Aceitunas moradas
A la memoria de Paco Delgado Pérez,
que fue quien me contó esta historia,
aunque con más rabia y crudeza
de lo que yo haya podido transcribir
A Paco los botos de cuero rígido le iban pesando cada vez
más a causa del barro rojo y pegajoso que acumulaba en sus suelas. Su amigo y
compañero Antonio estaba pasando por la misma dificultad que él, unos cuantos
olivos más abajo. Ayer llovió bastante y la tierra removida por el arado era
una autentica argamasa, pero tenían que aguantarse. El tiempo del rebusco era
el que era, no había más remedio que adaptarse a él soportando todos los
inconvenientes que vinieran. De todas formas, hoy no se podían quejar, las
talegas de lona se iban engrosando considerablemente. Los preciados frutos
recolectados casi uno a uno de entre el espeso ramaje, extraídos por las
expertas manos hechas a los rigores y a los trabajos del campo no eran escasos.
Era una cuestión de suerte. También dependía de la particular avaricia del
propietario del olivar y de la habilidad de los vareadores.
Cuando las talegas ya estaban casi llenas, los dos compañeros
decidieron que ya estaba bien por hoy, se las echaron al hombro y comenzaron a
caminar hacia la carretera donde habían dejado la bicicleta en la que los dos
llegaron hasta el lugar. El trabajo de quitarse las costras de barro del
calzado les ocupó largo rato, restregándolo entre el húmedo hierbazal. Después descansaron un buen rato
sentados en la cuneta mientras fumaron un cigarro pacientemente.
Por la inclinación del sol, que se adivinaba por encima
del manto de nubes y por el ligero cosquilleo de sus estómagos vacíos,
dedujeron que ya era más que pasada la hora de la comida de mediodía. Con cada
una de las talegas, en cada una de las cavidades de las aguaderas, subieron a
la bicicleta e iniciaron el camino de regreso a casa. Antonio en la parte
trasera, sobre el porta
paquetes y con las piernas colgando a cada lado
del cuadro. Paco, sobre el sillín era el encargado de pedalear y conducir por
entre los baches y los descarnados del empedrado de la carretera. Había que
darse prisa para salvar los más de veinte kilómetros que distaban del pueblo.
Aparecieron de improviso, como salidos de las profundas
sombras de las encinas de los campos limítrofes. De forma instantánea se
situaron, como dos sombras verdes, en el centro de la carretera como dos
espectros coronados de charol negro. Les impedían el paso de forma irrevocable.
Cuando Paco frenó y echó pie a tierra, Antonio ya estaba sobre el empedrado, de
pie junto a él, como buscado protegerse con el cuerpo de su compañero.
¿A dónde vais? ¿Qué es lo que lleváis ahí? inquirió uno de
los guardias civiles, sin mediar ningún saludo. Vamos para casa, a Montijo;
llevamos unas aceitunillas que hemos estado rebuscando en el olivar de la
cuesta, antes de llegar a La Roca de la Sierra, respondió Paco nerviosamente. Me
parece a mí que son demasiadas aceitunas para que sean de rebusco. Estas las
habéis robado del otro olivar que hay más a la izquierda, que no está todavía
vareado, ¿no es verdad? dijo el otro guardia, sacando una de las talegas de las
aguaderas y removiendo su contenido con una mano.
No, señor guardia; mi compañero le dice la verdad, son de
rebusco. Estamos toda la mañana expurgando los olivos para poder sacar esas
cuantas, se atrevió a decir Antonio, sacando la cara por la defensa del botín
que habían conseguido con tanto trabajo.
Un inesperado revés dado con la mano derecha de uno de las
guardias llegó a la cara del muchacho, haciéndolo caer a tierra ante el asombro
propio y el de Paco, que no daba crédito a lo que esta viendo. El otro guardia
puso una mano sobre el manillar de la bicicleta y apartando de un basto empujón
a su propietario preguntó muy secamente: ¿Quién es el dueño de la bicicleta?
Yo, respondió Paco, mientras intentaba mantener el equilibrio dando traspiés
por efecto del empuje. Pues bien, nos la llevamos. Cuando quieras te pasas por
el cuartel de La Roca y le explicarás al sargento donde habéis robado las
aceitunas. ¡Vamos, andando! ya podéis iros para vuestra casa y mucho cuidado
con saliros de la carretera a hacer daño en algún sitio.
Los dos compañeros emprendieron la marcha con una honda
tristeza colgando de sus fatigadas caras. La impotencia de no poder rebelarse
contra el claro abuso de autoridad se mezclaba con el miedo de perder la
bicicleta, único medio de transporte con el que se podían desplazar por los
alrededores del pueblo, en busca del necesario trabajo, para llegar al tajo
cuando lo tenían o para “bichear” los escasos recursos que el campo brindaba a
la subsistencia familiar. Caminaban sin mirarse, sin decirse nada. No era
necesario decir nada. Eran tantas las horas que habían pasado juntos que ambos
conocían, de sobras, lo que el otro pensaba. No eran hermanos, sólo vecinos, pero
tenían una especie de pacto de sangre entre los dos. Nunca se habían referido
entre ellos a esa especie de acuerdo de lealtad entre caballeros. Pero sabían
ambos que podían confiar el uno en el otro como si se tratara de sus
respectivos padres.
¿Te duele? Rompió el silencio Paco, refiriéndose a la cara
de su amigo, entumecida por el frío y la bofetada recibida. No, casi nada. ¿Qué
vas hacer mañana? Tendrás que ir a por la bicicleta. Yo no puedo hacer nada, no
te puedo ayudar. Ya lo sé, Antonio. Tengo que buscarla. Ya sé lo que me espera,
pero ¿qué remedio?, la necesitamos. Varias horas después estaban ya en el
pueblo donde no pudieron más que extender el pesar, la preocupación y la rabia
al resto de sus familias. Nadie podía hacer nada por ellos. Aunque creían de
todas, todas en la honestidad de los dos muchachos y sabían que no habían
cometido ningún delito, no podían influir en los asuntos del poder establecido,
aunque este poder fuese injusto.
Encogido por dentro, Paco cruzó el amplio portón del cuartel.
El guardia de puerta le dijo que esperara, que el sargento no estaba en ese
momento, pero que no tardaría mucho. Realmente no pasaría más de media hora en
la pequeña y fría sala de espera, pero para él era como si hubiera estado
esperando durante un sin fin de horas. Por fin apareció. Enjuto, agrio y con un
fortísimo olor a aguardiente que decía claramente que su procedencia era alguna
de las tabernas del pueblo. Lo siguiente es fácil de suponer. Un monólogo
vociferante y autoritario lleno de insultos y acusaciones, sin el justo derecho
a la réplica, a la defensa verbal, al pataleo... Las, salvajemente autoritarias
manos, llovían golpeando sin piedad el maltrecho cuerpo del muchacho, por todas
partes. Desde todos los ángulos imaginables. Y con la misma furia injusta,
rabiosa y casi babeante de quién parece que le va la vida en ser cruel
gratuitamente. Después, aún algo peor; la nudosa y flexible vara de madera
verde, manejada con ímpetu desmedido y no menos absurdo, siguió apaleando al
sumiso ultrajado, que casi ni oponía resistencia, ni intentaba siquiera
cubrirse las zonas más sensibles. Dejó hacer a su verdugo con la sola esperanza
de que acabase pronto tal martirio. Todo duró poco más de media hora. A Paco le
pareció una eternidad inacabable.
Al día siguiente, al despertar el frío día, Paco se
estudiaba, recontaba y lavaba con agua fría la inmensidad de magulladuras que
cubrían casi todo su frágil cuerpo. Verdugones y ramalazos de diversas formas y
extensiones que asemejaban, al menos en el color, las codiciadas aceitunas
moradas rebuscadas el día anterior entre los ya esquilmados olivares cercanos
al pueblo.
Tercer premio del V Concurso de
Poesía y Narrativa Casal de Gent Grant de Rubí
mayo 2007
que fue quien me contó esta historia,
aunque con más rabia y crudeza
de lo que yo haya podido transcribir
A Paco los botos de cuero rígido le iban pesando cada vez
más a causa del barro rojo y pegajoso que acumulaba en sus suelas. Su amigo y
compañero Antonio estaba pasando por la misma dificultad que él, unos cuantos
olivos más abajo. Ayer llovió bastante y la tierra removida por el arado era
una autentica argamasa, pero tenían que aguantarse. El tiempo del rebusco era
el que era, no había más remedio que adaptarse a él soportando todos los
inconvenientes que vinieran. De todas formas, hoy no se podían quejar, las
talegas de lona se iban engrosando considerablemente. Los preciados frutos
recolectados casi uno a uno de entre el espeso ramaje, extraídos por las
expertas manos hechas a los rigores y a los trabajos del campo no eran escasos.
Era una cuestión de suerte. También dependía de la particular avaricia del
propietario del olivar y de la habilidad de los vareadores.
Cuando las talegas ya estaban casi llenas, los dos compañeros
decidieron que ya estaba bien por hoy, se las echaron al hombro y comenzaron a
caminar hacia la carretera donde habían dejado la bicicleta en la que los dos
llegaron hasta el lugar. El trabajo de quitarse las costras de barro del
calzado les ocupó largo rato, restregándolo entre el húmedo hierbazal. Después descansaron un buen rato
sentados en la cuneta mientras fumaron un cigarro pacientemente.
Por la inclinación del sol, que se adivinaba por encima
del manto de nubes y por el ligero cosquilleo de sus estómagos vacíos,
dedujeron que ya era más que pasada la hora de la comida de mediodía. Con cada
una de las talegas, en cada una de las cavidades de las aguaderas, subieron a
la bicicleta e iniciaron el camino de regreso a casa. Antonio en la parte
trasera, sobre el porta
paquetes y con las piernas colgando a cada lado
del cuadro. Paco, sobre el sillín era el encargado de pedalear y conducir por
entre los baches y los descarnados del empedrado de la carretera. Había que
darse prisa para salvar los más de veinte kilómetros que distaban del pueblo.
Aparecieron de improviso, como salidos de las profundas
sombras de las encinas de los campos limítrofes. De forma instantánea se
situaron, como dos sombras verdes, en el centro de la carretera como dos
espectros coronados de charol negro. Les impedían el paso de forma irrevocable.
Cuando Paco frenó y echó pie a tierra, Antonio ya estaba sobre el empedrado, de
pie junto a él, como buscado protegerse con el cuerpo de su compañero.
¿A dónde vais? ¿Qué es lo que lleváis ahí? inquirió uno de
los guardias civiles, sin mediar ningún saludo. Vamos para casa, a Montijo;
llevamos unas aceitunillas que hemos estado rebuscando en el olivar de la
cuesta, antes de llegar a La Roca de la Sierra, respondió Paco nerviosamente. Me
parece a mí que son demasiadas aceitunas para que sean de rebusco. Estas las
habéis robado del otro olivar que hay más a la izquierda, que no está todavía
vareado, ¿no es verdad? dijo el otro guardia, sacando una de las talegas de las
aguaderas y removiendo su contenido con una mano.
No, señor guardia; mi compañero le dice la verdad, son de
rebusco. Estamos toda la mañana expurgando los olivos para poder sacar esas
cuantas, se atrevió a decir Antonio, sacando la cara por la defensa del botín
que habían conseguido con tanto trabajo.
Un inesperado revés dado con la mano derecha de uno de las
guardias llegó a la cara del muchacho, haciéndolo caer a tierra ante el asombro
propio y el de Paco, que no daba crédito a lo que esta viendo. El otro guardia
puso una mano sobre el manillar de la bicicleta y apartando de un basto empujón
a su propietario preguntó muy secamente: ¿Quién es el dueño de la bicicleta?
Yo, respondió Paco, mientras intentaba mantener el equilibrio dando traspiés
por efecto del empuje. Pues bien, nos la llevamos. Cuando quieras te pasas por
el cuartel de La Roca y le explicarás al sargento donde habéis robado las
aceitunas. ¡Vamos, andando! ya podéis iros para vuestra casa y mucho cuidado
con saliros de la carretera a hacer daño en algún sitio.
Los dos compañeros emprendieron la marcha con una honda
tristeza colgando de sus fatigadas caras. La impotencia de no poder rebelarse
contra el claro abuso de autoridad se mezclaba con el miedo de perder la
bicicleta, único medio de transporte con el que se podían desplazar por los
alrededores del pueblo, en busca del necesario trabajo, para llegar al tajo
cuando lo tenían o para “bichear” los escasos recursos que el campo brindaba a
la subsistencia familiar. Caminaban sin mirarse, sin decirse nada. No era
necesario decir nada. Eran tantas las horas que habían pasado juntos que ambos
conocían, de sobras, lo que el otro pensaba. No eran hermanos, sólo vecinos, pero
tenían una especie de pacto de sangre entre los dos. Nunca se habían referido
entre ellos a esa especie de acuerdo de lealtad entre caballeros. Pero sabían
ambos que podían confiar el uno en el otro como si se tratara de sus
respectivos padres.
¿Te duele? Rompió el silencio Paco, refiriéndose a la cara
de su amigo, entumecida por el frío y la bofetada recibida. No, casi nada. ¿Qué
vas hacer mañana? Tendrás que ir a por la bicicleta. Yo no puedo hacer nada, no
te puedo ayudar. Ya lo sé, Antonio. Tengo que buscarla. Ya sé lo que me espera,
pero ¿qué remedio?, la necesitamos. Varias horas después estaban ya en el
pueblo donde no pudieron más que extender el pesar, la preocupación y la rabia
al resto de sus familias. Nadie podía hacer nada por ellos. Aunque creían de
todas, todas en la honestidad de los dos muchachos y sabían que no habían
cometido ningún delito, no podían influir en los asuntos del poder establecido,
aunque este poder fuese injusto.
Encogido por dentro, Paco cruzó el amplio portón del cuartel.
El guardia de puerta le dijo que esperara, que el sargento no estaba en ese
momento, pero que no tardaría mucho. Realmente no pasaría más de media hora en
la pequeña y fría sala de espera, pero para él era como si hubiera estado
esperando durante un sin fin de horas. Por fin apareció. Enjuto, agrio y con un
fortísimo olor a aguardiente que decía claramente que su procedencia era alguna
de las tabernas del pueblo. Lo siguiente es fácil de suponer. Un monólogo
vociferante y autoritario lleno de insultos y acusaciones, sin el justo derecho
a la réplica, a la defensa verbal, al pataleo... Las, salvajemente autoritarias
manos, llovían golpeando sin piedad el maltrecho cuerpo del muchacho, por todas
partes. Desde todos los ángulos imaginables. Y con la misma furia injusta,
rabiosa y casi babeante de quién parece que le va la vida en ser cruel
gratuitamente. Después, aún algo peor; la nudosa y flexible vara de madera
verde, manejada con ímpetu desmedido y no menos absurdo, siguió apaleando al
sumiso ultrajado, que casi ni oponía resistencia, ni intentaba siquiera
cubrirse las zonas más sensibles. Dejó hacer a su verdugo con la sola esperanza
de que acabase pronto tal martirio. Todo duró poco más de media hora. A Paco le
pareció una eternidad inacabable.
Al día siguiente, al despertar el frío día, Paco se
estudiaba, recontaba y lavaba con agua fría la inmensidad de magulladuras que
cubrían casi todo su frágil cuerpo. Verdugones y ramalazos de diversas formas y
extensiones que asemejaban, al menos en el color, las codiciadas aceitunas
moradas rebuscadas el día anterior entre los ya esquilmados olivares cercanos
al pueblo.
mayo 2007

















