo
celeste claro de cielo. Ahora es cuando la aceituna de verdeo grita a voces
unas manos que la cojan, y cuando han rezumado las viñas todo el mosto posible.
Ha llegado el otoño endureciendo la carne del membrillo y haciendo que los
melones, casados y sumisos, sean subidos a los doblados, mientras las moscas
pesadas hacen su octubre.
Allí en la plaza de Severo, luego de Fernández Caballero,
después del general Franco, y ahora del Rey; en el comienzo de la calle Atrás,
hoy Esteban Amaya; Pepe y Juan Durán, padre e hijo ejercieron el oficio de la
albardonería. Hubo un tiempo en que el futuro para los hijos era proseguir el
oficio de los padres, y las aspiraciones de los padres era dejarle a ellos la
herencia del trabajo artesano aprendido.
La albardonería de Juan Durán formó parte de los
quehaceres de un tiempo preciso que se fue, en el área comercial y artesana de
aquella plaza: los González, el ultramarino de la Mantequería, los Villalobos y
la farmacia de don José Palomino. Conservo envuelto en el paraíso luminoso de
la memoria de mi infancia, la incipiente subida a ella por la calle del “Pa
Agustín”, y la otra larga que penetraba por la derecha con el nombre de Papas.
Padre e hijo labraron y facturaron con paciencia y esmero, puntada tras
puntada, el rito de su artesanía, ganándose el sustento que le producía la
albardonería.
Después, en solitario, Juan Durán moldeó los haces de
bálago humedecidos en los esportones de goma. Materia prima en la reparación de
las albardas, aparejo para montar las bestias que faenaban en el campo. En la
albardonería, Juan Durán manejaba cuchillas, tijeras y la aguja que cosía y
perforaba la lona de las albardas. Allí, Juan practicó durante años el oficio
de albardonero, bajo la dulce melodía del canto de sus canarios, y del potente
rajeo y titeo del perdigón erguido y en celo, cautivo en su jaula.
El maestro albardonero ofrecía con generosidad la sala de
su taller para tertulia y tiempo de espera. La albardonería fue antesala de la
cercana consulta del médico don Lucas Rodilla. Allí acudían los jóvenes
universitarios para hablar de libertad, igualdad y democracia, y a la vez
ejercitar alguna travesura propia de la picaresca vida saludable de
estudiantes.
Y voy y llamo a la memoria de los años de mi infancia. Y
veo la sala de la albardonería en la que entretenían sus ocios en animada
tertulia tres personajes irrepetibles que vivían por aquellos territorios. Y
oigo, escucho y siento cariñosamente a Pedro Verruguita, Perico Morcilla y
Manuela la Cayetana. ¿Los recuerdan? Lástima que don Miguel de Cervantes
viniera tan pronto y se perdiera la calidad de estos personajes entrañables
para sus Novelas Ejemplares. Y sigo
llamando y oigo la voz de Dionisio jaleando a “Fátima bendita”, su mula, que
tiraba del carro de chapa que transportaba la carne del Matadero hasta la
Plaza. Un día Dionisio, en la puerta de la albardonería, al sortear una señal
de obras, recriminó, y de qué manera, a Fátima: “¡Mula, que caes al hombre!”.
Pedagogía pura de cómo deben interpretarse las señales de tráfico.
Pero llegó un tiempo en el que la mecanización penetró en
el campo, las bestias casi desaparecieron y se colgaron colleras, aparejos y
albardas. Juan Durán desenhebró la aguja y abrochó la última zufra. Atrás
quedaron muchos años de honrada y buena oficialía, bajo el rito viejo, hermoso
y antiguo de labrar la mejor artesanía.


















