Morir por un whatssap
De las muchas historias personales que se contaron en relación a la
tragedia de las Torres Gemelas de Nueva York, hubo una que a mí me llamó
especialmente la atención. Se trataba de Carlos, un hispano que trabajaba
una de las oficinas más altas de la segunda torre. Cada mañana, al despedirse
de su mujer, ella le repetía que buscara otro trabajo, que esos rascacielos
eran una provocación para los terroristas. Por eso, cuando se estrelló el
primer avión, a él le saltaron todas las alarmas, entendió el peligro y bajó
corriendo por las escaleras más de cien pisos. Cuando llegó a la calle no paró
hasta varias manzanas después. Desde allí vio caer la segunda torre, donde
murieron todos sus compañeros de trabajo, que estaban llamando a sus amigos
y familiares para contarles el evento de primera mano. Fue lo último que
hicieron.
Esto me viene a la cabeza al saber que enviar un whatssap, un SMS o
un correo electrónico en plena conducción tiene la culpa «de gran parte de los
accidentes de tráfico por distracción» que se registran en España. Y es que
parece que hemos perdido el sentido del peligro, que nos encontramos en la
fantasía de que somos inmortales y que todo lo controlamos. Nada más lejos de
la realidad, desgraciadamente. En los últimos años se han producido en
Extremadura numerosos accidentes por salidas de vía de un solo vehículo a todas
las horas del día y de la noche. Aunque no sabemos las causas exactas, ahora
entiendo que en las carreteras se nos ha colado un enemigo letal, que es
ese afán irresistible de estar continuamente conectados. Los psicólogos ya
hablan de una auténtica adicción que nos hace salir de la realidad,
incluso ante un riesgo extremo.
Si el atentado de las Torres Gemelas se produjera ahora, creo que habría
muchos menos supervivientes, porque ni el mismo Carlos se podría resistir a
mandar mensajes, fotos, videos, twiter, retuiter y comentarios en Facebook. Con
tanta tarea llegaría el segundo avión y encontraría el edificio hasta la
bandera de gente. Volviendo a las estadisticas, imagino una escena que
me pone los pelos de punta. Una persona en plena juventud conduciendo un coche
en el que de repente se oye el aviso de un whatssap. Aparta la mirada y
la atención de la carretera y tres segundos después se sale a toda velocidad
por la cuneta, da varias vueltas y fallece. Así de duro y de triste. En su
móvil, para desesperación de todos sus seres queridos, un mensajito con los
elefantes haciendo la conga para celebrar la abdicación del rey Juan
Carlos. Si hubiera un concurso de formas absurdas de perder la vida, esta se
llevaría el primer premio. Sin ninguna duda.
De las muchas historias personales que se contaron en relación a la tragedia de las Torres Gemelas de Nueva York, hubo una que a mí me llamó especialmente la atención. Se trataba de Carlos, un hispano que trabajaba una de las oficinas más altas de la segunda torre. Cada mañana, al despedirse de su mujer, ella le repetía que buscara otro trabajo, que esos rascacielos eran una provocación para los terroristas. Por eso, cuando se estrelló el primer avión, a él le saltaron todas las alarmas, entendió el peligro y bajó corriendo por las escaleras más de cien pisos. Cuando llegó a la calle no paró hasta varias manzanas después. Desde allí vio caer la segunda torre, donde murieron todos sus compañeros de trabajo, que estaban llamando a sus amigos y familiares para contarles el evento de primera mano. Fue lo último que hicieron.
Esto me viene a la cabeza al saber que enviar un whatssap, un SMS o un correo electrónico en plena conducción tiene la culpa «de gran parte de los accidentes de tráfico por distracción» que se registran en España. Y es que parece que hemos perdido el sentido del peligro, que nos encontramos en la fantasía de que somos inmortales y que todo lo controlamos. Nada más lejos de la realidad, desgraciadamente. En los últimos años se han producido en Extremadura numerosos accidentes por salidas de vía de un solo vehículo a todas las horas del día y de la noche. Aunque no sabemos las causas exactas, ahora entiendo que en las carreteras se nos ha colado un enemigo letal, que es ese afán irresistible de estar continuamente conectados. Los psicólogos ya hablan de una auténtica adicción que nos hace salir de la realidad, incluso ante un riesgo extremo.
Si el atentado de las Torres Gemelas se produjera ahora, creo que habría muchos menos supervivientes, porque ni el mismo Carlos se podría resistir a mandar mensajes, fotos, videos, twiter, retuiter y comentarios en Facebook. Con tanta tarea llegaría el segundo avión y encontraría el edificio hasta la bandera de gente. Volviendo a las estadisticas, imagino una escena que me pone los pelos de punta. Una persona en plena juventud conduciendo un coche en el que de repente se oye el aviso de un whatssap. Aparta la mirada y la atención de la carretera y tres segundos después se sale a toda velocidad por la cuneta, da varias vueltas y fallece. Así de duro y de triste. En su móvil, para desesperación de todos sus seres queridos, un mensajito con los elefantes haciendo la conga para celebrar la abdicación del rey Juan Carlos. Si hubiera un concurso de formas absurdas de perder la vida, esta se llevaría el primer premio. Sin ninguna duda.




















