Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
J.S. del Viejo
Jueves, 11 febrero 2010

Aceitunas moradas

A la memoria de Paco Delgado Pérez,
que fue quien me contó esta historia,
aunque con más rabia y crudeza
de lo que yo haya podido transcribir

[Img #2134]A Paco los botos de cuero rígido le iban pesando cada vez más a causa del barro rojo y pegajoso que acumulaba en sus suelas. Su amigo y compañero Antonio estaba pasando por la misma dificultad que él, unos cuantos olivos más abajo. Ayer llovió bastante y la tierra removida por el arado era una autentica argamasa, pero tenían que aguantarse. El tiempo del rebusco era el que era, no había más remedio que adaptarse a él soportando todos los inconvenientes que vinieran. De todas formas, hoy no se podían quejar, las talegas de lona se iban engrosando considerablemente. Los preciados frutos recolectados casi uno a uno de entre el espeso ramaje, extraídos por las expertas manos hechas a los rigores y a los trabajos del campo no eran escasos. Era una cuestión de suerte. También dependía de la particular avaricia del propietario del olivar y de la habilidad de los vareadores.

Cuando las talegas ya estaban casi llenas, los dos compañeros decidieron que ya estaba bien por hoy, se las echaron al hombro y comenzaron a caminar hacia la carretera donde habían dejado la bicicleta en la que los dos llegaron hasta el lugar. El trabajo de quitarse las costras de barro del calzado les ocupó largo rato, restregándolo entre el húmedo hierbazal.  Después descansaron un buen rato sentados en la cuneta mientras fumaron un cigarro pacientemente.

Por la inclinación del sol, que se adivinaba por encima del manto de nubes y por el ligero cosquilleo de sus estómagos vacíos, dedujeron que ya era más que pasada la hora de la comida de mediodía. Con cada una de las talegas, en cada una de las cavidades de las aguaderas, subieron a la bicicleta e iniciaron el camino de regreso a casa. Antonio en la parte trasera, sobre el  porta paquetes  y  con las piernas colgando a cada lado del cuadro. Paco, sobre el sillín era el encargado de pedalear y conducir por entre los baches y los descarnados del empedrado de la carretera. Había que darse prisa para salvar los más de veinte kilómetros que distaban del pueblo.

Aparecieron de improviso, como salidos de las profundas sombras de las encinas de los campos limítrofes. De forma instantánea se situaron, como dos sombras verdes, en el centro de la carretera como dos espectros coronados de charol negro. Les impedían el paso de forma irrevocable. Cuando Paco frenó y echó pie a tierra, Antonio ya estaba sobre el empedrado, de pie junto a él, como buscado protegerse con el cuerpo de su compañero.

¿A dónde vais? ¿Qué es lo que lleváis ahí? inquirió uno de los guardias civiles, sin mediar ningún saludo. Vamos para casa, a Montijo; llevamos unas aceitunillas que hemos estado rebuscando en el olivar de la cuesta, antes de llegar a La Roca de la Sierra, respondió Paco nerviosamente. Me parece a mí que son demasiadas aceitunas para que sean de rebusco. Estas las habéis robado del otro olivar que hay más a la izquierda, que no está todavía vareado, ¿no es verdad? dijo el otro guardia, sacando una de las talegas de las aguaderas y removiendo su contenido con una mano.

No, señor guardia; mi compañero le dice la verdad, son de rebusco. Estamos toda la mañana expurgando los olivos para poder sacar esas cuantas, se atrevió a decir Antonio, sacando la cara por la defensa del botín que habían conseguido con tanto trabajo.

Un inesperado revés dado con la mano derecha de uno de las guardias llegó a la cara del muchacho, haciéndolo caer a tierra ante el asombro propio y el de Paco, que no daba crédito a lo que esta viendo. El otro guardia puso una mano sobre el manillar de la bicicleta y apartando de un basto empujón a su propietario preguntó muy secamente: ¿Quién es el dueño de la bicicleta? Yo, respondió Paco, mientras intentaba mantener el equilibrio dando traspiés por efecto del empuje. Pues bien, nos la llevamos. Cuando quieras te pasas por el cuartel de La Roca y le explicarás al sargento donde habéis robado las aceitunas. ¡Vamos, andando! ya podéis iros para vuestra casa y mucho cuidado con saliros de la carretera a hacer daño en algún sitio.

Los dos compañeros emprendieron la marcha con una honda tristeza colgando de sus fatigadas caras. La impotencia de no poder rebelarse contra el claro abuso de autoridad se mezclaba con el miedo de perder la bicicleta, único medio de transporte con el que se podían desplazar por los alrededores del pueblo, en busca del necesario trabajo, para llegar al tajo cuando lo tenían o para “bichear” los escasos recursos que el campo brindaba a la subsistencia familiar. Caminaban sin mirarse, sin decirse nada. No era necesario decir nada. Eran tantas las horas que habían pasado juntos que ambos conocían, de sobras, lo que el otro pensaba. No eran hermanos, sólo vecinos, pero tenían una especie de pacto de sangre entre los dos. Nunca se habían referido entre ellos a esa especie de acuerdo de lealtad entre caballeros. Pero sabían ambos que podían confiar el uno en el otro como si se tratara de sus respectivos padres.

¿Te duele? Rompió el silencio Paco, refiriéndose a la cara de su amigo, entumecida por el frío y la bofetada recibida. No, casi nada. ¿Qué vas hacer mañana? Tendrás que ir a por la bicicleta. Yo no puedo hacer nada, no te puedo ayudar. Ya lo sé, Antonio. Tengo que buscarla. Ya sé lo que me espera, pero ¿qué remedio?, la necesitamos. Varias horas después estaban ya en el pueblo donde no pudieron más que extender el pesar, la preocupación y la rabia al resto de sus familias. Nadie podía hacer nada por ellos. Aunque creían de todas, todas en la honestidad de los dos muchachos y sabían que no habían cometido ningún delito, no podían influir en los asuntos del poder establecido, aunque este poder fuese injusto.

Encogido por dentro, Paco cruzó el amplio portón del cuartel. El guardia de puerta le dijo que esperara, que el sargento no estaba en ese momento, pero que no tardaría mucho. Realmente no pasaría más de media hora en la pequeña y fría sala de espera, pero para él era como si hubiera estado esperando durante un sin fin de horas. Por fin apareció. Enjuto, agrio y con un fortísimo olor a aguardiente que decía claramente que su procedencia era alguna de las tabernas del pueblo. Lo siguiente es fácil de suponer. Un monólogo vociferante y autoritario lleno de insultos y acusaciones, sin el justo derecho a la réplica, a la defensa verbal, al pataleo... Las, salvajemente autoritarias manos, llovían golpeando sin piedad el maltrecho cuerpo del muchacho, por todas partes. Desde todos los ángulos imaginables. Y con la misma furia injusta, rabiosa y casi babeante de quién parece que le va la vida en ser cruel gratuitamente. Después, aún algo peor; la nudosa y flexible vara de madera verde, manejada con ímpetu desmedido y no menos absurdo, siguió apaleando al sumiso ultrajado, que casi ni oponía resistencia, ni intentaba siquiera cubrirse las zonas más sensibles. Dejó hacer a su verdugo con la sola esperanza de que acabase pronto tal martirio. Todo duró poco más de media hora. A Paco le pareció una eternidad inacabable.

Al día siguiente, al despertar el frío día, Paco se estudiaba, recontaba y lavaba con agua fría la inmensidad de magulladuras que cubrían casi todo su frágil cuerpo. Verdugones y ramalazos de diversas formas y extensiones que asemejaban, al menos en el color, las codiciadas aceitunas moradas rebuscadas el día anterior entre los ya esquilmados olivares cercanos al pueblo.

 

 

Tercer premio del V Concurso de Poesía y Narrativa Casal de Gent Grant de Rubí
mayo 2007
Crónicas de un Pueblo • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados.