La seducción de las palabras · Julia Coco Castón · Montijo
“Mis títulos no son de sabio,
son de enamorado.”
PEDRO SALINAS
A lo largo de la historia el ser humano ha recurrido a
diferentes tipos de estrategias para seducir. Esto es, conseguir atraer el
apoyo automático de la gente, colmar su pensamiento, prendarle, hipotecar su
corazón y su mente a fin de ser recordados para siempre y de paso obtener
poder. Este juego de la seducción tiene normas y leyes psicológicas que los
personajes siguen sin apartarse del guion para tratar de conseguir los
objetivos propuestos si cada uno hace su papel. Es un arte que es utilizado
como arma con el fin de persuadir al “enemigo”, contrario o adeptos. Son estrategias
desarrolladas por los hombres como táctica para ganarse, no solo la
satisfacción propia y ajena, sino también el reconocimiento social. No
obstante, quien se cree seductor no pocas veces suele resultar realmente ser el
gran seducido.
Se puede seducir en cualquier momento o lugar o,
incluso, se sabe que el que seduce lo hace desde pequeño, desde la infancia y
es en ese momento cuando comienza su entrenamiento en esta habilidad tan
valorada. El Arte de seducir, proporciona encanto, carisma, atractivo,
misterio, todo esto permite al sujeto manejar códigos secretos y sutiles a cuyo
hechizo resulta prácticamente imposible resistirse. Claro, también depende del
foro.
Hay tantos roles de seductor como personalidades y sus
variantes:
El calavera: seductor fantaseado que suele ser
deshonesto, desleal y amoral. No duda a la hora de conseguir lo perseguido
El idealista: creador de ilusiones en un mundo lleno de desencanto y dureza. Su
seducción es ilimitada igual que el placer que se proporciona a sí mismo con
ella.
El Dandy: es el más libre de todos los seductores. Juegan
y crean su imagen haciendo de ella su herramienta para sacar los deseos
reprimidos propios y de los demás.
El seductor Natural encarna las cualidades de la
infancia. Transmite comodidad y simpatía para bajar las defensas de los demás,
lo que le facilita enormente su tarea invasiva.
El Encantador desvía la atención de sí mismo para
centrarse exclusivamente en su víctima. Así consigue que, aquellos a los que le
gusta delegar, se entreguen a sus manejos; le acompañen, le sirvan de escudo y
objetivo de usar y tirar llegado el caso.
El Carismático tiene como herramienta una elevada
autoestima y un ego superlativo que arrebata a las masas. Pero las utiliza
igual o peor que los anteriormente citados.
Y luego está el Anti… : inconscientes absolutamente de
las consecuencias de sus actitudes, y además no les importa lo más mínimo, con
tal de lograr su objetivo, que, lejos del bien colectivo, es absolutamente
particular. Presumen de sensibles, solidarios y de darlo todo por la
comunidad…. Pero están en las antípodas de todo eso: trastorno paranoide,
histriónico, narcisismo antisocial y psicópatas codependientes.
Raramente son tipologías tan definidas, más bien se
suman en un mismo individuo más de uno de estos perfiles. Y todos tienen su
discurso.
Las palabras son los embriones de las ideas, el germen
del pensamiento, la estructura de las razones, pero su contenido excede la definición
oficial y simple de los diccionarios.
Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella,
pero traen la semilla de una herencia cultural que trasciende al individuo.
Viven también en los sentimientos, forman parte del alma y duermen en la
memoria. Y a veces despiertan…
Si de pronto se conectase con plenitud con lo que
verdaderamente significan, si al pronunciarlas u oírlas nuestra mente
entendiese bien y de un golpe su sentido íntegro, nos sentiríamos atemorizados, por lo menos
sobrecogidos ante el esencial dramatismo que encierran. Algunas palabras
llevan su propio sambenito colgante, atesoran significados a menudo ocultos
para el intelecto humano; sentidos que, sin embargo, quedan al alcance del
conocimiento inconsciente.
Una palabra
posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su propia
vida; y el segundo se inserta en aquél pero alcanza a toda la colectividad.
Hay algo en el
lenguaje que se transmite con un mecanismo similar al genético. Las palabras se heredan unas a otras, y nosotros también aproximando
los ancestros para convertirlos casi en coetáneos. Se forma así un espacio que
atrae como un agujero negro que queda oculto en el subconsciente. Desde ese
lugar moverán los hilos del mensaje subliminal, para desarrollar la seducción.
El más inteligente de los monos es incapaz de hablar, pero el más estúpido de
los humanos podrá hacerlo aunque sea analfabeto, porque el habla forma parte de
una esencia innata, impresa en el
genotipo de nuestra especie y la adquisición del lenguaje, el primer
aprendizaje, no tiene relación directa con la inteligencia. Se transmite como
un legado que acumula experiencias seculares. Salvo deformaciones excepcionales.
Las palabras
consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantos las
hayan utilizado. Las palabras no sólo significan: también
evocan.
Los psicoanalistas
han estudiado muy bien el valor de la palabra en cada individuo. El lenguaje no
es un producto, sino un proceso psíquico. Y una entrada en el mundo de los
resortes que conducen a las seducciones humanas. Se potencian, se vinculan y se
amplían algunos vocablos que se
relacionan con la historia del individuo.
Ese valor profundo de las palabras, acumulado
en sus usos, evoluciona con el ser humano: adquiere nuevos sentidos, nuevos
temores, llevan a euforias diferentes.
Las herencias no se detienen; siguen progresando en la
lengua, oponiéndose a la situación de cada momento. He aquí la verdadera
evolución del idioma, la que se impregna de millones de experiencias y de usos que
confluyen en una costumbre, decisiones de los pueblos que actúan por su cuenta
y enriquecen su lengua pese a la influencia de las cúpulas sociales y de los
medios de masas, de los que generalmente emanan efluvios empobrecedores que
entontecen a la población.
Las palabras tienen una vida larga y amplia.
Pronunciadas por los abuelos pueden sobrevivir a todas las influencias, porque
se incrustaron en nuestra gramática cuando estábamos adquiriendo las herramientas
del lenguaje, las que siempre anidarán en nuestra memoria. Y nuestros abuelos
ya veían con malos ojos algunas de las cuales han quedado perpetuadas como
peyorativas, o no. Dejaron el terreno abonado para que nosotros, en uso del lenguaje
generativo que nos ha sido dado, modifiquemos poco a poco su sentido y
cambiemos la gramática. “El idioma no se inventa, se hereda”, cómo no vamos a
ser también herederos inconscientes de las propias palabras y de sus recursos,
sus usos, sus pensamientos implícitos, cuando éstas adquieren sus formulaciones
más sencillas. Así van acumulando poder, ampliando su espacio.
La palabra que decimos
viene de lejos,
y no tiene definición,
tiene argumento.
(Luis Rosales)
Algunas guardan en sus sílabas un origen incierto, y
muchas otras se vistieron de modernidad, pero abrigada en ella aún se ve su
estirpe. El lenguaje procede de un encadenamiento de la razón; y nada resulta
casual en él. El que dicta un texto habla en voz alta para que los demás obren
en consecuencia. Determinadas palabras se han impregnado de un poder seductor. Son
fuerzas de la naturaleza que se intenta dominar pero que también pueden
desatarse sin que antes percibamos el peligro. El poder del agua, el calor del fuego,
la seducción de la voz.
Los dominadores de la lengua toman todo el valor que
la historia les ha dado, heredando también lo que supusieron para las
civilizaciones pasadas. Las conciencias del mundo actual malversan el
lenguaje, corrompen las palabras y explotan connotaciones interesadas.
“Inteligente” tiene la connotación de inter-ligare:
reunir, relacionar. Y consideramos inteligente a la persona capaz de extraer
conclusiones con el cotejo de hechos aparentemente distintos. Hoy es traducido
por “listo”. Las palabras, en efecto, se heredan a sí mismas pero acumulan lo que
lega cada generación, siempre encadenadas por un vínculo resistente. Tienen,
pues, un poder oculto por cuanto evocan. Su historia forma parte de su
significado pero queda escondida a menudo para la inteligencia. Y por eso
seducen. Y esa capacidad de seducción/manipulación no reside en su función
gramatical, sino en el valor latente de su sonido y de su historia, las
relaciones que establece cada término con otros vocablos, la evolución que haya
experimentado durante su larguísima existencia o, en otro caso, el vacío y la
falsedad de su corta vida.
Nietzsche dijo que toda palabra es un prejuicio, y que
toda palabra tiene su olor. La autorización y la prohibición, la tolerancia y
la condena, la libertad y el impedimento se resumen en esas dos sílabas tan
opuestas en su semantema y que constituyen la contestación más tajante y más
simple que se pueda conocer. Pero además tienen otro poder. Ese poder que puede
pasar inadvertido en una comunicación. Ese sentido subliminal, subyacente,
oculto o semioculto constituye el elemento fundamental de su fuerza. Quien
emplea las palabras de esa forma busca con intención encomiable, un efecto
literario o quizá un endulzamiento amoroso, pero también esta fuerza interior
del lenguaje sirve a quienes intentan manipular a sus semejantes y aprovecharse
de ellos. Entre un extremo y otro se hallan el uso inconsciente, el ardid
comercial, la argucia jurídica y la mentira.
La capacidad de seducción de las palabras, la fuerza que otorga a cada vocablo su
historia oculta, cómo se tocan los lugares sensibles de nuestra memoria… y cuánto valor adquiere
lo que millones de personas piensan con él que se transmite de generación en
generación, conforma una potentísima capacidad de seducir, porque esos términos
esconden al oído consciente gran parte de su significado. Y con el mismo gusto
con que nos hundimos en el ritmo de un poema podremos desentrañar la retahíla
mentirosa de un pelagallos.
Eso es la seducción de las palabras. Un arma terrible.
“Mis títulos no son de sabio,
son de enamorado.”
PEDRO SALINAS
A lo largo de la historia el ser humano ha recurrido a diferentes tipos de estrategias para seducir. Esto es, conseguir atraer el apoyo automático de la gente, colmar su pensamiento, prendarle, hipotecar su corazón y su mente a fin de ser recordados para siempre y de paso obtener poder. Este juego de la seducción tiene normas y leyes psicológicas que los personajes siguen sin apartarse del guion para tratar de conseguir los objetivos propuestos si cada uno hace su papel. Es un arte que es utilizado como arma con el fin de persuadir al “enemigo”, contrario o adeptos. Son estrategias desarrolladas por los hombres como táctica para ganarse, no solo la satisfacción propia y ajena, sino también el reconocimiento social. No obstante, quien se cree seductor no pocas veces suele resultar realmente ser el gran seducido.
Se puede seducir en cualquier momento o lugar o, incluso, se sabe que el que seduce lo hace desde pequeño, desde la infancia y es en ese momento cuando comienza su entrenamiento en esta habilidad tan valorada. El Arte de seducir, proporciona encanto, carisma, atractivo, misterio, todo esto permite al sujeto manejar códigos secretos y sutiles a cuyo hechizo resulta prácticamente imposible resistirse. Claro, también depende del foro.
Hay tantos roles de seductor como personalidades y sus variantes:
El calavera: seductor fantaseado que suele ser deshonesto, desleal y amoral. No duda a la hora de conseguir lo perseguido
El idealista: creador de ilusiones en un mundo lleno de desencanto y dureza. Su seducción es ilimitada igual que el placer que se proporciona a sí mismo con ella.
El Dandy: es el más libre de todos los seductores. Juegan y crean su imagen haciendo de ella su herramienta para sacar los deseos reprimidos propios y de los demás.
El seductor Natural encarna las cualidades de la infancia. Transmite comodidad y simpatía para bajar las defensas de los demás, lo que le facilita enormente su tarea invasiva.
El Encantador desvía la atención de sí mismo para centrarse exclusivamente en su víctima. Así consigue que, aquellos a los que le gusta delegar, se entreguen a sus manejos; le acompañen, le sirvan de escudo y objetivo de usar y tirar llegado el caso.
El Carismático tiene como herramienta una elevada autoestima y un ego superlativo que arrebata a las masas. Pero las utiliza igual o peor que los anteriormente citados.
Y luego está el Anti… : inconscientes absolutamente de las consecuencias de sus actitudes, y además no les importa lo más mínimo, con tal de lograr su objetivo, que, lejos del bien colectivo, es absolutamente particular. Presumen de sensibles, solidarios y de darlo todo por la comunidad…. Pero están en las antípodas de todo eso: trastorno paranoide, histriónico, narcisismo antisocial y psicópatas codependientes.
Raramente son tipologías tan definidas, más bien se suman en un mismo individuo más de uno de estos perfiles. Y todos tienen su discurso.
Las palabras son los embriones de las ideas, el germen del pensamiento, la estructura de las razones, pero su contenido excede la definición oficial y simple de los diccionarios.
Las palabras arraigan en la inteligencia y crecen con ella, pero traen la semilla de una herencia cultural que trasciende al individuo. Viven también en los sentimientos, forman parte del alma y duermen en la memoria. Y a veces despiertan…
Si de pronto se conectase con plenitud con lo que verdaderamente significan, si al pronunciarlas u oírlas nuestra mente entendiese bien y de un golpe su sentido íntegro, nos sentiríamos atemorizados, por lo menos sobrecogidos ante el esencial dramatismo que encierran. Algunas palabras llevan su propio sambenito colgante, atesoran significados a menudo ocultos para el intelecto humano; sentidos que, sin embargo, quedan al alcance del conocimiento inconsciente.
Una palabra posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su propia vida; y el segundo se inserta en aquél pero alcanza a toda la colectividad.
Hay algo en el lenguaje que se transmite con un mecanismo similar al genético. Las palabras se heredan unas a otras, y nosotros también aproximando los ancestros para convertirlos casi en coetáneos. Se forma así un espacio que atrae como un agujero negro que queda oculto en el subconsciente. Desde ese lugar moverán los hilos del mensaje subliminal, para desarrollar la seducción. El más inteligente de los monos es incapaz de hablar, pero el más estúpido de los humanos podrá hacerlo aunque sea analfabeto, porque el habla forma parte de una esencia innata, impresa en el genotipo de nuestra especie y la adquisición del lenguaje, el primer aprendizaje, no tiene relación directa con la inteligencia. Se transmite como un legado que acumula experiencias seculares. Salvo deformaciones excepcionales.
Las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantos las hayan utilizado. Las palabras no sólo significan: también evocan.
Los psicoanalistas han estudiado muy bien el valor de la palabra en cada individuo. El lenguaje no es un producto, sino un proceso psíquico. Y una entrada en el mundo de los resortes que conducen a las seducciones humanas. Se potencian, se vinculan y se amplían algunos vocablos que se relacionan con la historia del individuo.
Ese valor profundo de las palabras, acumulado en sus usos, evoluciona con el ser humano: adquiere nuevos sentidos, nuevos temores, llevan a euforias diferentes.
Las herencias no se detienen; siguen progresando en la lengua, oponiéndose a la situación de cada momento. He aquí la verdadera evolución del idioma, la que se impregna de millones de experiencias y de usos que confluyen en una costumbre, decisiones de los pueblos que actúan por su cuenta y enriquecen su lengua pese a la influencia de las cúpulas sociales y de los medios de masas, de los que generalmente emanan efluvios empobrecedores que entontecen a la población.
Las palabras tienen una vida larga y amplia. Pronunciadas por los abuelos pueden sobrevivir a todas las influencias, porque se incrustaron en nuestra gramática cuando estábamos adquiriendo las herramientas del lenguaje, las que siempre anidarán en nuestra memoria. Y nuestros abuelos ya veían con malos ojos algunas de las cuales han quedado perpetuadas como peyorativas, o no. Dejaron el terreno abonado para que nosotros, en uso del lenguaje generativo que nos ha sido dado, modifiquemos poco a poco su sentido y cambiemos la gramática. “El idioma no se inventa, se hereda”, cómo no vamos a ser también herederos inconscientes de las propias palabras y de sus recursos, sus usos, sus pensamientos implícitos, cuando éstas adquieren sus formulaciones más sencillas. Así van acumulando poder, ampliando su espacio.
La palabra que decimos
viene de lejos,
y no tiene definición,
tiene argumento. (Luis Rosales)
Algunas guardan en sus sílabas un origen incierto, y muchas otras se vistieron de modernidad, pero abrigada en ella aún se ve su estirpe. El lenguaje procede de un encadenamiento de la razón; y nada resulta casual en él. El que dicta un texto habla en voz alta para que los demás obren en consecuencia. Determinadas palabras se han impregnado de un poder seductor. Son fuerzas de la naturaleza que se intenta dominar pero que también pueden desatarse sin que antes percibamos el peligro. El poder del agua, el calor del fuego, la seducción de la voz.
Los dominadores de la lengua toman todo el valor que la historia les ha dado, heredando también lo que supusieron para las civilizaciones pasadas. Las conciencias del mundo actual malversan el lenguaje, corrompen las palabras y explotan connotaciones interesadas.
“Inteligente” tiene la connotación de inter-ligare: reunir, relacionar. Y consideramos inteligente a la persona capaz de extraer conclusiones con el cotejo de hechos aparentemente distintos. Hoy es traducido por “listo”. Las palabras, en efecto, se heredan a sí mismas pero acumulan lo que lega cada generación, siempre encadenadas por un vínculo resistente. Tienen, pues, un poder oculto por cuanto evocan. Su historia forma parte de su significado pero queda escondida a menudo para la inteligencia. Y por eso seducen. Y esa capacidad de seducción/manipulación no reside en su función gramatical, sino en el valor latente de su sonido y de su historia, las relaciones que establece cada término con otros vocablos, la evolución que haya experimentado durante su larguísima existencia o, en otro caso, el vacío y la falsedad de su corta vida.
Nietzsche dijo que toda palabra es un prejuicio, y que toda palabra tiene su olor. La autorización y la prohibición, la tolerancia y la condena, la libertad y el impedimento se resumen en esas dos sílabas tan opuestas en su semantema y que constituyen la contestación más tajante y más simple que se pueda conocer. Pero además tienen otro poder. Ese poder que puede pasar inadvertido en una comunicación. Ese sentido subliminal, subyacente, oculto o semioculto constituye el elemento fundamental de su fuerza. Quien emplea las palabras de esa forma busca con intención encomiable, un efecto literario o quizá un endulzamiento amoroso, pero también esta fuerza interior del lenguaje sirve a quienes intentan manipular a sus semejantes y aprovecharse de ellos. Entre un extremo y otro se hallan el uso inconsciente, el ardid comercial, la argucia jurídica y la mentira.
La capacidad de seducción de las palabras, la fuerza que otorga a cada vocablo su historia oculta, cómo se tocan los lugares sensibles de nuestra memoria… y cuánto valor adquiere lo que millones de personas piensan con él que se transmite de generación en generación, conforma una potentísima capacidad de seducir, porque esos términos esconden al oído consciente gran parte de su significado. Y con el mismo gusto con que nos hundimos en el ritmo de un poema podremos desentrañar la retahíla mentirosa de un pelagallos.
Eso es la seducción de las palabras. Un arma terrible.




















