UN ZERPE, MI PRIMER RELOJ
Ha llegado el tiempo
de las hojas dormidas en el suelo. De los cristales fríos, asustados y desnudos
en las ventanas de la melancolía. De silencios y bostezos sobre los tejados repletos
del relente por una noche de invierno. De la lluvia que en el susurro derrota las
aristas de la belleza que pretende alumbrar los viejos rincones de la esperanza.
Sin embargo, la niebla, incienso de Epifanía, intenta mostrar, añorando en sus
honduras, la dulzura de la frágil luz intacta que acarrea la hermosura precisa
y certera de la memoria, las nostalgias y los recuerdos de la edad de la infancia.
Son tiempos muy
duros. Durísimos. Hay mucha gente pidiendo que pase de ellos la amargura del
cáliz del hambre, de la necesidad, de la falta de trabajo, de la imposibilidad
de sacar adelante una casa y una familia. Un enorme cáliz del que están
bebiendo miles y miles de familias. No hay estado de alarma decretado por unos
días. ¡No! Habitamos en un permanente estado enfermizo, debido a un gravísimo
shock que sufren más de cuatro millones y medio de personas que están en el
paro. Necesitamos que los misterios del hombre vuelvan y sean, en lo posible,
gozosos.
Evoco ahora aquellos
otros tiempos de bonanza, optimismo y euforia. Aquí, a Montijo, venía la gente
a por todo, a comercios y tiendas que ahora me dicta la memoria, aunque no
están todas, ni mucho menos, las que fueron. “Almacenes Pabón”, “Tejidos
Martínez” y “Comercial Villalobos”. “La Marquesina”, de Ramón Lozano Sánchez, que vendía
tejidos y confecciones, junto a un gran surtido en pañería y mantas. En la
misma calle, “La Portuguesa”,
Pedro Juan Cortés, Vinagre y Marcelino Colino. En el rincón de la plaza de
España, sastrería y confecciones Menayo. Tejidos Agreda y Genaro Franco Galán, con
“La Consolación”.
Junto a la oficina de Correos, Tejidos Horacio vendía retales y más retales.
Allí, arriba, tras
culminar “El Piquete”, Martín Garay, con su hijo Andrés, se hacían acreedores,
bajo feliz reclamo publicitario, de tener los prestigiosos calzados “Plutón”,
eternos son. Alta calidad y precios económicos ofrecía “Calzados Mario”. En su
privilegiada esquina comercial, Cristóbal Pérez, en su largo mostrador de
madera, vendía, auxiliado por sus hijas, curtidos y calzados, explosivos, armas
de caza y guarnicionería. Muy cerca, Manuel Polo Onteniente, en “La Valenciana”, ponía a
disposición del cliente sandalias, zapatos y zapatillas de paño. Casa del
Viejo, Camello y Hernández Montaño vendían muebles. Juanita Holguín, Casablanca,
Pérez Palomo y Casa Agudo, la más antigua. Y con su prestigiosa marca,
“Bellota”, la Ferretería González.
Miguel Cuéllar y “La Alicantina” traían pescados
y mariscos frescos. Manolo y Juan Reyes vendían tripa, quesos y pimentón de la Vera. Alimentación
Serrano, los hermanos Gragera Rodríguez, Gómez Núñez, Juan Vivas, Vicente Barril,
Ángel Delgado, Telesforo Soltero, Elías Rodríguez, Alfonso Merino, Pedro López
y las “Mantequerías Extremeñas” eran, entre otros, los coloniales, comestibles
y ultramarinos finos, que servían junto a la chacinera de Francisco Hernández,
las carnicerías de Diego Julián, Alfonso Gómez Preciado, Pedro Martínez y
Agustín Rodas Bautista, los sabores y aromas de Montijo. Aunque todos,
absolutamente todos se encerraban en uno, en aquella reliquia de interés local:
“El Arca de Noé”, de Simón Lavado Navia. Hermoso museo que un día echó, como otros,
el cierre.
En los bajos de
Morilla, al fondo, con una lente en aquellos ojos clínicos, a modo de
microscopio, Domingo Pérez, maestro relojero, y sus hijos, auxiliados por una
pinza, examinaban los relojes en la mesa de operaciones. Dos golpes, un soplo y
listo. El reloj de nuevo en movimiento. “Era una mota de polvo”. Mi primer
reloj fue un “Zerpe”, marca de la casa. Un reloj de alta precisión que cumplió
el rito de medir la ceremonia que dicta el tiempo. Su tic-tac sigue y sigue
marcando la hora exacta. Montijo en punto.
Ha llegado el tiempo de las hojas dormidas en el suelo. De los cristales fríos, asustados y desnudos en las ventanas de la melancolía. De silencios y bostezos sobre los tejados repletos del relente por una noche de invierno. De la lluvia que en el susurro derrota las aristas de la belleza que pretende alumbrar los viejos rincones de la esperanza. Sin embargo, la niebla, incienso de Epifanía, intenta mostrar, añorando en sus honduras, la dulzura de la frágil luz intacta que acarrea la hermosura precisa y certera de la memoria, las nostalgias y los recuerdos de la edad de la infancia.
Son tiempos muy duros. Durísimos. Hay mucha gente pidiendo que pase de ellos la amargura del cáliz del hambre, de la necesidad, de la falta de trabajo, de la imposibilidad de sacar adelante una casa y una familia. Un enorme cáliz del que están bebiendo miles y miles de familias. No hay estado de alarma decretado por unos días. ¡No! Habitamos en un permanente estado enfermizo, debido a un gravísimo shock que sufren más de cuatro millones y medio de personas que están en el paro. Necesitamos que los misterios del hombre vuelvan y sean, en lo posible, gozosos.
Evoco ahora aquellos otros tiempos de bonanza, optimismo y euforia. Aquí, a Montijo, venía la gente a por todo, a comercios y tiendas que ahora me dicta la memoria, aunque no están todas, ni mucho menos, las que fueron. “Almacenes Pabón”, “Tejidos Martínez” y “Comercial Villalobos”. “La Marquesina”, de Ramón Lozano Sánchez, que vendía tejidos y confecciones, junto a un gran surtido en pañería y mantas. En la misma calle, “La Portuguesa”, Pedro Juan Cortés, Vinagre y Marcelino Colino. En el rincón de la plaza de España, sastrería y confecciones Menayo. Tejidos Agreda y Genaro Franco Galán, con “La Consolación”. Junto a la oficina de Correos, Tejidos Horacio vendía retales y más retales.
Allí, arriba, tras culminar “El Piquete”, Martín Garay, con su hijo Andrés, se hacían acreedores, bajo feliz reclamo publicitario, de tener los prestigiosos calzados “Plutón”, eternos son. Alta calidad y precios económicos ofrecía “Calzados Mario”. En su privilegiada esquina comercial, Cristóbal Pérez, en su largo mostrador de madera, vendía, auxiliado por sus hijas, curtidos y calzados, explosivos, armas de caza y guarnicionería. Muy cerca, Manuel Polo Onteniente, en “La Valenciana”, ponía a disposición del cliente sandalias, zapatos y zapatillas de paño. Casa del Viejo, Camello y Hernández Montaño vendían muebles. Juanita Holguín, Casablanca, Pérez Palomo y Casa Agudo, la más antigua. Y con su prestigiosa marca, “Bellota”, la Ferretería González.
Miguel Cuéllar y “La Alicantina” traían pescados y mariscos frescos. Manolo y Juan Reyes vendían tripa, quesos y pimentón de la Vera. Alimentación Serrano, los hermanos Gragera Rodríguez, Gómez Núñez, Juan Vivas, Vicente Barril, Ángel Delgado, Telesforo Soltero, Elías Rodríguez, Alfonso Merino, Pedro López y las “Mantequerías Extremeñas” eran, entre otros, los coloniales, comestibles y ultramarinos finos, que servían junto a la chacinera de Francisco Hernández, las carnicerías de Diego Julián, Alfonso Gómez Preciado, Pedro Martínez y Agustín Rodas Bautista, los sabores y aromas de Montijo. Aunque todos, absolutamente todos se encerraban en uno, en aquella reliquia de interés local: “El Arca de Noé”, de Simón Lavado Navia. Hermoso museo que un día echó, como otros, el cierre.
En los bajos de Morilla, al fondo, con una lente en aquellos ojos clínicos, a modo de microscopio, Domingo Pérez, maestro relojero, y sus hijos, auxiliados por una pinza, examinaban los relojes en la mesa de operaciones. Dos golpes, un soplo y listo. El reloj de nuevo en movimiento. “Era una mota de polvo”. Mi primer reloj fue un “Zerpe”, marca de la casa. Un reloj de alta precisión que cumplió el rito de medir la ceremonia que dicta el tiempo. Su tic-tac sigue y sigue marcando la hora exacta. Montijo en punto.





















