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Manuel García Cienfuegos
Viernes, 04 de Diciembre de 2020 Actualizada Viernes, 04 de Diciembre de 2020 a las 20:23:24 horas

Bares, qué lugares

Dicen que el aire vence todas las pestes. El gremio de los bares lo está pasando francamente mal, algunos han tenido que echar el cierre por el ahogo económico. En estas horas confusas, inciertas, por tanto mal que sufrimos, escribo sobre los bares, epicentro del ocio y la vida social. En diciembre, que despide este año perverso de virus y muerte, lanzo este panegírico relacionado con aperitivos, tapas y raciones que ponían en los bares de antaño que servían, recomendando el apura que te llene del recuerdo.

Los pajaritos fritos y una anchoa con una aceituna, que ponían en el bar El Colorao, en la calle Castelar, conocido también por El Pararrayo, porque atraía todas las chispas, quien tras decirle a los clientes lo que debían, y éstos manifestar que parecía un poco caro, les preguntaba ¿la copa mía quién la paga?. Las mollejas, orejas, chorizo al infierno y los caracoles del bar de Diego, que luego siguió con él su hijo Antonio; junto con otras delicias que ofrecían a la clientela. Los cuadros del pintor Ángel Guzmán decoraban su estancia. Los carpines y escabeches de pencas del bar Bético, de mi amigo Carlín; lugar de tertulia de la peña El Puro. El jamón alunao y el bacalao que ponía Juan Bautista en El Despiste, podio de quietud y lugar de la movida montijana; en la calle Acinco, frente a las tapias de la huerta del convento de las clarisas, donde oficiaban notables, buscando aliviar la necesidad del estómago. Los montaditos, bacalao frito, pringás con tomate y tostás con refrito del bar de Aurelio Mejías, eternamente frecuentado por los atléticos de toda la vida, en la esquina del barrio de la Pringue, junto a la frutería de Rufino.

Las patatas a la brava y las alitas de pollo fritas al ajillo del bar de Tani, detrás de la Iglesia de San Pedro, acera del colegio Padre Manjón. La afición de Tani por la caza acarreaba clientela. En El Estillero, en la Puerta del Sol, con cada vaso podías degustar, bajo la seriedad y formalidad en el trato, una exquisita ensalada de bacalao, las mejores aceitunas machadas, habas fritas, la fama de la sangre encebollada, el punto perfecto del buche con tomate, el frescor de un sano tocino de veta y la tostadita de refrito, elaborado bajo la quinta esencia del equilibrio entre la confección con maneras y la materia prima sin tacha alguna. El bar de José Sánchez, propiedad de Miguel Cuéllar, que estaba junto al baile de éste, en el que la mujer de José, Juliana Vega, sacaba, entre otros, unos excelentes montaditos. José servía el vino en unos vasos que tenían gravados el escudo del Athletic Bilbao, del que era seguidor. Cuando desafortunadamente, te daban calabazas en el baile, aliviabas el fracaso en el bar de José.

La Posá, regentada por Antonio Sánchez Serrano, hermano mayor que fue de la cofradía del Domingo de Ramos, conocida popularmente por La Burrita, que ofrecía fandangos y trasplantes y el lujo del Posarrín, tortilla pequeña de espárragos. Allí se fundó la peña de los leones de San Mamés, y faenaron las partidas de ajedrez del club que fundó el inolvidable Juan Cayetano Polo de Vargas. Las calderetas en la cantina de la Estación que hacía Jacinto Moraga Expósito a ferroviarios y clientela. El bacalao dorado del bar de El Portugués, lugar de transportistas, viajeros, corredores y madrugadores, junto con otras delicias como la carne con tomate que lograba en la cocina Nati, mujer de Emilio Moreira Borreguero; sin olvidar el trato desde la barra de Antonio Muñoz. Hay más bares, prometo seguir escribiendo sobre estos templos con historia y solera. Los bares están pasando un mal momento. Y su futuro inmediato es complicado. Están realizando un tremendo esfuerzo por sobrevivir y darnos alegrías con unas cañas bien frías. Recuerdas aquella canción que cantaba Gabinete Caligari: Bares, qué lugares tan gratos para conversar.

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