Donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora · Pepa Pinar · Puebla de la Calzada
Existen en Montijo, alejados del
centro, unos vastos jardines sin aurora donde habita el olvido. Quiero pensar
que están allí porque los edificios públicos suelen edificarse en las afueras y
no porque la sociedad, en injusta correspondencia, haya decidido olvidar a unos
enfermos que ya no la recuerdan.
A ese edificio y a sus
jardines orientados al campo, fuera ya de toda comunicación con la calle, he
acudido durante siete años y medio para visitar a mi madre. La llevé una fría
mañana de enero, limpita, peinada, y con su maleta en la mano como quien lleva a su hija el
primer día de colegio, con la diferencia de que ella no sabía adónde iba. Si se
lo hubiese dicho se lo habría tenido que explicar una vez cada cinco minutos,
ese era el tiempo que tardaba entonces en recordar una idea. Allí hemos vivido
ella y yo, ella y nosotros, hasta que el pasado día cinco de mayo vino a
recogernos un coche negro que no era el nuestro.
No se puede decir que la
estancia haya sido feliz, nadie puede ser feliz si es enfermo o familiar de
enfermo de esta maldita enfermedad. Eso lo intuye mucha gente, otros ni
siquiera se lo plantean, si no invertirían más dinero en la investigación o en
la dotación de recursos. Quienes verdaderamente lo sabemos somos quienes lo
sufrimos directamente. Pero, contra lo que puedan pensar aquellos que todavía
se atreven a juzgarnos por buscar para nuestros familiares unos cuidados que
nosotros no podemos proporcionarles en casa, ha sido la mejor atención que en
la actualidad puede tener una persona en estas circunstancias. Es un centro
especializado, aún así lo que de verdad lo hace especial es la calidad humana,
la altura profesional y el buen hacer de todos y cada uno de sus trabajadores.
A medida que avanza la
enfermedad nos adentramos más en el edificio. Al principio somos amables
visitantes de zonas comunes, en esa fase, que en muchos casos es muy larga,
tenemos una visión externa de la residencia y del trabajo que allí se realiza.
Cuando nuestro familiar está encamado subimos a la planta y nos vamos
adentrando en el corazón de la enfermedad y en la labor de las auxiliares,
enfermeras y otros cuidadores. Pero es en los últimos momentos, cuando
presenciamos el desenlace final cuando de verdad nos sentimos arropados,
acompañados y reconfortados por estos profesionales. En los peores instantes se
demuestra la calidad de las personas.
En el centro residencial
El Valle, más conocido como residencia de Alzhéimer, trabajan por encima de sus
obligaciones: enfermeros, ordenanzas, limpiadores, administrativos, cocineros,
médico, psicólogo, terapeuta, auxiliares. Todos, todos, todos, merecen nuestro más
sincero agradecimiento y felicitación.
Nuestros familiares no
pueden recordaros, pero nosotros no os olvidaremos nunca.
Existen en Montijo, alejados del centro, unos vastos jardines sin aurora donde habita el olvido. Quiero pensar que están allí porque los edificios públicos suelen edificarse en las afueras y no porque la sociedad, en injusta correspondencia, haya decidido olvidar a unos enfermos que ya no la recuerdan.
A ese edificio y a sus jardines orientados al campo, fuera ya de toda comunicación con la calle, he acudido durante siete años y medio para visitar a mi madre. La llevé una fría mañana de enero, limpita, peinada, y con su maleta en la mano como quien lleva a su hija el primer día de colegio, con la diferencia de que ella no sabía adónde iba. Si se lo hubiese dicho se lo habría tenido que explicar una vez cada cinco minutos, ese era el tiempo que tardaba entonces en recordar una idea. Allí hemos vivido ella y yo, ella y nosotros, hasta que el pasado día cinco de mayo vino a recogernos un coche negro que no era el nuestro.
No se puede decir que la estancia haya sido feliz, nadie puede ser feliz si es enfermo o familiar de enfermo de esta maldita enfermedad. Eso lo intuye mucha gente, otros ni siquiera se lo plantean, si no invertirían más dinero en la investigación o en la dotación de recursos. Quienes verdaderamente lo sabemos somos quienes lo sufrimos directamente. Pero, contra lo que puedan pensar aquellos que todavía se atreven a juzgarnos por buscar para nuestros familiares unos cuidados que nosotros no podemos proporcionarles en casa, ha sido la mejor atención que en la actualidad puede tener una persona en estas circunstancias. Es un centro especializado, aún así lo que de verdad lo hace especial es la calidad humana, la altura profesional y el buen hacer de todos y cada uno de sus trabajadores.
A medida que avanza la enfermedad nos adentramos más en el edificio. Al principio somos amables visitantes de zonas comunes, en esa fase, que en muchos casos es muy larga, tenemos una visión externa de la residencia y del trabajo que allí se realiza. Cuando nuestro familiar está encamado subimos a la planta y nos vamos adentrando en el corazón de la enfermedad y en la labor de las auxiliares, enfermeras y otros cuidadores. Pero es en los últimos momentos, cuando presenciamos el desenlace final cuando de verdad nos sentimos arropados, acompañados y reconfortados por estos profesionales. En los peores instantes se demuestra la calidad de las personas.
En el centro residencial El Valle, más conocido como residencia de Alzhéimer, trabajan por encima de sus obligaciones: enfermeros, ordenanzas, limpiadores, administrativos, cocineros, médico, psicólogo, terapeuta, auxiliares. Todos, todos, todos, merecen nuestro más sincero agradecimiento y felicitación.
Nuestros familiares no pueden recordaros, pero nosotros no os olvidaremos nunca.




















