Port-O-San
Tres palabras
Llevamos ya semanas escuchando y viendo noticias sobre la
desgracia de Haití. No han sido pocos los que han dedicado palabras solidarias
al pueblo haitiano, ni serán pocos los artistas que participarán en miles de
festivales benéficos a lo ancho y largo del Mundo.
Por eso yo no voy a ser uno de ellos aunque, por supuesto,
piense lo mismo que todos ellos (y creo que todos vosotros): no voy a expresar
mi dolor por una catástrofe que (una vez más) se ceba con los más necesitados,
ni voy a expresar lo que siento cuando veo correr las lágrimas por la cara de
mi madre mientras cambio de canal para evitar ver más rostros de niños
desamparados, solos, ignorantes de mucho de lo que les ha pasado y de mucho de
lo que les ocurrirá.
Quiero que esta colaboración sirva como denuncia, de
nuevo, de la clase de especie animal que es el humano, sin duda la más vil. La
especie en teoría más evolucionada y, también en teoría, la única dotada de
inteligencia no duda, sin embargo, en utilizar esa supremacía como lo hacen los
grandes tiranos, tan solo en busca de su propio beneficio, aprovechando la
debilidad de su presa (que no enemigo), una presa que surge de la nada y se
convierte, por obra de la Naturaleza, en objetivo fácil. Un comportamiento
moralmente deleznable, que hace que uno deje de confiar para los restos en sus
congéneres.
El lobo disfrazado de cordero parece, a primera vista, uno
más de nosotros. Bueno, no uno más, sino uno de los que han tenido la
oportunidad de desplazarse al centro de la tragedia.
Parece por tanto, mejor que los demás.
Parece que ha sido capaz de dejar su vida cotidiana para
acudir a una llamada de la desesperación, aparentando tener una filantropía
fuera de lo común, una entrega solidaria en defensa de quién más lo necesita.
Llegan ofreciendo ayuda a los más débiles, de nuevo esos
pobres niños, pero pronto el lobo saca los dientes.
Su verdadera intención no es salvar a esas pobres
criaturas del destino que la Madre Tierra les tenía preparado, sino jugar con
ellos, con su dolor, con su inocencia, con su cuerpo, que ellos se han ocupado
ya de vender al mejor postor, por piezas, como si de un automóvil viejo
estuviéramos hablando. Mientras
tanto, el grueso de la manada, los que dirigen la estrategia y los que
financian la operación, esperan tranquilamente en sus cómodos sofás
occidentales a que llegue el cazador con el botín: unos cuerpos jóvenes, sanos,
con los que poder saciar el ansia de todos los miembros del clan, que han
encontrado una nueva forma de engordar sus asquerosas cuentas bancarias: el
tráfico de órganos.
No hay palabras. Bueno, sí. Se me ocurren tres:
HIJOS DE PUTA
Llevamos ya semanas escuchando y viendo noticias sobre la
desgracia de Haití. No han sido pocos los que han dedicado palabras solidarias
al pueblo haitiano, ni serán pocos los artistas que participarán en miles de
festivales benéficos a lo ancho y largo del Mundo.
Por eso yo no voy a ser uno de ellos aunque, por supuesto,
piense lo mismo que todos ellos (y creo que todos vosotros): no voy a expresar
mi dolor por una catástrofe que (una vez más) se ceba con los más necesitados,
ni voy a expresar lo que siento cuando veo correr las lágrimas por la cara de
mi madre mientras cambio de canal para evitar ver más rostros de niños
desamparados, solos, ignorantes de mucho de lo que les ha pasado y de mucho de
lo que les ocurrirá.
Quiero que esta colaboración sirva como denuncia, de
nuevo, de la clase de especie animal que es el humano, sin duda la más vil. La
especie en teoría más evolucionada y, también en teoría, la única dotada de
inteligencia no duda, sin embargo, en utilizar esa supremacía como lo hacen los
grandes tiranos, tan solo en busca de su propio beneficio, aprovechando la
debilidad de su presa (que no enemigo), una presa que surge de la nada y se
convierte, por obra de la Naturaleza, en objetivo fácil. Un comportamiento
moralmente deleznable, que hace que uno deje de confiar para los restos en sus
congéneres.
El lobo disfrazado de cordero parece, a primera vista, uno
más de nosotros. Bueno, no uno más, sino uno de los que han tenido la
oportunidad de desplazarse al centro de la tragedia.
Parece por tanto, mejor que los demás.
Parece que ha sido capaz de dejar su vida cotidiana para
acudir a una llamada de la desesperación, aparentando tener una filantropía
fuera de lo común, una entrega solidaria en defensa de quién más lo necesita.
Llegan ofreciendo ayuda a los más débiles, de nuevo esos
pobres niños, pero pronto el lobo saca los dientes.
Su verdadera intención no es salvar a esas pobres
criaturas del destino que la Madre Tierra les tenía preparado, sino jugar con
ellos, con su dolor, con su inocencia, con su cuerpo, que ellos se han ocupado
ya de vender al mejor postor, por piezas, como si de un automóvil viejo
estuviéramos hablando. Mientras
tanto, el grueso de la manada, los que dirigen la estrategia y los que
financian la operación, esperan tranquilamente en sus cómodos sofás
occidentales a que llegue el cazador con el botín: unos cuerpos jóvenes, sanos,
con los que poder saciar el ansia de todos los miembros del clan, que han
encontrado una nueva forma de engordar sus asquerosas cuentas bancarias: el
tráfico de órganos.



















