Un anciano en un paso de peatones
Corriendo, mirando el reloj, atrapada como un sándwich entre el pasado inmediato y el futuro continuo, cojo el coche para llegar a mi próxima cita. Calculo el tiempo si no hay obstáculos y, de repente, en un paso de peatones, un anciano mira a su alrededor con la intención de ir a la otra acera. A paso lento, claro. Como corresponde al cansancio de los años. Aunque me diga con un gesto que pase, siempre me detengo. Empieza a cruzar. Respiro hondo y conecto con la calma de sus pasos, observándolo. Esta persona me enseña la sabiduría de la vida. Me dice que el mundo lleva su ritmo, que son muchos ritmos a la vez. Y que lo correcto es no forzar y adaptarnos a todos, al de los niños, al de los ancianos, al de una persona que necesita pararse a reflexionar.
Siempre, sin excepción, lleve la prisa que lleve, aunque se esté produciendo una catarsis a mi alrededor, me paro y espero a que pase. Y al final, casi siempre, me mira y nos sonreímos. Respiro, meto la marcha y continúo mi camino. No han pasado más de dos o tres minutos. El tiempo de aprender, una vez más, que el ritmo lo marca la propia vida, por mucho que la queramos forzar.
Cada vez más, en esta época que nos ha tocado vivir, tenemos la sensación de que, cuando empezamos a movernos cada día, el reloj nos está ganando la partida desde el primer momento. Nos faltan horas, minutos y hasta segundos. Y nos sobra estrés y sensación de urgencia. Ahora es tendencia el mensaje: “¡Hazlo todo en menos tiempo!”: hazte un experto en marketing en cuatro días, cocinero experto en quince, adelgaza diez quilos en una semana, lee un cuento a tus hijos para dormir en un minuto, enamórate en el tiempo que tardas en tomar una caña…Detesto esa expresión que se utiliza tanto cuando te hacen un encargo “Para ayer”. Me parece el colmo de la ineficacia en la gestión del tiempo. Aunque todos caemos en ello en algún que otro momento…
Decía Milan Kundera, en su libro La lentitud: “Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto. Ni siquiera de sí mismo”. Por eso agradezco pararme en el paso de cebra. Para estar segura de lo que estoy haciendo, para tener la certeza de que esa carrera apresurada merece la pena. Y a veces descubro que sí y a veces que no, sinceramente. Por eso la sonrisa del anciano siempre me parece cómplice y guasona. Me pregunto cómo estos veteranos de la vida verán nuestras carreras desde su distancia, desde su experiencia y desde su conocimiento. Y siempre, sin excepción, agradezco su calma y su sonrisa.
Elisa Martín Crespo es periodista y coach profesional
Corriendo, mirando el reloj, atrapada como un sándwich entre el pasado inmediato y el futuro continuo, cojo el coche para llegar a mi próxima cita. Calculo el tiempo si no hay obstáculos y, de repente, en un paso de peatones, un anciano mira a su alrededor con la intención de ir a la otra acera. A paso lento, claro. Como corresponde al cansancio de los años. Aunque me diga con un gesto que pase, siempre me detengo. Empieza a cruzar. Respiro hondo y conecto con la calma de sus pasos, observándolo. Esta persona me enseña la sabiduría de la vida. Me dice que el mundo lleva su ritmo, que son muchos ritmos a la vez. Y que lo correcto es no forzar y adaptarnos a todos, al de los niños, al de los ancianos, al de una persona que necesita pararse a reflexionar.
Siempre, sin excepción, lleve la prisa que lleve, aunque se esté produciendo una catarsis a mi alrededor, me paro y espero a que pase. Y al final, casi siempre, me mira y nos sonreímos. Respiro, meto la marcha y continúo mi camino. No han pasado más de dos o tres minutos. El tiempo de aprender, una vez más, que el ritmo lo marca la propia vida, por mucho que la queramos forzar.
Cada vez más, en esta época que nos ha tocado vivir, tenemos la sensación de que, cuando empezamos a movernos cada día, el reloj nos está ganando la partida desde el primer momento. Nos faltan horas, minutos y hasta segundos. Y nos sobra estrés y sensación de urgencia. Ahora es tendencia el mensaje: “¡Hazlo todo en menos tiempo!”: hazte un experto en marketing en cuatro días, cocinero experto en quince, adelgaza diez quilos en una semana, lee un cuento a tus hijos para dormir en un minuto, enamórate en el tiempo que tardas en tomar una caña…Detesto esa expresión que se utiliza tanto cuando te hacen un encargo “Para ayer”. Me parece el colmo de la ineficacia en la gestión del tiempo. Aunque todos caemos en ello en algún que otro momento…
Decía Milan Kundera, en su libro La lentitud: “Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto. Ni siquiera de sí mismo”. Por eso agradezco pararme en el paso de cebra. Para estar segura de lo que estoy haciendo, para tener la certeza de que esa carrera apresurada merece la pena. Y a veces descubro que sí y a veces que no, sinceramente. Por eso la sonrisa del anciano siempre me parece cómplice y guasona. Me pregunto cómo estos veteranos de la vida verán nuestras carreras desde su distancia, desde su experiencia y desde su conocimiento. Y siempre, sin excepción, agradezco su calma y su sonrisa.
Elisa Martín Crespo es periodista y coach profesional





















