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Manuel García Cienfuegos
Domingo, 30 de Marzo de 2014

Restáuranos, Piedad

El dolor del alma nunca tuvo puesto

 mejor nombre en el rostro, Piedad.

 

 

Allá por el pegajoso y dulzón mes de septiembre, cuando los latidos de uvas pedían partos de bodegones de vendimia y serones para ser conducidos a los lagares, la bendita imagen de Ntra. Señora de la Piedad abandonaba la clausura del convento de las hijas de Madre Santa Clara para emprender un viaje hasta la ciudad de Córdoba, donde ha estado durante seis meses en el taller del escultor Miguel Ángel González Jurado.

Ahora, cuando la luz escribe lecciones de primavera. Cuando ensayan tambores y trompetas. Cuando falta poco para que regrese el gozo por el revuelo de capas y apreturas de túnicas recién planchadas. Cuando las jacarandas ya se han vestido de malva y hay sueños inquietos en los hombros de los costaleros. Ahora, vuelve, ha vuelto, ha regresado, Ella, la madre, Ntra. Señora de la Piedad.

Ahora, aquí, en el altar de cultos de la capilla del convento de las clarisas, junto a la imagen de su hijo, Nuestro Señor del Pasmo, nos anuncia que vuelve a abrir sus manos y corazón para ayudarnos a que ninguna madre tenga que mirar a su hijo crucificado.

Ha vuelto para curarnos, sanarnos y restaurarnos. Para restaurar nuestros corazones vendados por su Hijo. Ha vuelto la Señora del silencio, del amor y de la entrega. La Señora de la palabra recibida y de la palabra empeñada. Señora de la paz y la esperanza.

Has vuelto, Piedad, para recomponer nuestras heridas de la vida. Has vuelto para procurar salud a nuestros enfermos, lo necesitan tanto. Has regresado para interceder en el socorro a los necesitados, a los que sufren, a los desahuciados. Estás aquí, has venido, para ser pañuelo donde enjugar el llanto de tantas familias desesperadas. Porque tú, Piedad, eres la madre que todo lo asume y todo lo soporta.

Te pido, Piedad, ánimo, mucho ánimo para que no nos arruguemos a la hora de dar testimonio de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano. Acuérdate de tus hijos cofrades, te quieren y te veneran tanto.

Te podía seguir enumerando, pidiendo, para que intercedas por tantas necesidades de esta sociedad llena de tantos ruidos, de tantas voces, de tantos escándalos y lamentos, pero tú lo sabes todo, Piedad.

Oh madre de Dios, madre nuestra, seas bienvenida a tu casa, tus hijas, las hijas de Clara de Asís, te echaban tanto de menos, andaban algo huérfanas. Todos queríamos verte de nuevo en casa. Y como el salmista, en esta hora, te pido que nos restaures y que brille tu rostro y nos salve, Piedad.

 

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