Los presocráticos de la cosa · Julia Coco Castón · Montijo
“Trepa”: dícese del individuo que, habiendo nacido de
clase media-baja, media-media, o incluso, media-alta, cursa en su localidad
natal unos estudios cualquiera con escaso o nulo aprovechamiento; anda dando
bandazos y perdiendo el tiempo, sin hacer carrera ni dar braguetazo que se
precie; hasta que un día, amanece iluminado cual San Pablo en el camino de
Damasco, y, de la noche a la mañana, se lía la manta a la cabeza, lo tira todo por la borda ( es un decir, porque no tiene nada dentro de la borda) y se
empeña en triunfar. Al menos eso es lo que dicen cuando se les da tribuna para
que cuenten sus batallitas, en tanto que
sueltan anécdotas y reparten tarjetas haciéndose famosillos. El momento de
partida del trepa son años oscuros en los que se dispersa haciendo de todo un
poco y muy poco de todo. Porque no es
posible vivir dos días del salto en la misma mata. Pero esto no figura en la
biografía del trepa. Hasta que, por fin, contacta con alguna organización.
Siempre hay una organización para lanzar al trepa. Los trepas de la
Restauración ascendían al apuntarse a los liberales o los conservadores, según
soplaban las tornas.
Cuando el sistema de turnos entró en crisis, las
órdenes religiosas eran la organización adecuada para que los trepas hicieran
carrera. Sorprende la de progres revolucionarios actuales que clavan sus raíces
en ellas. Claro que las modas duran poco. A los Jesuitas sucedió la Masonería.
Todo el que quería medrar se apuntaba a ella. Dicen que la masonería era como
una carrerita corta; como el empleo mal pagado pero seguro. Sobre todo en
cuestión de Ministerios. Luego vino la Unión Republicana e Izquierda
Republicana. Ellas solas colocaron a medio país. Y la CEDA. ¡Qué buenos empleos
se consiguieron apuntándose a la CEDA! Cualquier enteradillos podía sentar
plaza en Madrid. Lo importante no es ser, sino estar. Y estar muy-bien-situado.
¡Ah, la Falange! Fundada por un señorito andaluz,
quizá no haya habido una organización más a medida de los trepas… El carguete,
el virreinato, la camisa, escolta, coche oficial, querida y muuuuuuuuuuchos
correajes.
Un día, sin que nadie se diera cuenta la Falange dejó
de contar. Y de mandar. Ya no era rentable apuntarse a Falange. Mejor pregonar
oposición. Y alistarse al OPUS. Quien no encontraba el ascenso deseado ni se
iba, ni lo echaban, ni dimitía. El argumento del cambio de parecer era “ el
desengaño”. Igual que tras la llegada de la Democracia se inventó el
“Desencanto”. Cuando la dictadura dejaba tras de sí su estela de inservibles, a
los que se les veía de más su ambición y el plumero : el orgullo español
ofendido y la dignidad del castellano viejo. Y si alguien se atreve a
cuestionar el motivo, no echen cuenta, ese es un masón infiltrado.
Una tras otra se van sucediendo las organizaciones
conforme pierden no su poder de convocatoria, sino de acomodatoria. El Opus ayudaba a ganar oposiciones.
Cuando llegó la CEDA se llevó por delante todo el
funcionariado de fortuna del bienio republicano-socialista. Falange le puso la
camisa azul a los de la CEDA. Y el Opus echó a la Falange. Tras las boqueadas
de la Dictadura, en la agonía del
Régimen, bastaba con ser “progre”. Junta Democrática, Plataforma…
Todos buscan empleo la organización. Luego la
organización son ellos. Todo el mundo ha visto nacer al provinciano que triunfa
y que puede colocarle.
Dentro de los trepas hay categorías. Pero como quiera
que a presidente de Gobierno llegan los
menos… se conforman con carguillos. El caso es cobrar siempre y lograr
convertirse en un jubilado de oro por haber sido alguien algún día. La
República seguía pagando el sueldo a los ex de la Monarquía; la Dictadura a los
de la República y la Democracia a los de la Dictadura. Trepar, después morir.
“Trepa”: dícese del individuo que, habiendo nacido de clase media-baja, media-media, o incluso, media-alta, cursa en su localidad natal unos estudios cualquiera con escaso o nulo aprovechamiento; anda dando bandazos y perdiendo el tiempo, sin hacer carrera ni dar braguetazo que se precie; hasta que un día, amanece iluminado cual San Pablo en el camino de Damasco, y, de la noche a la mañana, se lía la manta a la cabeza, lo tira todo por la borda ( es un decir, porque no tiene nada dentro de la borda) y se empeña en triunfar. Al menos eso es lo que dicen cuando se les da tribuna para que cuenten sus batallitas, en tanto que sueltan anécdotas y reparten tarjetas haciéndose famosillos. El momento de partida del trepa son años oscuros en los que se dispersa haciendo de todo un poco y muy poco de todo. Porque no es posible vivir dos días del salto en la misma mata. Pero esto no figura en la biografía del trepa. Hasta que, por fin, contacta con alguna organización. Siempre hay una organización para lanzar al trepa. Los trepas de la Restauración ascendían al apuntarse a los liberales o los conservadores, según soplaban las tornas.
Cuando el sistema de turnos entró en crisis, las órdenes religiosas eran la organización adecuada para que los trepas hicieran carrera. Sorprende la de progres revolucionarios actuales que clavan sus raíces en ellas. Claro que las modas duran poco. A los Jesuitas sucedió la Masonería. Todo el que quería medrar se apuntaba a ella. Dicen que la masonería era como una carrerita corta; como el empleo mal pagado pero seguro. Sobre todo en cuestión de Ministerios. Luego vino la Unión Republicana e Izquierda Republicana. Ellas solas colocaron a medio país. Y la CEDA. ¡Qué buenos empleos se consiguieron apuntándose a la CEDA! Cualquier enteradillos podía sentar plaza en Madrid. Lo importante no es ser, sino estar. Y estar muy-bien-situado.
¡Ah, la Falange! Fundada por un señorito andaluz, quizá no haya habido una organización más a medida de los trepas… El carguete, el virreinato, la camisa, escolta, coche oficial, querida y muuuuuuuuuuchos correajes.
Un día, sin que nadie se diera cuenta la Falange dejó
de contar. Y de mandar. Ya no era rentable apuntarse a Falange. Mejor pregonar
oposición. Y alistarse al OPUS. Quien no encontraba el ascenso deseado ni se
iba, ni lo echaban, ni dimitía. El argumento del cambio de parecer era “ el
desengaño”. Igual que tras la llegada de la Democracia se inventó el
“Desencanto”. Cuando la dictadura dejaba tras de sí su estela de inservibles, a
los que se les veía de más su ambición y el plumero : el orgullo español
ofendido y la dignidad del castellano viejo. Y si alguien se atreve a
cuestionar el motivo, no echen cuenta, ese es un masón infiltrado.
Una tras otra se van sucediendo las organizaciones conforme pierden no su poder de convocatoria, sino de acomodatoria. El Opus ayudaba a ganar oposiciones.
Cuando llegó la CEDA se llevó por delante todo el
funcionariado de fortuna del bienio republicano-socialista. Falange le puso la
camisa azul a los de la CEDA. Y el Opus echó a la Falange. Tras las boqueadas
de la Dictadura, en la agonía del
Régimen, bastaba con ser “progre”. Junta Democrática, Plataforma…
Todos buscan empleo la organización. Luego la organización son ellos. Todo el mundo ha visto nacer al provinciano que triunfa y que puede colocarle.
Dentro de los trepas hay categorías. Pero como quiera que a presidente de Gobierno llegan los menos… se conforman con carguillos. El caso es cobrar siempre y lograr convertirse en un jubilado de oro por haber sido alguien algún día. La República seguía pagando el sueldo a los ex de la Monarquía; la Dictadura a los de la República y la Democracia a los de la Dictadura. Trepar, después morir.




















