Pepe Piñero que está en los cielos
Cada primavera vuelve a brotar la flor de la memoria. El
enviado del tiempo de la luz y del júbilo, mensajero celeste que este año ha
sido más exacto y profundo que nunca, nos transmite la amargura y la tortura de
la verdad revelada. El tiempo dibuja y pinta, esculpe y reza, derritiendo la
cera que nubla nuestras tristezas, pretendiendo, a veces, empañar nuestros
recuerdos.
Las golondrinas y los vencejos han llegado para que la
leyenda siga siendo cierta, quitarle las espinas de la corona a este misterio
que es verdad proclamada en la encarnación de Dios entre nosotros. El que todo,
absolutamente todo, lo puede.
Este tiempo de prolongados silencios, que también oímos,
porque el silencio es un sonido más, nos interpela a que reflexionemos en la
tristeza de estos días de Cuaresma y en el gozo eterno de los que vendrán.
Canta el pueblo, pide perdón y misericordia. Al ritmo cadencioso del canto del
miércoles de ceniza, antífona de tiempos para el ayuno, la oración y la
caridad, vemos cómo Cristo agoniza en la cruz. Los pies clavados, el cuerpo
pendiente, el rostro ensangrentado, la mirada compasiva y penetrante. Mirada de
pura agonía. El pecado de todos, frente a la inocencia y misericordia divinas.
¡Qué grande es Dios cuando agoniza sobre un monte de claveles rojos la noche
del Jueves Santo! Dios que nació niño sobre otro monte, aquel intacto de
corcho, el del belén de la infancia que nos trajeron los fríos de diciembre.
Ahora llegan días en los que el Evangelio será
hermosamente proclamado. Mensaje que nos alumbra, amor sin trabas que quiere
abrazarnos durante siete días para traer toda la gloria a nuestras manos. En
ellos, preludio de profecía y súplica, antes de que llegara la luna de
Parasceve, aquel hombre de la memoria y el recuerdo, se concentraba en la
pasión de Dios. Pepe Piñero, pura esencia de la mejor inocencia encontrada, se
aprestaba a la faena de sus mejores quehaceres.
Un día y otro nos iba adelantando el programa de las
procesiones para la
Semana Santa, como si se tratara de una onda prodigiosa
recién salida del invento de Marconi. Nos narraba, como el mejor de los
locutores, primicias informativas de lo que estaba por llegar. ¡Este año los
“coloraos” traen la
Artillería de Mérida! ¡Me han dicho que los “negros” van a
traer los soldados de la Base
de Talavera! ¡Sí…! ¡La Banda
toca en el Santo Entierro! Después se frenaba en seco, tomaba aliento para un
nuevo impulso, paraba para reordenar su redacción de noticias, se reía y,
siguiendo con su mirada inofensiva, arrancaba de nuevo con su clásica muletilla
¡Sí… primo! Siempre tuvo conmigo esa afección de parentesco, que aunque algo
lejano, sí que teníamos. Luego su sencillez le transportaba a terrenos confidenciales
¡Primo te voy a decir un “recao”! Así nos alertaba, ofreciéndonos una noticia
para él muy íntima, aunque con la habilidad de su exenta astucia, pretendía
sacarnos a cambio información privilegiada.
¡Pepe! ¿No sabes quien sale este año en la portada de la Revista de la Semana Santa? Nueva
sonrisa, en un compás de espera, formateando el disco duro de su memoria,
mientras su figura se bamboleaba, hacia delante y atrás, por el persistente
juego de rastrear la suela del calzado derecho, para luego tocarse el tacón
contra la puntera de su feliz zapato izquierdo. ¡Sí…! ¿No sé? Manifiesto del
más puro gozo, esperando la codiciada noticia ¡La burrita!
Su cara reflejaba, cual fedatario público, la alegría del
bullicio por el revoloteo de olivos y palmas de la mañana del Domingo de Ramos,
viéndose delante del Maestro, que llega para salvarnos. Ellos dos frente a
frente. Se produce el diálogo. El asno rebuzna ¡Si este calla, hablarán las
piedras! Y Pepe tímidamente señala ¡Sí, el Señor! Y ajeno al diálogo, mira al
cielo ¡Sale la primera! ¡La burrita! Y entre cantos de hosannas y alabanzas, se
marchaba con un manojo de verde olivo para la cabecera de su cama
Si había un templo preferido por Pepe Piñero, ese sin
ninguna duda ni titubeo era la ermita de Jesús. ¡Cuántas mañanas de Viernes
Santo hemos pasado con él! Llegaba con discreción y cautela. Primero miraba,
captando el ambiente. Avanzaba unos metros hacia el interior, retraído y
temeroso, incapaz de decirnos ¡Permiso! ¿Permiso en la casa de Dios?
Pepe Piñero, fue muy educado, pulcro, correcto y exquisito
en el trato. Su educación demostrada, podía llegar en momentos confusos, todo
lo más a un silencio, agachar la cabeza y seguir su camino. ¡Hombre Pepe, pasa!
La ermita de Jesús era un hervidero en la mañana del día de tinieblas. Allí
todos nos afanábamos en los quehaceres cofrades. Limpiar la plata, preparar la
cera, montar y colocar los enseres, la imagen, las flores, las almohadillas, el
faldón. Pepe miraba y volvía a mirar, sin perder detalle. Se recreaba contemplando
la expresión serena de la muerte en el rostro del Santísimo Cristo Yacente y en
las lágrimas de Nuestra Señora de los Dolores.
Recuerdo, ahondando en la encrucijada de mi memoria, una
mañana como tantas, antes de que el varón de dolores gritara desde el madero.
Cuando la ermita del Nazareno tenía patio, pero no disponía de agua, ya que
habían cegado el pozo, ocurrió un pasaje con semejante respuesta a la que dio
aquel maestro, antes de finalizar su desacertada faena ¡Las broncas se las
lleva el viento, pero las cornás se las lleva uno! ¡Primo!, mira lo que dice
Teodoro que vaya a por agua a casa de Manuela Pajuelo, ¡Qué vaya él! Y en
estampida, dejó el cubo en el suelo y salió sin decirle adiós ni a Simón
Cirineo.
Así, año tras año, llegaba el Corpus y la Virgen de Barbaño, y Pepe
Piñero era feliz; como aquel Viernes Santo, cuando cogí del paso del Santo
Entierro un clavel para prendérselo en el ojal de su chaqueta. Se mostró
reticente, refunfuñó y no quiso. El silencio fue su respuesta. Después comprendí
y entendí la soberana lección que me daba, ya que interpretó que aquel clavel
rojo tenía otra utilidad muy diferente de la que yo pretendía. El clavel era
objeto sagrado, alfombra para albergar el cuerpo inerte, sin vida, del Dios
hombre.
A la caída de la tarde, al llegar la noche de tinieblas
del Viernes Santo, Pepe volvía a la ermita de Jesús, con su traje de color
oscuro. Le habían inculcado desde pequeño que debía marchar calladamente en el
largo cortejo del Entierro Santo. Delicada cortesía para él, hecha ritual,
renovada todos los años. Y allí, detrás del paso de la Virgen de los Dolores,
detrás de las autoridades y las representaciones, Pepe recorría un Gólgota
figurado, en silencio, con la cabeza gacha ¡No se puede levantar la voz, el
Señor ha muerto!
El sábado, calma y sosiego. Tiempo de espera, rememorando
las airadas voces y los gritos no pregonados. Cabizbajos nos afanábamos en
recoger el ajuar procesional. Sin avisar, nuevamente aparecía Pepe, tapando la
poca luz que permitía pasar la puerta del templo entornada, sobre la que
danzaba aún el humo difuminado del incienso.
No hacia falta decirle nada, era todo un torrente ¡Primo,
qué bonita la procesión! ¡Sí… me han gustado los tambores y trompetas de Jerez!
¡Tocan muy bien! ¡Sí…! Su mirada se quedaba embelesada, casi hipnotizada en el
Senatus. En el águila imperial, invicto pájaro; la corona de laurel, el César y
el trapo con las letras bordadas en hilo de oro, SPQR. Nunca llegó a entender
que aquello se relacionaba con el poder de los romanos. Pepe nunca comprendió
que el esposo de Claudia Prócula, Poncio Pilatos, fue uno de los protagonistas
de la Pasión
del nazareno. Que a aquel gobernador romano, viéndose acorralado por la chusma
no le quedó otro remedio que decir ¡Ahí tenéis la centuria romana, haced con él
lo que pedís! ¡Yo me lavo las manos! ¡Que me traigan una palangana!
Pepe Piñero volvía de nuevo a la realidad cierta ¡Primo,
mañana sale la procesión del Resucitao! ¡Sí…! ¡En el paseo! ¡San Juan, la Magdalena, la Virgen y el Señor! ¡Toca la Banda de Música! ¡La gente
aplaude! ¡El Señor ha resucitao! Nueva lección teológica. La muerte triunfó
sobre la muerte, para apostillar, la vida se impuso sobre la muerte.
El 18 de octubre de 1996, festividad del evangelista san
Lucas, con una sonrisa en sus labios, sin molestar, se fue en busca de la
gozosa compañía eterna del Padre “os
aseguro que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”, “dichosos
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Pepe Piñero que estás en los cielos.
Evoco, desde el cariño y respeto, la figura entrañable de
Pepe Piñero. Hubo un tiempo que no se podía concebir la Semana Santa sin su presencia.
Lo sabía todo sobre las procesiones, bandas de música, recorridos, la revista,
las imágenes, la ermita de Jesús… el Corpus, la Virgen de Barbaño... (Pepe
Piñero que estás en los cielos fue publicado en el número 27 -marzo 2007- de la
edición impresa de Crónicas de un Pueblo)
Cada primavera vuelve a brotar la flor de la memoria. El enviado del tiempo de la luz y del júbilo, mensajero celeste que este año ha sido más exacto y profundo que nunca, nos transmite la amargura y la tortura de la verdad revelada. El tiempo dibuja y pinta, esculpe y reza, derritiendo la cera que nubla nuestras tristezas, pretendiendo, a veces, empañar nuestros recuerdos.
Las golondrinas y los vencejos han llegado para que la leyenda siga siendo cierta, quitarle las espinas de la corona a este misterio que es verdad proclamada en la encarnación de Dios entre nosotros. El que todo, absolutamente todo, lo puede.
Este tiempo de prolongados silencios, que también oímos, porque el silencio es un sonido más, nos interpela a que reflexionemos en la tristeza de estos días de Cuaresma y en el gozo eterno de los que vendrán. Canta el pueblo, pide perdón y misericordia. Al ritmo cadencioso del canto del miércoles de ceniza, antífona de tiempos para el ayuno, la oración y la caridad, vemos cómo Cristo agoniza en la cruz. Los pies clavados, el cuerpo pendiente, el rostro ensangrentado, la mirada compasiva y penetrante. Mirada de pura agonía. El pecado de todos, frente a la inocencia y misericordia divinas. ¡Qué grande es Dios cuando agoniza sobre un monte de claveles rojos la noche del Jueves Santo! Dios que nació niño sobre otro monte, aquel intacto de corcho, el del belén de la infancia que nos trajeron los fríos de diciembre.
Ahora llegan días en los que el Evangelio será hermosamente proclamado. Mensaje que nos alumbra, amor sin trabas que quiere abrazarnos durante siete días para traer toda la gloria a nuestras manos. En ellos, preludio de profecía y súplica, antes de que llegara la luna de Parasceve, aquel hombre de la memoria y el recuerdo, se concentraba en la pasión de Dios. Pepe Piñero, pura esencia de la mejor inocencia encontrada, se aprestaba a la faena de sus mejores quehaceres.
Un día y otro nos iba adelantando el programa de las procesiones para la Semana Santa, como si se tratara de una onda prodigiosa recién salida del invento de Marconi. Nos narraba, como el mejor de los locutores, primicias informativas de lo que estaba por llegar. ¡Este año los “coloraos” traen la Artillería de Mérida! ¡Me han dicho que los “negros” van a traer los soldados de la Base de Talavera! ¡Sí…! ¡La Banda toca en el Santo Entierro! Después se frenaba en seco, tomaba aliento para un nuevo impulso, paraba para reordenar su redacción de noticias, se reía y, siguiendo con su mirada inofensiva, arrancaba de nuevo con su clásica muletilla ¡Sí… primo! Siempre tuvo conmigo esa afección de parentesco, que aunque algo lejano, sí que teníamos. Luego su sencillez le transportaba a terrenos confidenciales ¡Primo te voy a decir un “recao”! Así nos alertaba, ofreciéndonos una noticia para él muy íntima, aunque con la habilidad de su exenta astucia, pretendía sacarnos a cambio información privilegiada.
¡Pepe! ¿No sabes quien sale este año en la portada de la Revista de la Semana Santa? Nueva sonrisa, en un compás de espera, formateando el disco duro de su memoria, mientras su figura se bamboleaba, hacia delante y atrás, por el persistente juego de rastrear la suela del calzado derecho, para luego tocarse el tacón contra la puntera de su feliz zapato izquierdo. ¡Sí…! ¿No sé? Manifiesto del más puro gozo, esperando la codiciada noticia ¡La burrita!
Su cara reflejaba, cual fedatario público, la alegría del bullicio por el revoloteo de olivos y palmas de la mañana del Domingo de Ramos, viéndose delante del Maestro, que llega para salvarnos. Ellos dos frente a frente. Se produce el diálogo. El asno rebuzna ¡Si este calla, hablarán las piedras! Y Pepe tímidamente señala ¡Sí, el Señor! Y ajeno al diálogo, mira al cielo ¡Sale la primera! ¡La burrita! Y entre cantos de hosannas y alabanzas, se marchaba con un manojo de verde olivo para la cabecera de su cama
Si había un templo preferido por Pepe Piñero, ese sin ninguna duda ni titubeo era la ermita de Jesús. ¡Cuántas mañanas de Viernes Santo hemos pasado con él! Llegaba con discreción y cautela. Primero miraba, captando el ambiente. Avanzaba unos metros hacia el interior, retraído y temeroso, incapaz de decirnos ¡Permiso! ¿Permiso en la casa de Dios?
Pepe Piñero, fue muy educado, pulcro, correcto y exquisito en el trato. Su educación demostrada, podía llegar en momentos confusos, todo lo más a un silencio, agachar la cabeza y seguir su camino. ¡Hombre Pepe, pasa! La ermita de Jesús era un hervidero en la mañana del día de tinieblas. Allí todos nos afanábamos en los quehaceres cofrades. Limpiar la plata, preparar la cera, montar y colocar los enseres, la imagen, las flores, las almohadillas, el faldón. Pepe miraba y volvía a mirar, sin perder detalle. Se recreaba contemplando la expresión serena de la muerte en el rostro del Santísimo Cristo Yacente y en las lágrimas de Nuestra Señora de los Dolores.
Recuerdo, ahondando en la encrucijada de mi memoria, una mañana como tantas, antes de que el varón de dolores gritara desde el madero. Cuando la ermita del Nazareno tenía patio, pero no disponía de agua, ya que habían cegado el pozo, ocurrió un pasaje con semejante respuesta a la que dio aquel maestro, antes de finalizar su desacertada faena ¡Las broncas se las lleva el viento, pero las cornás se las lleva uno! ¡Primo!, mira lo que dice Teodoro que vaya a por agua a casa de Manuela Pajuelo, ¡Qué vaya él! Y en estampida, dejó el cubo en el suelo y salió sin decirle adiós ni a Simón Cirineo.
Así, año tras año, llegaba el Corpus y la Virgen de Barbaño, y Pepe Piñero era feliz; como aquel Viernes Santo, cuando cogí del paso del Santo Entierro un clavel para prendérselo en el ojal de su chaqueta. Se mostró reticente, refunfuñó y no quiso. El silencio fue su respuesta. Después comprendí y entendí la soberana lección que me daba, ya que interpretó que aquel clavel rojo tenía otra utilidad muy diferente de la que yo pretendía. El clavel era objeto sagrado, alfombra para albergar el cuerpo inerte, sin vida, del Dios hombre.
A la caída de la tarde, al llegar la noche de tinieblas del Viernes Santo, Pepe volvía a la ermita de Jesús, con su traje de color oscuro. Le habían inculcado desde pequeño que debía marchar calladamente en el largo cortejo del Entierro Santo. Delicada cortesía para él, hecha ritual, renovada todos los años. Y allí, detrás del paso de la Virgen de los Dolores, detrás de las autoridades y las representaciones, Pepe recorría un Gólgota figurado, en silencio, con la cabeza gacha ¡No se puede levantar la voz, el Señor ha muerto!
El sábado, calma y sosiego. Tiempo de espera, rememorando las airadas voces y los gritos no pregonados. Cabizbajos nos afanábamos en recoger el ajuar procesional. Sin avisar, nuevamente aparecía Pepe, tapando la poca luz que permitía pasar la puerta del templo entornada, sobre la que danzaba aún el humo difuminado del incienso.
No hacia falta decirle nada, era todo un torrente ¡Primo, qué bonita la procesión! ¡Sí… me han gustado los tambores y trompetas de Jerez! ¡Tocan muy bien! ¡Sí…! Su mirada se quedaba embelesada, casi hipnotizada en el Senatus. En el águila imperial, invicto pájaro; la corona de laurel, el César y el trapo con las letras bordadas en hilo de oro, SPQR. Nunca llegó a entender que aquello se relacionaba con el poder de los romanos. Pepe nunca comprendió que el esposo de Claudia Prócula, Poncio Pilatos, fue uno de los protagonistas de la Pasión del nazareno. Que a aquel gobernador romano, viéndose acorralado por la chusma no le quedó otro remedio que decir ¡Ahí tenéis la centuria romana, haced con él lo que pedís! ¡Yo me lavo las manos! ¡Que me traigan una palangana!
Pepe Piñero volvía de nuevo a la realidad cierta ¡Primo, mañana sale la procesión del Resucitao! ¡Sí…! ¡En el paseo! ¡San Juan, la Magdalena, la Virgen y el Señor! ¡Toca la Banda de Música! ¡La gente aplaude! ¡El Señor ha resucitao! Nueva lección teológica. La muerte triunfó sobre la muerte, para apostillar, la vida se impuso sobre la muerte.
El 18 de octubre de 1996, festividad del evangelista san Lucas, con una sonrisa en sus labios, sin molestar, se fue en busca de la gozosa compañía eterna del Padre “os aseguro que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”, “dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Pepe Piñero que estás en los cielos.
Evoco, desde el cariño y respeto, la figura entrañable de Pepe Piñero. Hubo un tiempo que no se podía concebir la Semana Santa sin su presencia. Lo sabía todo sobre las procesiones, bandas de música, recorridos, la revista, las imágenes, la ermita de Jesús… el Corpus, la Virgen de Barbaño... (Pepe Piñero que estás en los cielos fue publicado en el número 27 -marzo 2007- de la edición impresa de Crónicas de un Pueblo)





















