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Teo Cayetano
Jueves, 5 julio 2018

Habla, pueblo, habla

 

 

 

Quienes peinamos ya algunas canas podemos recordar claramente aquella canción de Jarcha que se convirtió en el himno de propaganda del referéndum para la Reforma Política del 15 de diciembre de 1976, cuyo resultado avaló la hábil estrategia de Adolfo Suárez para iniciar nuestra mítica Transición y, con ella, el periodo más largo de paz y prosperidad en la historia de nuestro país.


Desde aquella ilusionante primera vez, los españoles hemos sido convocados a las urnas en multitud de ocasiones para elegir a nuestros representantes en municipios, parlamentos autonómicos, Congreso y Senado o Parlamento Europeo. Aquella excepcionalidad de 1976 se ha ido convirtiendo con el transcurso del tiempo en civilizada monotonía democrática. Incluso hemos superado con relativa normalidad situaciones complicadas, como ir a votar en 2004 bajo el estrés postraumático de una masacre terrorista reciente, o repetir en 2016 las elecciones generales de 2015 cuando el líder del partido mayoritario se negó a aceptar el encargo del Rey para someterse a la investidura.


Parece meridianamente claro que la sociedad española ha ido avanzando y madurando en los usos y costumbres democráticas, como lo demuestran los gobiernos de distinto signo político que se han ido sucediendo a lo largo de este casi medio siglo bajo el amparo de una Constitución que necesita ya de una buena reforma y puesta al día.
Vivimos actualmente un cambio de ciclo, en el que lo viejo se va apagando mientras lo nuevo aún no ha tomado forma por completo, en medio de un ambiente político convulso: un Gobierno, acosado por la corrupción y el inmovilismo, acaba de caer derribado por una moción de censura, por primera vez en nuestra reciente historia democrática; otro Gobierno ha tomado posesión, nacido bajo graves acusaciones de pactos secretos y componendas con los independentistas, y pretende perdurar con el apoyo de apenas la cuarta parte de los diputados del Congreso. Si éstas no son circunstancias excepcionales, ya me explicarán qué son.
Por eso muchos pensamos que la única salida razonable a esta coyuntura es la convocatoria de elecciones anticipadas, para preguntar al pueblo soberano cómo ve el panorama, quién debe liderar esta nueva etapa y con qué apoyos debe hacerlo.


Pero ni el anterior  presidente estuvo por la labor, ni el actual parece que lo esté tampoco. Aferrados a la poltrona, uno antes y otro después han primado sus intereses políticos particulares sobre el interés general de todos, cerrando los ojos ante la nueva realidad que la sociedad española les está mostrando.
Unos y otros, en su cansino juego de turnos, están tan acostumbrados a mirar sólo por ellos que no han reparado en el hartazgo de una nación que espera que se dirijan a ella y le digan: habla, pueblo, habla.

 

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