Mi experiencia en el Campamento Gospel de Villagonzalo · Laura Grande Germán · Puebla de la Calzada
Hace un par de días aterricé en la tierra tras una semana
dentro de un paraíso personal. Aquél paraíso ya se había convertido en un
estilo de vida desde hace unos años y es volver a pisarlo y volverse a promover
terremotos en tu interior. Huracanes, borrascas… De ese tipo de fenómeno
atmosférico que te pone los vellos de punta. Supongo que sabéis de que hablo,
por aquello de lo que se siente viviendo durante una semana en aquél lugar
pero, para que no haya lugar a dudas, hablo de esta Jauja: nuestro Góspel.
¿Qué por qué lo defino como tal? Porque durante una semana
nos alimentamos hasta la saciedad de sonrisas, de felicidad, de nuevas
emociones, de GIGANTES valores, de amor, de amistad, de pequeños gestos que se
convierten en lenguaje oficial, de detalles hermosos y retales de carnaval.
Porque una letra de canción nunca había resultado tan
significativa, nunca tan decidida a tararearse en tu cabeza. Porque madrugar se
convertía en motivo de peso para comenzar días en los que las sorpresas te
quitaban el sueño. Porque a medida que pasaba el tiempo se anudaban más fuertes
los lazos invisibles que unían los claramente evidentes deseos de entablar
amistad. Porque no habiéndose planeado, se repartían maravillosas sensaciones
en cada risa, en cada canto, en cada cocacolazo, en cada festival.
Se trata de una pequeña vida paralela, recomendable y
perfectamente aplicable a la principal. No podría definir con exactitud todo lo
que vives en ella pues considero que no existen caracteres concretos para ello,
pero sí me podría asemejar a la realidad afirmando lo llena que llegas a casa,
a pesar del vacío que experimentas cuando de repente termina, como cuando te
arrebatan algo de golpe, aunque sí con previo aviso. Y con peluca y nariz de
payaso. Y por una buena causa.
Se trata de una experiencia llena de lecciones; Una
experiencia inolvidable en su amplia acepción. Una experiencia rebosante de
razones por las que volver a repetirla una y otra vez, como si de la vez
primera se tratara. Experiencia que te muestra lo fácil que es ser feliz en cada
paso de tu vida y lo llevadero que se hace sonriendo. Experiencia que derriba
cualquier obstáculo. Experiencia que logra hacerte saber que no caminas sólo.
Nunca una frase cobró tanto sentido: Ya vés, TODO ACABA BIEN.
Pero lo bonito de vivir este estado del alma consiste en
compartirlo. Compartir requiere dar parte de lo que se tiene para que otra
persona lo pueda disfrutar conjuntamente y yo no sabía del verdadero
significado hasta que este año he podido experimentarlo. Y que tan fácil me lo
poníais. Dando sin esperar nada a cambio, recibiendo sin haberlo pedido con
anterioridad. Sonriendo por verlos sonreír, ayudando por seguir viéndolos así.
Y creciendo en cada acto, en cada oración.
Y como compartir también es agradecer, gracias a cada
monitor y liberado por individual, pues de no ser por ellos ninguno de nosotros
hubiéramos tenido la suerte de saborear esta destreza, por dejarnos aprender
tantísimo de vosotros, tanto y en tan poco tiempo, gracias por haber estado y
por estar, por mantener la ilusión del niño, y por hacérnosla llegar. Por
último, gracias a todos y cada uno de los gospelianos, sin vosotros nada de
esto tendría sentido.
Nos vemos pronto.
Hace un par de días aterricé en la tierra tras una semana
dentro de un paraíso personal. Aquél paraíso ya se había convertido en un
estilo de vida desde hace unos años y es volver a pisarlo y volverse a promover
terremotos en tu interior. Huracanes, borrascas… De ese tipo de fenómeno
atmosférico que te pone los vellos de punta. Supongo que sabéis de que hablo,
por aquello de lo que se siente viviendo durante una semana en aquél lugar
pero, para que no haya lugar a dudas, hablo de esta Jauja: nuestro Góspel.
¿Qué por qué lo defino como tal? Porque durante una semana nos alimentamos hasta la saciedad de sonrisas, de felicidad, de nuevas emociones, de GIGANTES valores, de amor, de amistad, de pequeños gestos que se convierten en lenguaje oficial, de detalles hermosos y retales de carnaval.
Porque una letra de canción nunca había resultado tan significativa, nunca tan decidida a tararearse en tu cabeza. Porque madrugar se convertía en motivo de peso para comenzar días en los que las sorpresas te quitaban el sueño. Porque a medida que pasaba el tiempo se anudaban más fuertes los lazos invisibles que unían los claramente evidentes deseos de entablar amistad. Porque no habiéndose planeado, se repartían maravillosas sensaciones en cada risa, en cada canto, en cada cocacolazo, en cada festival.
Se trata de una pequeña vida paralela, recomendable y perfectamente aplicable a la principal. No podría definir con exactitud todo lo que vives en ella pues considero que no existen caracteres concretos para ello, pero sí me podría asemejar a la realidad afirmando lo llena que llegas a casa, a pesar del vacío que experimentas cuando de repente termina, como cuando te arrebatan algo de golpe, aunque sí con previo aviso. Y con peluca y nariz de payaso. Y por una buena causa.
Se trata de una experiencia llena de lecciones; Una experiencia inolvidable en su amplia acepción. Una experiencia rebosante de razones por las que volver a repetirla una y otra vez, como si de la vez primera se tratara. Experiencia que te muestra lo fácil que es ser feliz en cada paso de tu vida y lo llevadero que se hace sonriendo. Experiencia que derriba cualquier obstáculo. Experiencia que logra hacerte saber que no caminas sólo. Nunca una frase cobró tanto sentido: Ya vés, TODO ACABA BIEN.
Pero lo bonito de vivir este estado del alma consiste en compartirlo. Compartir requiere dar parte de lo que se tiene para que otra persona lo pueda disfrutar conjuntamente y yo no sabía del verdadero significado hasta que este año he podido experimentarlo. Y que tan fácil me lo poníais. Dando sin esperar nada a cambio, recibiendo sin haberlo pedido con anterioridad. Sonriendo por verlos sonreír, ayudando por seguir viéndolos así. Y creciendo en cada acto, en cada oración.
Y como compartir también es agradecer, gracias a cada monitor y liberado por individual, pues de no ser por ellos ninguno de nosotros hubiéramos tenido la suerte de saborear esta destreza, por dejarnos aprender tantísimo de vosotros, tanto y en tan poco tiempo, gracias por haber estado y por estar, por mantener la ilusión del niño, y por hacérnosla llegar. Por último, gracias a todos y cada uno de los gospelianos, sin vosotros nada de esto tendría sentido.
Nos vemos pronto.




















