Convertir los Truenos en Silencio
En más de una ocasión me han dicho: -¿Te ha pasado algo?, he leído tu último artículo y encierra gran dosis de tristeza-.
Pero siempre respondo lo mismo, no es una tristeza personal y
fácilmente clasificable dentro de mí, sino esa modalidad de tristeza
en la que se desgrana ese mal de todos, ese mal que, de una u otra
forma, el mundo padece. Por ejemplo, no es la tristeza de sentirme
herido por un comentario absurdo, ni aquella por un proyecto no
conseguido, no es esa la tristeza que se refleja en mis escritos. Lo
que mana de mi mente es la tristeza desesperada por este mundo de locos
insensibles, incapaces de captar la tristeza que transmite, con sus
ojos, un niño al que le ha tocado padecer una guerra, que no entiende,
o un hambre injusta que no le corresponde. De un mundo de locos con
mayúsculas porque sino es imposible que se pueda aceptar pasivamente
tanta locura, tanta sinrazón y que seamos capaz de vivir tranquilamente
entre tanta maldad. Sinceramente no lo entiendo.
Hoy solamente se me ocurre empezar este artículo diciendo: “Érase una
vez un país de locos…”. Y volverá a salir la rabia y la impotencia
acumulada en mi interior, esa que se va fraguando dentro de cualquier
persona sensible que no es capaz de entender al resto de los seres
humanos, a esos que duermen tranquilamente después de destrozarle la
vida a otros.
Seguramente este artículo lleva la misma línea que el anterior y podéis
tener por seguro que me hubiera gustado hablar de cualquier otra cosa,
algo más positivo, simpático y en último extremo hasta de tristeza pero
de esa tristeza tonta que produce la decepción de un engaño, de la
crítica destructiva de alguna mente enfermiza o de esos momentos
personales frustrantes que se cruzan en nuestro camino cada dos por
tres… Me hubiera gustado hablar de esa tristeza absurda que
personalmente todos padecemos, pero no, no puedo hacerlo mientras
existan padres esperando el regreso de hijos, hijos que no volverán
nunca; mientras existan países tan descompensados económicamente;
mientras existan guerras que unos hacen y otros padecen…
Espero y deseo que cuando me ponga a escribir el próximo artículo,
alguien se siente a mi lado y con una hermosa sonrisa me diga:
“Te voy a regalar una paloma blanca,
¿No es lo que estás buscando?...
Una paloma que convierta los truenos
en silencio?”.
Seguramente, si esto ocurriera, en el próximo artículo, envuelto en la paz del silencio, apartaría de mi mente la tristeza.
Hoy solamente se me ocurre empezar este artículo diciendo: “Érase una vez un país de locos…”. Y volverá a salir la rabia y la impotencia acumulada en mi interior, esa que se va fraguando dentro de cualquier persona sensible que no es capaz de entender al resto de los seres humanos, a esos que duermen tranquilamente después de destrozarle la vida a otros.
Seguramente este artículo lleva la misma línea que el anterior y podéis tener por seguro que me hubiera gustado hablar de cualquier otra cosa, algo más positivo, simpático y en último extremo hasta de tristeza pero de esa tristeza tonta que produce la decepción de un engaño, de la crítica destructiva de alguna mente enfermiza o de esos momentos personales frustrantes que se cruzan en nuestro camino cada dos por tres… Me hubiera gustado hablar de esa tristeza absurda que personalmente todos padecemos, pero no, no puedo hacerlo mientras existan padres esperando el regreso de hijos, hijos que no volverán nunca; mientras existan países tan descompensados económicamente; mientras existan guerras que unos hacen y otros padecen…
Espero y deseo que cuando me ponga a escribir el próximo artículo, alguien se siente a mi lado y con una hermosa sonrisa me diga:
Seguramente, si esto ocurriera, en el próximo artículo, envuelto en la paz del silencio, apartaría de mi mente la tristeza.



















