¡Chacha, atiza!
Dicen que la nostalgia es memoria, recuerdo y añoranza.
Afirmo y promulgo que nadie, absolutamente nadie, jamás, me va a quitar la
dulzura que me produce la melancolía que me traen los recuerdos. Para la gente
que me anima a que siga y siga escribiendo.
Dolores Cabañas
Durán que vendía verduras en su casa de la calle Ibáñez Marín. El herradero de
don Alonso Torres, que luego continuó con él Felipe Cruz. Los perdigones y los
canarios de la albardonería de Juan Durán. Luis Barril Coria que diseñaba las
carrozas de la Cabalgata de Reyes que hacía la OJE. La unidad informativa de
Radiocadena Española en la cocina de la casa de doña Adelina, en la plaza de
Santa Clara. “Un hombre indeciso corre por la calle de Teléfonos/y el Chambo y
Simón San Juan van en su auxilio, en su encuentro,/conduciendo un cadáver, uno
a los pies, otro al cuello/Pasan por los soportales de la plaza del
Ayuntamiento,/y el Chambo enciende ocho palmas/que adornan nuestro paseo/con velones
gigantes que muy pronto apaga el viento. ¡Ha muerto Pedrito Alonso! ¡Pedrito
Alonso se ha muerto!”, versos de Blas Quintana Gragera, que fue interventor del
Ayuntamiento. La expresión “Jesús, María y José”.
Las
mujeres encendiendo las planchas de carbón en la puerta de las casas a base de
movimientos con los brazos para que éstas prendieran. La expresión que solía
decirse cuando el brasero de picón no calentaba, “Chacha, atiza”. La
plantilla del Ayuntamiento a finales de los años cuarenta, siendo alcalde el
médico don Lucas Rodilla, formada por don Rafael González Castell, Guillermo
Marín, Pepe Lavado, Sancho Vaca, Ruperto Menayo, Luis González, Félix
Gutiérrez, Félix Lozano, Bartolomé Rodríguez, Pedro Sánchez y Manolo Capilla;
junto con los municipales, Juan Rico Moreno, que era el cabo, Pedro Sánchez
Rodríguez, José López Espinosa, José López Castillo, Fernando Duque Sánchez, Augusto
Carreto Gómez, Simón San Juan y Pedro Parro, que era el aguacil. La relojería
Casa Repiso, de José Moreno Leffler, que estuvo en la calle Cánovas, y también
vendía muelles para los gramófonos. Bartolomé Gutiérrez Villares, coche de
alquiler.
¡Queso de oveja,
queso! El familiar del paciente preguntándole al médico don Manuel Zúñiga ¿cómo
lo encuentra? a lo que él respondía, “yo lo veo bien, pero como le falle el
corazón, no tenemos a nadie”. Los refrescos de naranja y limón que hacía
Salvador Moreno, dueño del conocido Bar Sanjo, a los que puso el nombre
comercial de Colín. La barbería de Francisco Dorado Serrano. El coro de niñas
de doña Rafaela Guisado, cantando, en la ermita de Jesús, en el septenario a la
Virgen de los Dolores. Tergal, la alegría de vestir. La tienda de Aprosuba en
la plaza de Abastos, esquina a la plaza del Conde. La tahona Nuestra Señora de
Barbaño, de Juan Esteban Perera. El Club de baloncesto Veteranos Pacenses,
jugando un partido en el cine Emperatriz de verano.
El silbato que
hacían los muchachos a base de raspar y raspar el hueso de un melocotón. Las
tapas de goma de la marca Continental que ponían los zapateros a los tacones de
material ya gastados. Las aventuras del paje Elgorriaga, el chocolate de los
Reyes Magos, que anunciaba montañas de juguetes. El hincha porrincha, muy
conocido, entre los jóvenes, por sus propiedades para el desarrollo del
crecimiento. La raíz del melón bravío, de efecto benefactor para las
hemorroides. La torvisca, empleada para quitar el moquillo de los galgos y para
capar a los chivos. De la canción Samba del hongo, “Ayer en la calle de
Porras/una vieja a mí me dijo/que es una exageración/tanto baile en el
Montijo”. Las manzanas, chupes y martillos hechos de caramelo en la feria. Las
máquinas expendedoras de bolas de chicle. Los sobres sorpresa de la tómbola de
Dimas. Los polvos ZZ por los rincones. La familia Trapisonda, un grupito que es
la monda.
Dicen que la nostalgia es memoria, recuerdo y añoranza. Afirmo y promulgo que nadie, absolutamente nadie, jamás, me va a quitar la dulzura que me produce la melancolía que me traen los recuerdos. Para la gente que me anima a que siga y siga escribiendo.
Dolores Cabañas Durán que vendía verduras en su casa de la calle Ibáñez Marín. El herradero de don Alonso Torres, que luego continuó con él Felipe Cruz. Los perdigones y los canarios de la albardonería de Juan Durán. Luis Barril Coria que diseñaba las carrozas de la Cabalgata de Reyes que hacía la OJE. La unidad informativa de Radiocadena Española en la cocina de la casa de doña Adelina, en la plaza de Santa Clara. “Un hombre indeciso corre por la calle de Teléfonos/y el Chambo y Simón San Juan van en su auxilio, en su encuentro,/conduciendo un cadáver, uno a los pies, otro al cuello/Pasan por los soportales de la plaza del Ayuntamiento,/y el Chambo enciende ocho palmas/que adornan nuestro paseo/con velones gigantes que muy pronto apaga el viento. ¡Ha muerto Pedrito Alonso! ¡Pedrito Alonso se ha muerto!”, versos de Blas Quintana Gragera, que fue interventor del Ayuntamiento. La expresión “Jesús, María y José”.
Las mujeres encendiendo las planchas de carbón en la puerta de las casas a base de movimientos con los brazos para que éstas prendieran. La expresión que solía decirse cuando el brasero de picón no calentaba, “Chacha, atiza”. La plantilla del Ayuntamiento a finales de los años cuarenta, siendo alcalde el médico don Lucas Rodilla, formada por don Rafael González Castell, Guillermo Marín, Pepe Lavado, Sancho Vaca, Ruperto Menayo, Luis González, Félix Gutiérrez, Félix Lozano, Bartolomé Rodríguez, Pedro Sánchez y Manolo Capilla; junto con los municipales, Juan Rico Moreno, que era el cabo, Pedro Sánchez Rodríguez, José López Espinosa, José López Castillo, Fernando Duque Sánchez, Augusto Carreto Gómez, Simón San Juan y Pedro Parro, que era el aguacil. La relojería Casa Repiso, de José Moreno Leffler, que estuvo en la calle Cánovas, y también vendía muelles para los gramófonos. Bartolomé Gutiérrez Villares, coche de alquiler.
¡Queso de oveja, queso! El familiar del paciente preguntándole al médico don Manuel Zúñiga ¿cómo lo encuentra? a lo que él respondía, “yo lo veo bien, pero como le falle el corazón, no tenemos a nadie”. Los refrescos de naranja y limón que hacía Salvador Moreno, dueño del conocido Bar Sanjo, a los que puso el nombre comercial de Colín. La barbería de Francisco Dorado Serrano. El coro de niñas de doña Rafaela Guisado, cantando, en la ermita de Jesús, en el septenario a la Virgen de los Dolores. Tergal, la alegría de vestir. La tienda de Aprosuba en la plaza de Abastos, esquina a la plaza del Conde. La tahona Nuestra Señora de Barbaño, de Juan Esteban Perera. El Club de baloncesto Veteranos Pacenses, jugando un partido en el cine Emperatriz de verano.
El silbato que hacían los muchachos a base de raspar y raspar el hueso de un melocotón. Las tapas de goma de la marca Continental que ponían los zapateros a los tacones de material ya gastados. Las aventuras del paje Elgorriaga, el chocolate de los Reyes Magos, que anunciaba montañas de juguetes. El hincha porrincha, muy conocido, entre los jóvenes, por sus propiedades para el desarrollo del crecimiento. La raíz del melón bravío, de efecto benefactor para las hemorroides. La torvisca, empleada para quitar el moquillo de los galgos y para capar a los chivos. De la canción Samba del hongo, “Ayer en la calle de Porras/una vieja a mí me dijo/que es una exageración/tanto baile en el Montijo”. Las manzanas, chupes y martillos hechos de caramelo en la feria. Las máquinas expendedoras de bolas de chicle. Los sobres sorpresa de la tómbola de Dimas. Los polvos ZZ por los rincones. La familia Trapisonda, un grupito que es la monda.





















