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Tomás Chaves
Jueves, 07 de Abril de 2016

El derecho a decidir

Los ricos tienen la costumbre de poner nombres raros a las cosas, con esa suficiencia que da el creerse en posesión de todos los derechos y de casi ninguna obligación; a veces son nombres sofisticados, a veces horteras, a veces simplemente diferentes. Por eso suelen llamarse entre ellos con nombre de animales: Pocholo, Cuqui, o Tisha; ponen nombres horteras a sus chalets, fincas y propiedades: La Rosa de los Vientos, Tesoro o Villa Nancy; o llaman derecho a decidir a su derecho a la independencia que, para ellos, es inalienable.
Estamos viviendo días terribles en Europa. Yo no puedo quitarme de la cabeza las imágenes de los refugiado sirios en su odisea de huida de la guerra. De las madres y los padres, que ya no pueden llorar, arrastrando a sus hijos para cruzar un río, o simplemente abrazándolos, ya muertos, matados por el mar. Ellos han decidido huir de la guerra, venirse a Europa para garantizar el porvenir de sus hijos. Pero los sirios  no tienen derecho a decidir, ni a eso ni a nada. Nosotros se lo negamos. Reclamamos nuestro derecho a la seguridad, a nuestro propio bienestar y negamos los derechos básicos de los demás, esos que de verdad son inalienables. Ni siquiera tienen el derecho a decidir quedarse en su tierra, porque la guerra los obliga, esa guerra que no tiene responsables, pero que quizás no existiría si no fuera tierra de petróleo, el líquido negro que riega nuestro bienestar.
De la misma forma los extremeños no tenemos el derecho a decidir nuestra independencia de España. La pobreza nos obliga. Ni siquiera tenemos el derecho a quedarnos a vivir en nuestra tierra, nos vemos obligados a emigrar, como en los años 60 del siglo pasado cuando casi la mitad de la población tuvo que irse a irse a Cataluña, al País Vasco, a Madrid para que progresaran, para que fueran, como decían los políticos de entonces, la locomotora que arrastrara e España al progreso.
Hoy en día, es verdad que tenemos su solidaridad, pero nosotros lo que queremos es equidad y equilibrio. Cincuenta años después los extremeños seguimos emigrando, a Alemania, a Inglaterra, a Chile, a Estados Unidos. Eso o quedarnos en el paro aquí en nuestra tierra, esas son las premisas de nuestra decisión. Y, mientras otros deciden por nosotros, hemos de conformarnos con el bombardeo de los medios de comunicación sobre el derecho que esos otros tienen a dejarnos en la estacada. Parece que en toda España no haya otra cosa más importante que el derecho de las comunidades ricas a decidir su propio destino. Con la novedad de que hay un partido de implantación nacional que lo defiende.
Decía la Señora Botejara, diputada extremeña del partido Podemos, que iba al Congreso a defender los intereses de los extremeños. Pero antes o después tendría que explicarnos cuál es la ventaja de que otros puedan decidir nuestro destino.

 

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