Mussolini, el mulo de Narciso
Por las calles anchas y largas de
la memoria prosiguen los recuerdos y el sabor de los saludos que como éste, un
amigo y lector me ha enviado, “Yeu, qué hazemus paí”.
La carpintería del maestro Antonio
Acevedo. La bodega de Mejías, en la calle Joaquín Costa. El cebadero de don
Jacinto, junto al puente de don Carlos. La caseta de la Patria Hispana en la feria.
María del Viejo Capote, la monja, que vivía en la calle Santa Ana. Almirante, Andrés, Paco y Tapia, que
fueron factores de la Renfe. La
fábrica de Fopexsa, en la carretera de la estación. Caetano Bueno, Nogués
Laseca y López Estepa, trío arbitral que pitó el memorable partido entre el
Montijo y la Real Sociedad.
Antonio Campillo y Juan Antonio Sánchez Rex, éste último con su sombrero negro
en la fábrica de envases metálicos Metalrex, que estaba en la carretera de la Puebla. Manolo Campos, Carlos
Arias y Evelio Bautista, en el circo Atlas de los hermanos Tonetti. El circo
Francia, que se ponía en las eras y anunciaba que traía la auténtica mona
chita. El pub de Tito Ramy.
Mossini, encargado de la fábrica
de tomates Cobasa, conocida como la italiana, que estaba en el cruce de
Valdelacalzada y Guadiana. La caseta El Moro, que se ponía en la feria junto a
la escalera grande de la plaza de Abastos, con pinchitos y pollos asados. La
pelliza y la canadiense. Los
camiones Ebro. La gente sentada en las puertas de las casas en las noches de verano.
Cuando los poblanchinos venían a la feria en bicicleta y las dejaban en la
posada de Domingo Zambrano. Poner una llave herrumbrosa sobre la boca para
curar las bajareras. Los turroneros con el carro vendiendo turrón por las
calles. La corresponsalía del Banco Central en la esquina de la calle Alonso
Rodríguez, conocida como calle del Moro. Don Melchor, director del Banco
Español de Crédito. Don Guillermo, director del Banco Hispano Americano. El azúcar en terrones que nos ponían para
el café en los bares.
El bar las Tierras Gordas, al
final de la calle Macías de Porras. Catalina Manceñido, conocida popularmente
como Catalina la Cantera,
que vendía telas por las casas y estaba abonada al Teatro Calderón, donde se
llevaba en invierno una lata llena de cisco-picón del brasero. El almacén de
naranjas en la calle de Papas de la familia Mascarell, que eran valencianos, de
Villalonga. La Tocinería
El Cumbreño, que pasó a ser después la papelería El Compás y
luego Ricardo Vinagre. La
venta de colonia a granel en las droguerías y perfumerías, con el embudito. La escuela de Juana y
Manuela Vivas, en la calle Piñuela, donde también enseñaban a coser y bordar a
máquina. Narciso, que vendía en su casa de la Huertecilla café de
estraperlo, que lo traía en un mulo al que él le llamaba Mussolini. La
delegación del colegio de árbitros en los altos del bar Mela. Los eucaliptos del camino del cementerio. La
fragua de Francisco Macarro, en la calle Virgen de Barbaño.
Fernando Melón recitando “Quien me
presta una escalera para subir al tejao a quitarles las espinas a ese cacho
bacalao”. La cartera de la escuela, con la
pizarra, la libreta, el plumier y la enciclopedia. Lejía Los Tres Siete. El
comercio de Antonio Amador, en el que luego estuvo Marcelino Colino. La saeta
en la noche del Viernes Santo, “Virgen de la Soledad te lo pido de rodillas, que nos quites
los jabines y nos des pan y morcilla”. El horno de Estrella, en el camino viejo
de Barbaño. Cuando a las servilletas les daban giros con la palma de la mano en
el borde de la barra de los bares para que no fueran coincidentes, y las metían
en un vaso a modo de servilletero. Los metros de madera, forrados en sus
extremos de metal amarillo para evitar su desgaste, midiendo los tejidos y las
telas. La carnicería y ultramarino de Agustín Rodas Bautista, en la calle Pozo
Nuevo. Pájaro, el mulo de Dionisio Durán Concepción, que tiraba del carro de la
carne. Los boletos de los bares. La guardería Petete. La
escuela de los cagones. La palmeta de los maestros.
Por las calles anchas y largas de la memoria prosiguen los recuerdos y el sabor de los saludos que como éste, un amigo y lector me ha enviado, “Yeu, qué hazemus paí”.
La carpintería del maestro Antonio Acevedo. La bodega de Mejías, en la calle Joaquín Costa. El cebadero de don Jacinto, junto al puente de don Carlos. La caseta de la Patria Hispana en la feria. María del Viejo Capote, la monja, que vivía en la calle Santa Ana. Almirante, Andrés, Paco y Tapia, que fueron factores de la Renfe. La fábrica de Fopexsa, en la carretera de la estación. Caetano Bueno, Nogués Laseca y López Estepa, trío arbitral que pitó el memorable partido entre el Montijo y la Real Sociedad. Antonio Campillo y Juan Antonio Sánchez Rex, éste último con su sombrero negro en la fábrica de envases metálicos Metalrex, que estaba en la carretera de la Puebla. Manolo Campos, Carlos Arias y Evelio Bautista, en el circo Atlas de los hermanos Tonetti. El circo Francia, que se ponía en las eras y anunciaba que traía la auténtica mona chita. El pub de Tito Ramy.
Mossini, encargado de la fábrica de tomates Cobasa, conocida como la italiana, que estaba en el cruce de Valdelacalzada y Guadiana. La caseta El Moro, que se ponía en la feria junto a la escalera grande de la plaza de Abastos, con pinchitos y pollos asados. La pelliza y la canadiense. Los camiones Ebro. La gente sentada en las puertas de las casas en las noches de verano. Cuando los poblanchinos venían a la feria en bicicleta y las dejaban en la posada de Domingo Zambrano. Poner una llave herrumbrosa sobre la boca para curar las bajareras. Los turroneros con el carro vendiendo turrón por las calles. La corresponsalía del Banco Central en la esquina de la calle Alonso Rodríguez, conocida como calle del Moro. Don Melchor, director del Banco Español de Crédito. Don Guillermo, director del Banco Hispano Americano. El azúcar en terrones que nos ponían para el café en los bares.
El bar las Tierras Gordas, al final de la calle Macías de Porras. Catalina Manceñido, conocida popularmente como Catalina la Cantera, que vendía telas por las casas y estaba abonada al Teatro Calderón, donde se llevaba en invierno una lata llena de cisco-picón del brasero. El almacén de naranjas en la calle de Papas de la familia Mascarell, que eran valencianos, de Villalonga. La Tocinería El Cumbreño, que pasó a ser después la papelería El Compás y luego Ricardo Vinagre. La venta de colonia a granel en las droguerías y perfumerías, con el embudito. La escuela de Juana y Manuela Vivas, en la calle Piñuela, donde también enseñaban a coser y bordar a máquina. Narciso, que vendía en su casa de la Huertecilla café de estraperlo, que lo traía en un mulo al que él le llamaba Mussolini. La delegación del colegio de árbitros en los altos del bar Mela. Los eucaliptos del camino del cementerio. La fragua de Francisco Macarro, en la calle Virgen de Barbaño.
Fernando Melón recitando “Quien me presta una escalera para subir al tejao a quitarles las espinas a ese cacho bacalao”. La cartera de la escuela, con la pizarra, la libreta, el plumier y la enciclopedia. Lejía Los Tres Siete. El comercio de Antonio Amador, en el que luego estuvo Marcelino Colino. La saeta en la noche del Viernes Santo, “Virgen de la Soledad te lo pido de rodillas, que nos quites los jabines y nos des pan y morcilla”. El horno de Estrella, en el camino viejo de Barbaño. Cuando a las servilletas les daban giros con la palma de la mano en el borde de la barra de los bares para que no fueran coincidentes, y las metían en un vaso a modo de servilletero. Los metros de madera, forrados en sus extremos de metal amarillo para evitar su desgaste, midiendo los tejidos y las telas. La carnicería y ultramarino de Agustín Rodas Bautista, en la calle Pozo Nuevo. Pájaro, el mulo de Dionisio Durán Concepción, que tiraba del carro de la carne. Los boletos de los bares. La guardería Petete. La escuela de los cagones. La palmeta de los maestros.





















