En Extremadura se detuvo el tiempo · Julia Coco Castón · Montijo
Extremadura, que nunca se benefició de la revolución industrial ni agrícola, se enfrenta entre sí a un cantonalismo, avivado por móviles políticos serviles, a causa del ferrocarril… Ya resulta difícil salir al campo sin que te apunte el cañón del guarda jurado, del guarda rural, del guarda privado o del guardia civil, porque el monte que cruzas es privado, el charco del río en que te refrescas es privado, pisas por un camino privado o bebes en un manantial privado.
También son
privadas las perdices, las tórtolas, los conejos y las liebres. Pese a que los
campos duermen la siesta del barbecho y la poca tierra que se labra permanece
atada a la rutina… Así se refiere a esta bendita Tierra el ilustre extremeño,
nunca debidamente reconocido por sus paisanos, Víctor Chamorro haciendo alusión
al s. XIX. En el s. XXI nada ha cambiado. Buen, algo sí: ahora trocamos La
Chaquetía por la celebración de Halloween. Es más urbano, más internacional,
cubre el ansia de Europa que se nos niega por derecho y hace inútil una reivindicación
de la Tierra en la que se celebraban las castañadas a pleno campo y la
convivencia vecinal, en un paisaje de polvo y silencio. En tierra de extremos
todo es extremado.
Paralela a una
casta que solo se ocupa de acrecentar sus patrimonios y disfrutar sus
ganancias, coexiste el coro de los que nacen y mueren entre carencias nunca
superadas, condenados a arrastrar una existencia miserable mientras sobra por
todas partes tierra infrautilizada. “Terratenientes y caciques se llenan de
valor cebando escopetas y aplicando el programa decidido en las reboticas”:
meter en cintura, enseñar los dientes, palo y pan…
Todo el contexto lo
empapa el caciquismo, lepra que corroe el mundo rural y vínculo entre el campo
y los gobernantes de Madrid que sólo se acuerdan de estas periferias en ferias
de votos. Acudiendo a esta tierra políticamente colonizada en busca de su
escaño.
En semejante
panorama socioeconómico prolifera todo tipo de mezquindad que carcome cualquier
intento de superación. Por eso en Extremadura se detuvo el tiempo.
También son privadas las perdices, las tórtolas, los conejos y las liebres. Pese a que los campos duermen la siesta del barbecho y la poca tierra que se labra permanece atada a la rutina… Así se refiere a esta bendita Tierra el ilustre extremeño, nunca debidamente reconocido por sus paisanos, Víctor Chamorro haciendo alusión al s. XIX. En el s. XXI nada ha cambiado. Buen, algo sí: ahora trocamos La Chaquetía por la celebración de Halloween. Es más urbano, más internacional, cubre el ansia de Europa que se nos niega por derecho y hace inútil una reivindicación de la Tierra en la que se celebraban las castañadas a pleno campo y la convivencia vecinal, en un paisaje de polvo y silencio. En tierra de extremos todo es extremado.
Paralela a una casta que solo se ocupa de acrecentar sus patrimonios y disfrutar sus ganancias, coexiste el coro de los que nacen y mueren entre carencias nunca superadas, condenados a arrastrar una existencia miserable mientras sobra por todas partes tierra infrautilizada. “Terratenientes y caciques se llenan de valor cebando escopetas y aplicando el programa decidido en las reboticas”: meter en cintura, enseñar los dientes, palo y pan…
Todo el contexto lo empapa el caciquismo, lepra que corroe el mundo rural y vínculo entre el campo y los gobernantes de Madrid que sólo se acuerdan de estas periferias en ferias de votos. Acudiendo a esta tierra políticamente colonizada en busca de su escaño.
En semejante panorama socioeconómico prolifera todo tipo de mezquindad que carcome cualquier intento de superación. Por eso en Extremadura se detuvo el tiempo.




















