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Manuel García Cienfuegos
Jueves, 04 de Abril de 2013

Viajeros al tren

El campo continúa con sus brochazos pintando el bodegón de todos los años. Se avecinan días de romerías, mientras, ahora, el aire nos trae la palabra que dicta la memoria.

La carbonería de Paco Pascual. La fragua de Aquilino Melara en la calleja del Valle, esquina con la calle Piñuela. La taberna de Dionisio Hidalgo, que también estaba en la calleja del Valle, hoy Pintor Murillo. Los transportistas Marcelo, Luis Sánchez, Manolo Álvarez, Fernando Díaz, Fernando Almirante, Antonio Ruiz y Paredes. El día de san Blas, en el cerro de san Gregorio, cogiendo flores a las que, por su forma, llamábamos candiles. Juan Romano, cortador de pieles, que atendía a los zapateros que compraban los materiales en Calzados Pérez. La taberna del Basero, en la Avenida Emperatriz, donde estuvo la carnicería de María Cruz, al que le gustaba tocar la guitarra. La carbonería de Francisco, que era de la Puebla, al final de la calle Acinco; frente a ella estaba la pescadería de Baños.

Luisito y Juanito, recogepelotas del Montijo, que competían y discutían por ver quién cogía antes el balón que salía del terreno de juego; cuando el balón salía fuera del campo, hacia la carretera don Carlos, se desentendían y ninguno de los dos quería ir a buscarlo. Los montaditos del bar de José, que estaba junto al baile de Cuellar. En el cine Avenida, conocido como el Chaleco, Santiago Amaro y Manuel López Cadenas, porteros; Toni Aunión, en la taquilla; Carlos Menayo, operador de la máquina y Alfonso García, el mellao, en el bar. Llegar a casa a las diez de la noche, que esa era la hora máxima que te daban para salir. Bitoque, otro de los mulos que tuvo Dionisio Durán Concepción, tirando del carro de la carne. La carbonería de Isidro del Viejo. Triviño, Gerardo, Piedad, Pedrito, Tamayo, Eladio, Halcón, Dimas y Portu, porteros del Montijo. La peluquería de Alfonso Romero Vargas en la calle Santa Ana. José Ángel Iríbar, el chopo, portero del Atlétic de Bilbao, que visitó la peña cuando estaba en el bar La Posá. Los libros forrados de la escuela. La bodega de Antolín en la calle de Arriba. Las sillas que hacía Pepe Tapia. La talega del pan.

Las latas abiertas de los papardos colocadas en el mostrador de los ultramarinos. Las naranjas con su envoltorio de papel blanco. El comercio de Paco López, el gallinero, en la calle San Gregorio. Antonio Macarro con la bandera de la Adoración Nocturna en la procesión del Corpus. Sal diablo de este rincón, que ha resucitado Nuestro Señor. El canto alusivo al rosario de la aurora, “Los que van al rosario no pasan frío, los que están en la cama están arrecíos”. Las letras HDM (Hijas de María) que estaban en la verja de la capilla, hoy de la Virgen del Carmen, de la iglesia de San Pedro. Los señores Lázaro y Roncero, guardias civiles jubilados, con sus batas de color gris de ordenanzas en el Instituto Vegas Bajas. Un Zerpe, mi primer reloj. El camión de Llanos que en el parachoques trasero llevaba un cartel que decía “Atención, frenos de varilla”. El cuadro de la Santa Cena presidiendo el comedor de las casas. Blas Quintana, interventor del Ayuntamiento.

La bandera de España en el balcón de la Hermandad de Labradores, a media asta y con un crespón negro en señal de luto por la muerte del papa Juan XXIII. La casita de la jorobá, en el camino viejo de Barbaño. El dicho “Piiiiiiiiiiiiiiiiiií. Viajeros al tren, Montijo cinco minutos, no para más porque son muy brutos”. Juan de la O vendiendo por la calle sardinas de la pescadería de Miguel Cuellar; cuando en plan cachondeo le preguntaban ¿Hay sardinas?, él contestaba, “¡No!, hay maricones”. El comercio de Isidoro Gragera, en la calle de Arriba. Las primeras plantaciones de arroz del valenciano Constancio Cutanda. Las lavativas que nos ponían como laxantes. El bar El Gol, que era del municipal Miguel Sánchez, el cano, en el barrio de la Pringue. La rifa de un Renault de Talleres Villalobos a beneficio del Montijo. La huerta de Pichurrín, frente a la fragua de los hermanos Regalado.

 

 

 

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