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Manuel García Cienfuegos
Viernes, 13 de Agosto de 2010

Con el pito tieso y la boca abierta

Recuerdo cómo era aquella casa de bóvedas blancas. El zaguán y el pasillo limpio con las baldosas relucientes. A un lado y otro los maceteros, adornados por paños de ganchillo, daban soporte a las anchas hojas verdes de las pilistras que decoraban el cuerpo de la casa. Perfecta obra labrada por la buena oficialía artesana de maestros albañiles que sabían, sin haber estudiado arquitectura, dónde poner vigas, hacer muros y colocar ladrillos.

Al fondo la galería, muy luminosa. En el medio arrancaba la escalera que subía hasta el doblado. Una alacena de puertas oscuras cobijaba el hueco dejado por ella, habitado bajo la penumbra por una tinaja para el agua fresca. Desde las cortinas doradas de la galería se veía el patio, encalado, limpio, repleto de flores y macetas. Muchas macetas. Ficus, helechos, cintas, aureolas, geranios, begonias, alhelíes… Allí, con ellas, vivía felizmente un jazminero. En el medio, el pozo de agua limpia. En sus aguas se enfriaban sandías, brevas, ciruelas y tomates, endulzándonos saludablemente el verano. Encima del brocal, la regadera.

Para ir a la cocina había que hacerlo desde la galería. La separación estaba decorada con una cornisa que acogía, en armonía, piezas de fina cerámica y figuras de porcelana, formada por jarrones, jarras, cuencos, platos y un almirez grande y dorado que contrastaba con el color negro de una hermosa, vieja y antigua plancha de carbón. Presidía, en sentido contrario, la otra parte de la estancia un señorial chinero que exhibía con empaque y elegancia la vajilla y la cristalería. Todo estaba muy ordenado.

En el verano, en aquella casa, gustaban pasar las tardes en el pasillo. Desde sus paredes nos vigilaban o parecían mirarnos con ternura, los retratos de los antepasados. Allí se gozaba en la quietud del frescor y la penumbra, invitándonos a entregarnos al juego del veo-veo, balanceándonos en las mecedoras de rejillas.

Cuando la mayoría de los objetos habían sido visionados, las ideas al estilo cervantino tejían con imaginación y humor acertijos y adivinanzas, pasando así la calma y el silencio de aquellas horas de la canícula veraniega. Así eran algunos de aquellos complejos acertijos: “Un caballo blanco entró en el Mar Negro. ¿Cómo salió?”, “Cuatro gatos en un cuarto, cada gato en un rincón, cada gato ve tres gatos, adivina cuántos gatos son”, “Un león muerto de hambre, ¿de qué se alimenta?”, “¿De qué llenarías un botijo para que pese menos que vacío?”, “Tengo cien patos, metidos en un cajón. ¿Cuántas patas y picos son?”.

Y éstas eran, entre otras, algunas de las divertidas y originales adivinanzas: “Agrio es su sabor, bastante dura su piel y si lo quieres tomar tendrás que estrujarlo bien”, “Tiene cuatro patas, mas no puede andar. Tiene cabecera y no sabe hablar”, “En la puerta está y no quiere entrar”, “Verde en el campo, negro en la plaza y colorado en casa”, “Una señorita muy señoreada que siempre va en el coche y siempre va mojada”, “En el campo fui nacida, mis hermanos son los ajos, y aquel que llora por mí me está partiendo en pedazos”, “Diez monjitas en el corral y todas mean a la par”, “Encima de la mesa está santa Teresa con el pito tieso y la boca abierta”, “Lo metí duro, lo saqué blando, coloradito y goteando”. Nadie imaginaba que con el calor de la siesta, aquello era un churro mojado en chocolate caliente.

Cuando la tarde declinaba y los balcones se abrían, se oía, unas calles más arriba, un dulce sonido que el tiempo no ha podido borrar: “Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero…”. Así transcurrieron aquellos años bajo el gozo, el sentido, la belleza, la serenidad y la calma que nos producían los ritos íntimos de las tardes de verano, aliviados por el agua fresca del botijo de pito tieso y boca abierta.

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