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Viernes, 03 de Abril de 2009

Música y Percepción

“Un hombre se sentó en una estación de metro en Washington, y comenzó a tocar el violín en una fría mañana de enero. Durante los siguientes 45 minutos interpretó 6 obras de Bach. Durante ese mismo tiempo se calcula que pasaron por allí algo más de 1500 personas, casi todas camino de sus trabajos.

        Transcurrieron 3 minutos hasta que alguien se detuvo ante el músico. Un hombre de mediana edad alteró por un segundo su paso, y advirtió que había una persona tocando música.
Un minuto más tarde el violinista recibió su primera donación: una mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha. Algunos minutos más tarde alguien se apoyó en la pared a escuchar un instante, miró su reloj, y siguió su camino.

Quien más atención prestó fue un niño de 3 años. Su madre tiraba fuertemente del brazo del niño, que permanecía ensimismado con la música del violinista. Cuando su madre logró arrancarlo del lugar, el niño continuó volteando la cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros niños. Todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha.
        En 45 minutos que estuvo tocando, sólo 7 personas se detuvieron a escuchar, y otras 20 le dieron dinero sin interrumpir su camino. Cuando terminó de tocar, se hizo el silencio, y a nadie le llamó la atención. No hubo aplausos ni reconocimientos.

        Nadie lo sabía, pero aquel violinista era Joshua Bell (www.joshuabell.com) , uno de los mejores músicos del mundo, que había interpretado una de las obras más complejas escritas jamás, en un violín valorado en 4 millones de euros. Dos días antes, había actuado en un teatro de Boston, repleto de público, que habían pagado de media 90 euros por verle tocar.

        Tan sólo una mujer le reconoció, Stacy Fukuyama, que llegó al final de la actuación. Le había visto 3 semanas antes en un concierto, en la biblioteca del Congreso. Permaneció atónita hasta que la última nota salió del Stradivarius.”

        Este experimento fue organizado por el diario The Washington Post el 12 de enero de 2007, como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de las personas.

        Ante esto, se nos abre varias interrogantes: ¿somos capaces de percibir la belleza en un ambiente banal y a una hora inconveniente? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado? ¿Las prioridades que tenemos en la vida, nos hace más felices?

        Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar a unos de los mejores músicos del mundo interpretar una de las mejores composiciones para violín, ¿qué otras cosas nos estaremos perdiendo?

        (Gracias a Pedro Tarifa, que me envió este curioso experimento, y a todos aquellos que me cuentan y mandan anécdotas, historias, curiosidades, reflexiones...sobre el mundo de la música)
 
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