Alonso de los Santos “El brujo”
Ha comenzando el agónico lamento de las hojas que caen de los árboles
marcado por el tiempo final que ha llegado a su calendario. Toca ahora,
en noviembre, morir, pudrirse y transformarse, enterrándose en un manto
de color amarillo, naranja y marrón. Aquí está noviembre con su cohorte
de otoño revelándonos lo oculto bajo la nostalgia. El rito traspasa el
recogimiento evocando los sueños. Desde el campanario, el sentimiento
de la clausura de las tardes dobla a difuntos, rompiendo la
indiferencia del silencio y las ausencias bajo una aguda seriedad que
traspasa las tristezas. Dicen que la nostalgia es memoria, recuerdo y
añoranza. Afirmo y promulgo que nadie, absolutamente nadie, jamás, me
va a quitar la dulzura que me produce la melancolía que me traen los
recuerdos.
A mediados de los años cincuenta y hasta bien avanzado los años sesenta
un grupo de aficionados al cante, para distraer sus ocios y ejercer
aquello que más le gustaba, formaron una compañía donde emplear sus
quehaceres y entretenimientos en el noble arte del flamenco, la copla,
el baile, las variedades, la acrobacia, el ilusionismo y la magia.
Cuentan que aquella compañía, bajo el refrescante título de “Brisas
extremeñas”, salía de turné por los pueblos de la comarca y a otros
territorios aún más lejanos. Quienes presenciaron aquel espectáculo
quedaron maravillados y prendados por el arte que derrochaban. El
culpable, responsable y director de aquel invento que ofrecía cante y
entretenimientos fue Francisco Coto Rodríguez “Morenito de Montijo”.
Junto a él estaban, entre otros, las primeras figuras del momento: Mari
Sosa, Anita Gallarín, El Garbancero, Germán, el niño Pedro, Cancunco,
Diego, Manolo Pintado, Joselín, la niña Magdalena, el gran Fiti, Manolo
Vargas, Gallardo, Paredes, Juan Félix Medina, la orquesta Monty, Alonso
Benítez y el profesor de los Santos. Hay gente que en la nostalgia aún
recuerda “El alcalde de Retortijo”. Aquella “súper varieté” benéfica
que cosechó un notabilísimo éxito a finales del año 1962 en el
desaparecido y siempre añorado Teatro Calderón.
Alonso de los Santos “El brujo”, en el más cariñoso sentido literal del
sobrenombre, hizo ilusionismo y juegos de magia. Aros, cuerdas, baraja
de naipes, pañuelos, caja de fósforos se movían bajo el dictado y las
órdenes del profesor de los Santos. Alonso cautivó y dejó asombrados a
los espectadores cuando aparecía en el escenario una paloma o
desaparecía un bastón. “El brujo” estuvo, frente a las cámaras, en el
programa de TVE “Gran parada”, por el que pasaron las primeras figuras
del panorama musical y artístico español.
Coloco ahora sobre algunos carteles que guardo la banda sonora a la
maestría y buen oficio del profesor de los Santos, que me acarrean
aquellos días de actuaciones repletos de magia, cuyas secuencias
vuelven a proyectarse: “El profesor de los Santos, rey de la magia e
ilusionismo, presentando su nuevo y sensacional número
científico-recreativo de ilusionismo colectivo”. “Asombra a los
profanos y desconcierta a los hombres de ciencia”. “No son imposibles
sus experimentos, son reales”. “Los públicos que lo admiraron dan fe de
lo interesante, atrayente y excepcional de sus sensacionales
experimentos”.
Un día, junto al río, cuando faenaba con la otra vara mágica de sus
pasiones, la caña de pescar, le ordenaron desde arriba recoger
apresuradamente el sedal de la vida, haciendo que su corazón, por arte
de magia, se fuera hacia lo más alto. Mientras remuevo estos
sentimientos, el oficio que labra los trazos de la palabra me dicta
afirmar que en esencia, Alonso de los Santos “El brujo”, ilusionó a una
generación, ante el sueño pasajero que los mundanos llamamos vida. Esa
que, a veces, nos arranca lágrimas por el desgarrón que producen el
dolor y la pena que evocan la memoria por las ausencias y los recuerdos.
A mediados de los años cincuenta y hasta bien avanzado los años sesenta un grupo de aficionados al cante, para distraer sus ocios y ejercer aquello que más le gustaba, formaron una compañía donde emplear sus quehaceres y entretenimientos en el noble arte del flamenco, la copla, el baile, las variedades, la acrobacia, el ilusionismo y la magia.
Cuentan que aquella compañía, bajo el refrescante título de “Brisas extremeñas”, salía de turné por los pueblos de la comarca y a otros territorios aún más lejanos. Quienes presenciaron aquel espectáculo quedaron maravillados y prendados por el arte que derrochaban. El culpable, responsable y director de aquel invento que ofrecía cante y entretenimientos fue Francisco Coto Rodríguez “Morenito de Montijo”. Junto a él estaban, entre otros, las primeras figuras del momento: Mari Sosa, Anita Gallarín, El Garbancero, Germán, el niño Pedro, Cancunco, Diego, Manolo Pintado, Joselín, la niña Magdalena, el gran Fiti, Manolo Vargas, Gallardo, Paredes, Juan Félix Medina, la orquesta Monty, Alonso Benítez y el profesor de los Santos. Hay gente que en la nostalgia aún recuerda “El alcalde de Retortijo”. Aquella “súper varieté” benéfica que cosechó un notabilísimo éxito a finales del año 1962 en el desaparecido y siempre añorado Teatro Calderón.
Alonso de los Santos “El brujo”, en el más cariñoso sentido literal del sobrenombre, hizo ilusionismo y juegos de magia. Aros, cuerdas, baraja de naipes, pañuelos, caja de fósforos se movían bajo el dictado y las órdenes del profesor de los Santos. Alonso cautivó y dejó asombrados a los espectadores cuando aparecía en el escenario una paloma o desaparecía un bastón. “El brujo” estuvo, frente a las cámaras, en el programa de TVE “Gran parada”, por el que pasaron las primeras figuras del panorama musical y artístico español.
Coloco ahora sobre algunos carteles que guardo la banda sonora a la maestría y buen oficio del profesor de los Santos, que me acarrean aquellos días de actuaciones repletos de magia, cuyas secuencias vuelven a proyectarse: “El profesor de los Santos, rey de la magia e ilusionismo, presentando su nuevo y sensacional número científico-recreativo de ilusionismo colectivo”. “Asombra a los profanos y desconcierta a los hombres de ciencia”. “No son imposibles sus experimentos, son reales”. “Los públicos que lo admiraron dan fe de lo interesante, atrayente y excepcional de sus sensacionales experimentos”.
Un día, junto al río, cuando faenaba con la otra vara mágica de sus pasiones, la caña de pescar, le ordenaron desde arriba recoger apresuradamente el sedal de la vida, haciendo que su corazón, por arte de magia, se fuera hacia lo más alto. Mientras remuevo estos sentimientos, el oficio que labra los trazos de la palabra me dicta afirmar que en esencia, Alonso de los Santos “El brujo”, ilusionó a una generación, ante el sueño pasajero que los mundanos llamamos vida. Esa que, a veces, nos arranca lágrimas por el desgarrón que producen el dolor y la pena que evocan la memoria por las ausencias y los recuerdos.




















