Tarde de Corpus
En esta tarde Dios llama a la juncia y al romero.
Convocatoria de ceremonial antiguo, del rito más hermoso. Veneración,
admiración, memorial, nueva alianza. Traspasa el aire el volteo del loco y
gozoso repique de campanas. En esta tarde la infancia vivida cosechó asombros a
la vuelta de la esquina del tiempo. En esta tarde se renueva el esplendor viejo
desde su principio.
En esta tarde la gloriosa espiga que nace ya granada, se mece
en el aire que estrena hermosas colchas colgadas en los balcones, que mueven
las hojas de la mejor palabra proclamada: “Este es mi cuerpo”. Esta tarde
íntima con paladar a hostia y sabor a vino, quiere ser aquella sangre que goteó
lenta en el Gólgota, donde la cruz se alzó para abrazarnos, proyectando una
larga sombra bajo la que todos nos amparamos, sintiéndonos por ello seguros y
confiados: “Esta es mi sangre”.
Ahora busco, sigo buscando desde hace un tiempo una luz,
aquellas luces idas. Me busco a mí, bajo el lento olvido por el que se fueron
en la congoja las imágenes de un tiempo donde estas tardes, todas estas tardes,
se alargaban hasta durar todo lo que dura un año. Una custodia, una luz, un sol
sin ocaso. No cabe más ¡Amor de los amores! Y llamo, sigo llamando. En esta
tarde se pronuncian las cosas queridas que se fueron. Las miradas, la luz, la
presencia verdadera y real… Corpus Christi. Tarde serena que se abre ante un
Dios que anda entre nosotros, que me sigue llamando.
Se amontona el tiempo. ¿Dónde estoy ahora? ¿Dónde los
caminos? ¿Por qué? Cruza la luz en la
cercanía donde me hallo. Dios vuelve a llamarme a aquel primitivo y antiguo
paisaje donde siendo niño soñé vivir con ese Corpus que ahora pasa esta tarde.
Dios llama, siempre llama. Dios acoge, nunca, jamás rechaza. Quiere sin
límites, no falla. Y fija y limpia queda la respuesta “Amor de ti nos quema,
amor que es hambre, amor de las entrañas, hambre de la palabra creadora que se
hizo carne…”. Y todo, absolutamente todo en silencio, sin abrir la boca, para
no dar respuesta al menosprecio, a la ofensa, al ataque, al insulto y a la
difamación. Todo, absolutamente todo, ha sido soportado, callado, silenciado,
dejado y convenientemente ignorado.
El tiempo muere en mis brazos inundados por la juncia
esparcida por las calles. Allí nuevamente las flaquezas y la debilidades. Sí,
allí para oír la voz que penetra e interpela
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso;
pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no
ve”. Sobre esto, sólo sobre esto, nos pedirán cuentas y nada más. Y en el
camino me encuentro con los desheredados, los que sufren, los que nada tienen
ni poseen. Los desarraigados, explotados, marginados y los olvidados. ¿Cuánto
queda por mitigar, aliviar y aplacar?
Aviva de nuevo el recuerdo buscando aquel tiempo en el que
la hermosura engalana la mayor de las exaltaciones que enhebra con la plenitud
de la vida. El regalo, la entrega, la aclamación, el obsequio de la fe más
profunda, de la esperanza más firme y del amor más generoso.
Cuando el sol de la tarde vista la luz bajo un hondo
cauce, llegado ese instante, retornará un ligero murmullo. Entonces aparecerá
aquel sonido inconfundible del piano de doña Rafaela Guisado que llenaba la
casa de la calle Peñas, saliendo su música por la ventana. Aquella música
traspasaba el azul intenso de la tarde buscando el palio y la custodia, como
una brisa aromatizada por la armonía de sus acordes “…fructus ventris generósi, Rex effúdit géntium…”.
Y así, en estas horas, acaricio ahora el surco de la melancolía que el Corpus
me ha ido abriendo en el alma y en la memoria.
En esta tarde Dios llama a la juncia y al romero.
Convocatoria de ceremonial antiguo, del rito más hermoso. Veneración,
admiración, memorial, nueva alianza. Traspasa el aire el volteo del loco y
gozoso repique de campanas. En esta tarde la infancia vivida cosechó asombros a
la vuelta de la esquina del tiempo. En esta tarde se renueva el esplendor viejo
desde su principio.
En esta tarde la gloriosa espiga que nace ya granada, se mece
en el aire que estrena hermosas colchas colgadas en los balcones, que mueven
las hojas de la mejor palabra proclamada: “Este es mi cuerpo”. Esta tarde
íntima con paladar a hostia y sabor a vino, quiere ser aquella sangre que goteó
lenta en el Gólgota, donde la cruz se alzó para abrazarnos, proyectando una
larga sombra bajo la que todos nos amparamos, sintiéndonos por ello seguros y
confiados: “Esta es mi sangre”.
Ahora busco, sigo buscando desde hace un tiempo una luz,
aquellas luces idas. Me busco a mí, bajo el lento olvido por el que se fueron
en la congoja las imágenes de un tiempo donde estas tardes, todas estas tardes,
se alargaban hasta durar todo lo que dura un año. Una custodia, una luz, un sol
sin ocaso. No cabe más ¡Amor de los amores! Y llamo, sigo llamando. En esta
tarde se pronuncian las cosas queridas que se fueron. Las miradas, la luz, la
presencia verdadera y real… Corpus Christi. Tarde serena que se abre ante un
Dios que anda entre nosotros, que me sigue llamando.
Se amontona el tiempo. ¿Dónde estoy ahora? ¿Dónde los
caminos? ¿Por qué? Cruza la luz en la
cercanía donde me hallo. Dios vuelve a llamarme a aquel primitivo y antiguo
paisaje donde siendo niño soñé vivir con ese Corpus que ahora pasa esta tarde.
Dios llama, siempre llama. Dios acoge, nunca, jamás rechaza. Quiere sin
límites, no falla. Y fija y limpia queda la respuesta “Amor de ti nos quema,
amor que es hambre, amor de las entrañas, hambre de la palabra creadora que se
hizo carne…”. Y todo, absolutamente todo en silencio, sin abrir la boca, para
no dar respuesta al menosprecio, a la ofensa, al ataque, al insulto y a la
difamación. Todo, absolutamente todo, ha sido soportado, callado, silenciado,
dejado y convenientemente ignorado.
El tiempo muere en mis brazos inundados por la juncia
esparcida por las calles. Allí nuevamente las flaquezas y la debilidades. Sí,
allí para oír la voz que penetra e interpela
“Si alguno dice: Yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso;
pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no
ve”. Sobre esto, sólo sobre esto, nos pedirán cuentas y nada más. Y en el
camino me encuentro con los desheredados, los que sufren, los que nada tienen
ni poseen. Los desarraigados, explotados, marginados y los olvidados. ¿Cuánto
queda por mitigar, aliviar y aplacar?
Aviva de nuevo el recuerdo buscando aquel tiempo en el que
la hermosura engalana la mayor de las exaltaciones que enhebra con la plenitud
de la vida. El regalo, la entrega, la aclamación, el obsequio de la fe más
profunda, de la esperanza más firme y del amor más generoso.
Cuando el sol de la tarde vista la luz bajo un hondo
cauce, llegado ese instante, retornará un ligero murmullo. Entonces aparecerá
aquel sonido inconfundible del piano de doña Rafaela Guisado que llenaba la
casa de la calle Peñas, saliendo su música por la ventana. Aquella música
traspasaba el azul intenso de la tarde buscando el palio y la custodia, como
una brisa aromatizada por la armonía de sus acordes “…fructus ventris generósi, Rex effúdit géntium…”.
Y así, en estas horas, acaricio ahora el surco de la melancolía que el Corpus
me ha ido abriendo en el alma y en la memoria.





















