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Martes, 09 de Marzo de 2010

De cómo antes se vivía mejor

Es habitual entre generaciones la de reprender la que ha vivido más años a la más joven reprochando la facilidad con la que se vive el presente y las penurias que pasaron en el pasado. Oía a mí abuelo, maestro nacional comentar lo mal que lo habían pasado en la época que le toco vivir a finales del siglo XIX y mucha parte del siglo XX. Debieron pasarlo mal y de ahí viene el dicho de “pasas más hambre que un maestro de escuela”, pero seguramente la mayor parte de esa desgracia vino atribuida a la guerra civil que, mientras duró y hasta que se recuperó en el período de posguerra no permitió a la economía desarrollar un crecimiento que permitiera a la población tener lo básico para ir tirando. Mi generación, tuvo la suerte desdicha de criarse en pleno proceso del desarrollismo de los años 60. Nuestros padres, acostumbrados a pasarlas de “a kilo” por los problemas que acarreó la posguerra se acostumbraron a ver el trabajo como un elemento que el mero hecho de tenerlo conllevaba la felicidad. Nuestra generación, apenas tuvo problemas para que ya desde pequeños jugáramos en la calle sin que nuestros padres se preocuparan en exceso por lo que nos podía pasar y no se le daba excesiva importancia a las “piteras” con las que de vez en cuando nos encontrábamos. El haber conocido esos dos estilos de vida permite a los de nuestra generación poder comparar y es evidente que nuestros hijos lo tienen bastante más crudo que nosotros. En nuestro caso, teníamos regulado el horario que dedicábamos a la televisión. Las seis de la tarde era nuestra hora, nadie nos molestaba ni nos quitaba de la tele. No teníamos problemas para salir a la calle a cualquier hora de la tarde (siempre y cuando estuvieran los deberes terminados) y podíamos volver bastante entrada la noche si lo habíamos sabido negociar bien con nuestra madre. Sabíamos compartir nuestras cosas porque la inmensa mayoría de nosotros lo aprendíamos desde pequeños teniendo que compartir con nuestros hermanos y hermanas ropas, juguetes, cuarto… En la escuela se aprendía; en parvulitos aprendías a dibujar y la tarea la aprendías de arriba abajo no como ahora que te dan 4 pegatinas (eso sí a precio de oro) y en cuatro pegadas ya estás dando la tabarra a la “seño”. Cuando terminabas la EGB, quien tenía claro que no quería estudiar dejaba en paz a los que sí querían hacerlo. Ahora, las aulas están llenas de alumnos sin interés por el estudio y con un gran interés en impedir que los profesores impartan sus enseñanzas. El control que antes había sobre los hijos era bastante grande. Hoy día, conozco muchos casos de niños que están totalmente abandonados por la tarde (ambos padres están trabajando), con lo cual terminan en la calle con el peligro que ello conlleva. Y ahora estamos viendo que el problema no sólo está en la calle. El fácil acceso al mundo exterior a través de las nuevas tecnologías, concretamente el uso de Internet facilita mucho el acceso a los problemas desde casa. Para nuestra generación, es relativamente fácil discernir los engaños que puedan venir. Sin embargo, nuestros hijos, cuidados entre algodones no saben separar lo fiable de lo no fiable y así está pasando que el número de delitos hacia nuestros hijos teniendo como base de operaciones Internet crece en progresión geométrica sin que las autoridades pongan remedio jurídico a tanto despropósito.
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