Concede a tu corazón el hábito de la tolerancia
“Dios creo la sociedad porque es más fácil soportar a los demás que a
uno mismo”…y es que somos tremendamente insoportables. Nos gusta flotar
por la vulgaridad de lo normal, por una sociedad que tiende a
etiquetarlo todo y que intenta ignorar que aunque todos somos iguales,
los hay diferentes. Y estas diferencias, la mayoría de las veces, se
traen marcadas con fuego al nacer, por eso no entiendo, ni entenderé
nunca, el rechazo de la sociedad hacía aquellos que ni piensan ni son
como la mayoría.
Me sorprendió, me emocionó y me dolió mucho la reflexión que la
compañía Falsaria de Indias hacía sobre el dolor del diferente en su
obra: “Por el ojo de la cerradura”, haciendo un claro llamamiento al
respeto hablando de tolerancia, de lo difícil que es ser distintos en
una sociedad que no quiere a los diferentes.
Leer a Llanos Campos, autora de esta obra, me ha hecho reflexionar, por
la crudeza y realidad de sus palabras: “Muchas veces, a base de
repetirle a los niños que son unos monstruos, los convertimos en ellos”
y más tarde argumenta el sentido de la obra cuando explica como surgió
la idea de escribirla, -dice- que fue a raíz de ver un documental sobre
aquellos jóvenes que entraron en un instituto de Estados Unidos y
mataron a compañeros y profesores: «Nadie dijo que estos chavales
llevaban años recibiendo insultos; les decían maricones, bichos raros,
mataos. Llegué a la conclusión de que vamos sembrando cosas que luego
recoge la sociedad».
Duras palabras, cruda reflexión, argumento casi insostenible,… sobre
todo porque me da mucho miedo analizar, porque… ¿quién se pone alguna
vez en la piel del diferente?... en su soledad, en sus continuos
rechazos, en su falta de ternura y cariño, en sus desprecios
constantes, en las burlas que padecen y sobre todo, en lo que engloba
todo esto: su dolor.
Nunca damos oportunidad al diferente, nunca concedemos ni tan siquiera
el beneficio de la duda, es mucho más fácil y cómodo ignorar, esto por
supuesto, en el mejor de los casos, porque habitualmente, cuando
tenemos frente a frente a un ser de los que la sociedad llama
“diferente”, solo se nos ocurre conjugar, contra él, el verbo dañar.
Hay una frase certera que me gustaría que todos memoricemos para que
nos acompañe siempre: “Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a
tu corazón, el de la tolerancia”. Si todos fuésemos por la vida con el
respeto como bandera otro gallo nos cantaría pero nos ha tocado vivir
en un mundo absurdo en el que parece que solo hay dos grupos de
personas, los que pisan y los pisoteados… ¡que triste!.
Seguramente cuando veíamos la obra, cuando la sufríamos, nos dimos
cuenta del daño que hacemos a otras personas simplemente por arrancar
alguna sonrisa a algún “capullo” de los que nos acompañan. Esos, que la
sociedad considera “normales” y son más espeso que una infusión de pan
rayado.
En cierta ocasión dijo Gandhi: “Puesto que yo soy imperfecto y necesito
la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los
defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita
ponerles remedio”. Ojala sea pronto porque mientras tanto, nos estamos
haciendo, entre todos, mucho daño.
Me sorprendió, me emocionó y me dolió mucho la reflexión que la compañía Falsaria de Indias hacía sobre el dolor del diferente en su obra: “Por el ojo de la cerradura”, haciendo un claro llamamiento al respeto hablando de tolerancia, de lo difícil que es ser distintos en una sociedad que no quiere a los diferentes.
Leer a Llanos Campos, autora de esta obra, me ha hecho reflexionar, por la crudeza y realidad de sus palabras: “Muchas veces, a base de repetirle a los niños que son unos monstruos, los convertimos en ellos” y más tarde argumenta el sentido de la obra cuando explica como surgió la idea de escribirla, -dice- que fue a raíz de ver un documental sobre aquellos jóvenes que entraron en un instituto de Estados Unidos y mataron a compañeros y profesores: «Nadie dijo que estos chavales llevaban años recibiendo insultos; les decían maricones, bichos raros, mataos. Llegué a la conclusión de que vamos sembrando cosas que luego recoge la sociedad».
Duras palabras, cruda reflexión, argumento casi insostenible,… sobre todo porque me da mucho miedo analizar, porque… ¿quién se pone alguna vez en la piel del diferente?... en su soledad, en sus continuos rechazos, en su falta de ternura y cariño, en sus desprecios constantes, en las burlas que padecen y sobre todo, en lo que engloba todo esto: su dolor.
Nunca damos oportunidad al diferente, nunca concedemos ni tan siquiera el beneficio de la duda, es mucho más fácil y cómodo ignorar, esto por supuesto, en el mejor de los casos, porque habitualmente, cuando tenemos frente a frente a un ser de los que la sociedad llama “diferente”, solo se nos ocurre conjugar, contra él, el verbo dañar.
Hay una frase certera que me gustaría que todos memoricemos para que nos acompañe siempre: “Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia”. Si todos fuésemos por la vida con el respeto como bandera otro gallo nos cantaría pero nos ha tocado vivir en un mundo absurdo en el que parece que solo hay dos grupos de personas, los que pisan y los pisoteados… ¡que triste!.
Seguramente cuando veíamos la obra, cuando la sufríamos, nos dimos cuenta del daño que hacemos a otras personas simplemente por arrancar alguna sonrisa a algún “capullo” de los que nos acompañan. Esos, que la sociedad considera “normales” y son más espeso que una infusión de pan rayado.
En cierta ocasión dijo Gandhi: “Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”. Ojala sea pronto porque mientras tanto, nos estamos haciendo, entre todos, mucho daño.



















