La Juani
Pasaron Santa Brígida, las Candelas y San Blas. Aquí está
febrerillo con sus locuras y andanzas haciendo de las suyas. La lluvia ha
lavado las huellas de los días. La tibieza pasa y los días cansinos y confusos
despiden la melancolía de las ausencias. Tras una lenta espera, un apaciguado
reposo y un silencio de vísperas, parece que tocan y repican a fiestas por la
vida. Desde las faldas de los cerros, por Valdeovejas los almendros han echado
ya sus primeras flores. Las moreras de las escuelas de las eras pronto traerán
sus primeras yemas, sus primeros brotes. Colores blancos, rosas, amarillos,
entre el sol y el frío de estos días de invierno que han despertado a la que
tanto tiempo estábamos aguardando.
Sí, ya viene, tenía ganas. Viene estrenándolo todo. Viene
con ímpetu, sin complejos, proclamando la claridad que empieza a definirse. Sí,
ya viene, como una dama, tranquila y reposada. Despacio, elegante y hermosa. Ya
está aquí la luz, la fuente y sentido de la vida. Luz y siempre la luz. Y con
la luz del loco febrero, las locuras de las carnestolendas. Se nos viene encima
una fiesta que vulnera, quebranta, infringe, desobedece y perturba el orden
establecido, las reglas, los decretos y las normas. Es el Carnaval, tiempo en
el que la realidad se disfraza y puede que resulte difícil discernir lo
conveniente de lo verdadero.
Allí, cuando había roto ya del todo el día y el sol bañaba
la mañana, cruzaba la plaza aquel cuerpo alto, fortachón, con envergadura. No
sé qué diría si leyera esto. No dudo que Juan Méndez, la Juani, como popular y
cariñosamente siempre se le llamó, ahora ante la crisis y la recesión, diría
alto claro y despacio, lo que un día profetizó: “El Ayuntamiento está en
crisis, todos estamos en crisis, hasta América está en crisis”.
Jardinero, hombre de la limpieza, un gran trabajador… El
jardín de la plaza, el del parque, el otro… Todos los jardines… La limpieza de
las oficinas del Ayuntamiento, la plaza de abastos, la otra plaza… el corte y
poda de los árboles de las calles, el mercadillo… Manejaba los rollos de las
mangueras de riego cual pluma estilográfica se tratara. Así, de aquella guisa,
mostraba sus bíceps tatuados por corazones atravesados.
Juan Méndez siempre estuvo fuera del armario, nunca estuvo
dentro de él. No tuvo complejos, no se ocultó; ni tuvo de qué ni por qué
ocultarse. Estaba muy satisfecho ante la llegada de la democracia, porque con
Franco, decía “te comías solos los garbanzos, y ahora con la democracia te
puedes comer los garbanzos y las presas. ¡Bendita sea la democracia!”. Entre sus
quehaceres estaba dar cuerda al reloj de la torre de la iglesia de San Pedro.
Lo hacía no por el dinero que le daban sino por hacer deporte. Siempre tuvo
alabanzas para él, “El reloj tiene más de cien años, funciona estupendamente,
ya quisieran los montijanos cuando tengan esos años funcionar como funciona el
reloj… Me dicen que se atrasa o que se adelanta… Cuando tengan ellos más de
cien años a ver quién es el que se adelanta o se atrasa”. ¡Si supiera que el
reloj es automático y ya no es del Ayuntamiento!
Aquellos años supusieron para él vivir lo que tanto tiempo
había estado prohibido, censurado y condenado. La Juani quiso a Montijo y amó
el Carnaval. Una noche de febrero, el padre Dimas lo coronó como Reina de esta
fiesta en la que nos reímos de todo, incluso de nosotros mismos. Como una diva,
paseaba y lucía sin pudor sobre altos tacones, trajes blancos, negros, rojos,
verdes. Ajustados, ceñidos, transparentes, atrevidos, con pronunciados escotes.
Junto a una botella de coñac, el labio pintado de rojo, la cara empolvada, un
provocativo lunar, una rubia y explosiva peluca, y una esbelta pamela, le
bastaban para el mejor antifaz posible. Nervioso, como cualquier artista,
solicitaba que comenzara en libertad, sin normas, sin gobiernos y sin control,
el rito de la conspiración subversiva en la república gozosa y pagana del
desfile del Carnaval.
Juan Méndez, la Juani, ahora, allá en los jardines del
cielo, por siempre reina del Carnaval.
Pasaron Santa Brígida, las Candelas y San Blas. Aquí está
febrerillo con sus locuras y andanzas haciendo de las suyas. La lluvia ha
lavado las huellas de los días. La tibieza pasa y los días cansinos y confusos
despiden la melancolía de las ausencias. Tras una lenta espera, un apaciguado
reposo y un silencio de vísperas, parece que tocan y repican a fiestas por la
vida. Desde las faldas de los cerros, por Valdeovejas los almendros han echado
ya sus primeras flores. Las moreras de las escuelas de las eras pronto traerán
sus primeras yemas, sus primeros brotes. Colores blancos, rosas, amarillos,
entre el sol y el frío de estos días de invierno que han despertado a la que
tanto tiempo estábamos aguardando.
Sí, ya viene, tenía ganas. Viene estrenándolo todo. Viene
con ímpetu, sin complejos, proclamando la claridad que empieza a definirse. Sí,
ya viene, como una dama, tranquila y reposada. Despacio, elegante y hermosa. Ya
está aquí la luz, la fuente y sentido de la vida. Luz y siempre la luz. Y con
la luz del loco febrero, las locuras de las carnestolendas. Se nos viene encima
una fiesta que vulnera, quebranta, infringe, desobedece y perturba el orden
establecido, las reglas, los decretos y las normas. Es el Carnaval, tiempo en
el que la realidad se disfraza y puede que resulte difícil discernir lo
conveniente de lo verdadero.
Allí, cuando había roto ya del todo el día y el sol bañaba
la mañana, cruzaba la plaza aquel cuerpo alto, fortachón, con envergadura. No
sé qué diría si leyera esto. No dudo que Juan Méndez, la Juani, como popular y
cariñosamente siempre se le llamó, ahora ante la crisis y la recesión, diría
alto claro y despacio, lo que un día profetizó: “El Ayuntamiento está en
crisis, todos estamos en crisis, hasta América está en crisis”.
Jardinero, hombre de la limpieza, un gran trabajador… El
jardín de la plaza, el del parque, el otro… Todos los jardines… La limpieza de
las oficinas del Ayuntamiento, la plaza de abastos, la otra plaza… el corte y
poda de los árboles de las calles, el mercadillo… Manejaba los rollos de las
mangueras de riego cual pluma estilográfica se tratara. Así, de aquella guisa,
mostraba sus bíceps tatuados por corazones atravesados.
Juan Méndez siempre estuvo fuera del armario, nunca estuvo
dentro de él. No tuvo complejos, no se ocultó; ni tuvo de qué ni por qué
ocultarse. Estaba muy satisfecho ante la llegada de la democracia, porque con
Franco, decía “te comías solos los garbanzos, y ahora con la democracia te
puedes comer los garbanzos y las presas. ¡Bendita sea la democracia!”. Entre sus
quehaceres estaba dar cuerda al reloj de la torre de la iglesia de San Pedro.
Lo hacía no por el dinero que le daban sino por hacer deporte. Siempre tuvo
alabanzas para él, “El reloj tiene más de cien años, funciona estupendamente,
ya quisieran los montijanos cuando tengan esos años funcionar como funciona el
reloj… Me dicen que se atrasa o que se adelanta… Cuando tengan ellos más de
cien años a ver quién es el que se adelanta o se atrasa”. ¡Si supiera que el
reloj es automático y ya no es del Ayuntamiento!
Aquellos años supusieron para él vivir lo que tanto tiempo
había estado prohibido, censurado y condenado. La Juani quiso a Montijo y amó
el Carnaval. Una noche de febrero, el padre Dimas lo coronó como Reina de esta
fiesta en la que nos reímos de todo, incluso de nosotros mismos. Como una diva,
paseaba y lucía sin pudor sobre altos tacones, trajes blancos, negros, rojos,
verdes. Ajustados, ceñidos, transparentes, atrevidos, con pronunciados escotes.
Junto a una botella de coñac, el labio pintado de rojo, la cara empolvada, un
provocativo lunar, una rubia y explosiva peluca, y una esbelta pamela, le
bastaban para el mejor antifaz posible. Nervioso, como cualquier artista,
solicitaba que comenzara en libertad, sin normas, sin gobiernos y sin control,
el rito de la conspiración subversiva en la república gozosa y pagana del
desfile del Carnaval.
Juan Méndez, la Juani, ahora, allá en los jardines del
cielo, por siempre reina del Carnaval.


















