Confórtanos
Bajo el sepia color de la
nostalgia recorro aquellas tardes idas del Jueves Santo. Tardes que avanzaban
serenas, en calma, íntimas…, envueltas en un aire especial y festivo. Dicen que
cuando llega este día, con la luna de Parasceve, es cuando se ciernen las
espigas del trigo y los pámpanos pierden el ribete rosa que anuncia el vino.
Llega el tiempo propicio para que
desde una y otra orilla los Judas traicioneros metan la mano en el plato y los
Pedros nieguen antes de que cante el gallo. Es el tiempo en el que los cobardes
huirán dejando solo al amigo. Llega el momento para quienes agitan las palmas y
dan muestras de júbilo, cuando en realidad lo que deseaban era acusarlo.
Es el tiempo de los que emplean el
recurso traicionero y cobarde de la provocación, el insulto, el odio, el rencor
y la mala baba. La hora de los barrabás, de los salteadores. La hora del
salivazo, la bofetada y el azote. De aquellos que se rasgan las vestiduras. La
hora de los que querían un juicio justo bajo una absurda farsa porque el reo
estaba ya de antemano condenado. La hora de los sumos sacerdotes, repletos de
prepotencia y soberbia; gente siniestra que busca, a costa de lo que sea,
eliminarlo para seguir ocupando y atesorando los altos puestos del Sanedrín.
Llega el momento de las súplicas y
advertencias de Claudia Prócula, que no sirvieron de nada. Ha llegado el tiempo
de la burla y el desprecio de los Herodes tiranos. De las dudas y miedos de los
Pilatos, presionados por los intereses, vencidos por conservar el poder y el
cargo. Pilatos que falsean un día sí y al siguiente también sus conductas
lavándose, atemorizados, las manos y lanzando sus errores sobre los demás.
Es el momento de los Cirineos, que
alivian la carga a los que se derrumban, a los necesitados. La hora las mujeres
angustiadas. De la Verónica, del centurión, de los sayones, de los soldados. La
hora de una madre que llora sin encontrar consuelo. La hora de cargar con el
madero. De las espinas que se clavan en las sienes, de los clavos que
traspasan. La hora del suplicio, del dolor, del abandono y la desnudez. La hora
de la sequedad. Llega el momento de los Dimas y los Gestas, los ladrones. La
hora de hacer público un testamento. La hora de las tinieblas, la hora definitiva,
la del Calvario, la de la muerte.
La pasión y sus personajes. La
pasión y sus actores. Los diálogos y contra diálogos, las replicas y contra
réplicas. Un drama en el que los acusadores consiguieron lograr su propósito:
clavarlo en la cruz. Una representación en la que todos, absolutamente todos
nos vemos reflejados de alguna manera en uno u otro papel. Personajes de la
Pasión que a fin de cuentas principia con un traidor, con un amigo desleal;
acabando el personaje, cuerda en mano, en busca de una higuera para colgarse.
Una obra en la que el condenado dio el silencio por respuesta. Sólo una
palabra: la Verdad. Que tanto contrasta frente a los engreídos y estúpidos que
no paran, alardeando de lo que dicen que hacen. Sí, el silencio, ese que tanto duele,
pica y escuece al que provoca, ofende y menosprecia.
Vuelve la Pasión, llega, está
aquí, fijémonos bien. Porque en estos días se representarán otras Pasiones: la
de los indiferentes, la de los hospitales, la de los pobres, los parados, la de
las catástrofes, la de los dramas familiares, los fanáticos, la de las mujeres
maltratadas… y la de los sepulcros blanqueados. Gente hipócrita que ejerce y
practica una doble moral. Son quienes utilizan los recintos sagrados para
enjuagar sus imágenes, usándolos en su propio beneficio, para dejarse ver y así
aparentar que son buenos cristianos. Verdaderos demonios que medran haciendo de
las suyas, golpeándose el pecho, cuando en realidad habitan en lo que ellos han
creado y deseado: sus propios infiernos. ¿Qué dirá Dios de esta gente para sus
adentros? Tal vez que son dignos de lástima. Pasión de Cristo, confórtanos.
Bajo el sepia color de la
nostalgia recorro aquellas tardes idas del Jueves Santo. Tardes que avanzaban
serenas, en calma, íntimas…, envueltas en un aire especial y festivo. Dicen que
cuando llega este día, con la luna de Parasceve, es cuando se ciernen las
espigas del trigo y los pámpanos pierden el ribete rosa que anuncia el vino.
Llega el tiempo propicio para que
desde una y otra orilla los Judas traicioneros metan la mano en el plato y los
Pedros nieguen antes de que cante el gallo. Es el tiempo en el que los cobardes
huirán dejando solo al amigo. Llega el momento para quienes agitan las palmas y
dan muestras de júbilo, cuando en realidad lo que deseaban era acusarlo.
Es el tiempo de los que emplean el
recurso traicionero y cobarde de la provocación, el insulto, el odio, el rencor
y la mala baba. La hora de los barrabás, de los salteadores. La hora del
salivazo, la bofetada y el azote. De aquellos que se rasgan las vestiduras. La
hora de los que querían un juicio justo bajo una absurda farsa porque el reo
estaba ya de antemano condenado. La hora de los sumos sacerdotes, repletos de
prepotencia y soberbia; gente siniestra que busca, a costa de lo que sea,
eliminarlo para seguir ocupando y atesorando los altos puestos del Sanedrín.
Llega el momento de las súplicas y
advertencias de Claudia Prócula, que no sirvieron de nada. Ha llegado el tiempo
de la burla y el desprecio de los Herodes tiranos. De las dudas y miedos de los
Pilatos, presionados por los intereses, vencidos por conservar el poder y el
cargo. Pilatos que falsean un día sí y al siguiente también sus conductas
lavándose, atemorizados, las manos y lanzando sus errores sobre los demás.
Es el momento de los Cirineos, que
alivian la carga a los que se derrumban, a los necesitados. La hora las mujeres
angustiadas. De la Verónica, del centurión, de los sayones, de los soldados. La
hora de una madre que llora sin encontrar consuelo. La hora de cargar con el
madero. De las espinas que se clavan en las sienes, de los clavos que
traspasan. La hora del suplicio, del dolor, del abandono y la desnudez. La hora
de la sequedad. Llega el momento de los Dimas y los Gestas, los ladrones. La
hora de hacer público un testamento. La hora de las tinieblas, la hora definitiva,
la del Calvario, la de la muerte.
La pasión y sus personajes. La
pasión y sus actores. Los diálogos y contra diálogos, las replicas y contra
réplicas. Un drama en el que los acusadores consiguieron lograr su propósito:
clavarlo en la cruz. Una representación en la que todos, absolutamente todos
nos vemos reflejados de alguna manera en uno u otro papel. Personajes de la
Pasión que a fin de cuentas principia con un traidor, con un amigo desleal;
acabando el personaje, cuerda en mano, en busca de una higuera para colgarse.
Una obra en la que el condenado dio el silencio por respuesta. Sólo una
palabra: la Verdad. Que tanto contrasta frente a los engreídos y estúpidos que
no paran, alardeando de lo que dicen que hacen. Sí, el silencio, ese que tanto duele,
pica y escuece al que provoca, ofende y menosprecia.
Vuelve la Pasión, llega, está
aquí, fijémonos bien. Porque en estos días se representarán otras Pasiones: la
de los indiferentes, la de los hospitales, la de los pobres, los parados, la de
las catástrofes, la de los dramas familiares, los fanáticos, la de las mujeres
maltratadas… y la de los sepulcros blanqueados. Gente hipócrita que ejerce y
practica una doble moral. Son quienes utilizan los recintos sagrados para
enjuagar sus imágenes, usándolos en su propio beneficio, para dejarse ver y así
aparentar que son buenos cristianos. Verdaderos demonios que medran haciendo de
las suyas, golpeándose el pecho, cuando en realidad habitan en lo que ellos han
creado y deseado: sus propios infiernos. ¿Qué dirá Dios de esta gente para sus
adentros? Tal vez que son dignos de lástima. Pasión de Cristo, confórtanos.





















