Cartas desde el Norte
Hasta siempre, amigo
Esta columna, como no podía ser de otra manera, va
dedicada a Katya, Paco, Raúl y Ana Belén Gutiérrez. Ellos son la familia de
Paco Gutiérrez Almirante, empresario hostelero, que nos dejó el sábado 16 de
enero.
Resulta muy difícil para mí que no me asalten los
recuerdos vividos con todos ellos, en estos duros momentos. Eran otros momentos
y, si bien cambian las circunstancias, jamás lo hacen los recuerdos y menos
aún, los afectos. He sido, y así me considero, un excelente amigo de toda esa
familia. Con ellos he vivido momentos placenteros que permanecen en mi memoria
y que lamento no haber podido revivir antes de la marcha de Paco. Y es que,
hace 6 años viví la peor experiencia de mis casi 60 de vida. Y lo hice con
ellos y otros amigos que compartieron la amargura que me tocó en suerte. Unos
respondieron. Otros también lo hicieron, pero menos, y alguno prefirió
arrimarse al poder del dinero y las expectativas. Todo lo entendí entonces y lo
entiendo ahora pero esa familia en especial supo arroparme con su cariño y
comprensión, viviendo como estaban, en la disyuntiva de tomar posiciones.
Supieron mantenerse al margen y, con altibajos, hicieron lo que tenían que
hacer aunque, en circunstancias tensas, no siempre se acierte con los
comentarios, las decisiones que se toman y alguna acción de tan buenas
intenciones como poco afortunada. Todo lo entendí y lo archivé en el disco duro
de la memoria que, cerradas la heridas y una vez pasado el tiempo y la experiencia,
formateé en tiempo y a fondo.
Paco, el Capitán, siempre me trató con el afecto que el
sabía, antes y después del drama que me toco vivir y, jamás le recordaré lo
bastante para agradecérselo. Fue uno de los pocos que, cuando me negaba a salir
de casa por vergüenza, me visitó y animó a recuperar mi vida con aquella
sonrisa que mostraba en los momentos más difíciles. Eso vale mucho más que el
dinero. Lástima que, cuando he tenido que volver a Montijo en estos seis años
siempre para alguna gestión rápida, no
pudiéramos sentarnos tranquilamente a charlar de como una serie de
equívocos y habladurías llegan a amargarte la vida y sacarte de tus casillas.
La verdad es que, cuando en no más de un par de ocasiones que ha habido
oportunidad de ello, de charlar tranquilamente, lo he evitado para no reabrir
heridas que también a ellos les dolían. Lo hice por respeto a esa familia y
espero que así lo entiendan. Cuando suceden estas cosas, uno se acuerda de los
momentos de apoyo que me brindaron y, lo demás, como pasado, pasado está.
Amigo Paco, querida familia, me resulta muy duro lo
que os ha tocado vivir y, en el recuerdo y la distancia, me uno a vuestros
sentimientos con el deseo de que esta situación de dolor y amargura os pase
pronto y en la seguridad de que así va a ser. Querido Paco: desde donde estés,
vigila las cabezas de la gente a la que siempre has estimado para que no se
vayan con la facilidad con que se van. Compartir 14 años de mi vida con
vosotros, ha sido un placer y toda una experiencia. Descansa en Paz que así te
lo has merecido y, cuando te reencuentres con El Garbancero y con Ricardo
Pulido, diles que también les recuerdo con la misma nostalgia. Katy, un sincero
abrazo.
Esta columna, como no podía ser de otra manera, va
dedicada a Katya, Paco, Raúl y Ana Belén Gutiérrez. Ellos son la familia de
Paco Gutiérrez Almirante, empresario hostelero, que nos dejó el sábado 16 de
enero.
Resulta muy difícil para mí que no me asalten los
recuerdos vividos con todos ellos, en estos duros momentos. Eran otros momentos
y, si bien cambian las circunstancias, jamás lo hacen los recuerdos y menos
aún, los afectos. He sido, y así me considero, un excelente amigo de toda esa
familia. Con ellos he vivido momentos placenteros que permanecen en mi memoria
y que lamento no haber podido revivir antes de la marcha de Paco. Y es que,
hace 6 años viví la peor experiencia de mis casi 60 de vida. Y lo hice con
ellos y otros amigos que compartieron la amargura que me tocó en suerte. Unos
respondieron. Otros también lo hicieron, pero menos, y alguno prefirió
arrimarse al poder del dinero y las expectativas. Todo lo entendí entonces y lo
entiendo ahora pero esa familia en especial supo arroparme con su cariño y
comprensión, viviendo como estaban, en la disyuntiva de tomar posiciones.
Supieron mantenerse al margen y, con altibajos, hicieron lo que tenían que
hacer aunque, en circunstancias tensas, no siempre se acierte con los
comentarios, las decisiones que se toman y alguna acción de tan buenas
intenciones como poco afortunada. Todo lo entendí y lo archivé en el disco duro
de la memoria que, cerradas la heridas y una vez pasado el tiempo y la experiencia,
formateé en tiempo y a fondo.
Paco, el Capitán, siempre me trató con el afecto que el
sabía, antes y después del drama que me toco vivir y, jamás le recordaré lo
bastante para agradecérselo. Fue uno de los pocos que, cuando me negaba a salir
de casa por vergüenza, me visitó y animó a recuperar mi vida con aquella
sonrisa que mostraba en los momentos más difíciles. Eso vale mucho más que el
dinero. Lástima que, cuando he tenido que volver a Montijo en estos seis años
siempre para alguna gestión rápida, no
pudiéramos sentarnos tranquilamente a charlar de como una serie de
equívocos y habladurías llegan a amargarte la vida y sacarte de tus casillas.
La verdad es que, cuando en no más de un par de ocasiones que ha habido
oportunidad de ello, de charlar tranquilamente, lo he evitado para no reabrir
heridas que también a ellos les dolían. Lo hice por respeto a esa familia y
espero que así lo entiendan. Cuando suceden estas cosas, uno se acuerda de los
momentos de apoyo que me brindaron y, lo demás, como pasado, pasado está.



















