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Manuel García Cienfuegos
Viernes, 4 mayo 2018

Pliego va, pliego viene

La plaza de Santa Clara es uno de los pocos rincones que conserva el sabor y el buen gusto por la arquitectura tradicional de Montijo. Sus rejas salientes, portadas de granito, miradores, escudos nobiliarios, cruces de forja, retablos cerámicos nos hablan de una conservación y restauración acertada. A ella afloran, o de ella parten calles antiguas. Santa Ana, antes del Miradero, calleja hacia la calle de Arriba, Peñas, Atrás, y Acinco. Calles rastreadas por la memoria de los tiempos, de lo que fueron, de lo que han sido; testigos de tantos acontecimientos. En ese entorno fijó lugar y residencia una comunidad de judíos artesanos y mercaderes. Un sencillo azulejo evoca, con la estrella de David, su judería, bajo tiempos que dicen fueron de concordia y convivencia.

Accediendo a ella por la calle de Atrás, que luego fue calle de Sevilla y hoy del médico Esteban Amaya, se sitúa de frente el convento del Santo Cristo del Pasmo, en el que ejercitan clausura y vida contemplativa las religiosas clarisas franciscanas, seguidoras de la regla y carisma de Santa Clara, por eso es conocida como plazuela de las monjas. En ella vivieron las familias, Tejeda, Alía, Rodríguez y Molano. Tomás Gragera Rodríguez, en la esquina de la calle Santa Ana, tuvo tienda de coloniales, embutidos y quesos. En esta plazuela estuvo la primera oficina del Monte de Piedad, y muy cerca del rincón hacia la calle Acinco, desde el año 1952, la imprenta de Juan Torres.

Una imprenta cuidada apasionadamente. Santuario y templo de Gutenberg. La única que entonces había en Montijo y su comarca. Antes de la de Torres, que sepamos, tuvieron establecimientos las de Izquierdo, Millán, Parejo y el Compás. En ella faenaron durante años Juan Torres y dos empleados, Antonio García Zamora y Miguel Rivadeneyra Rojas. Después quedaron al frente del negocio, Juan y su hija Pepa. Padre e hija trabajaron imprimiendo los trabajos y los afanes de la vida: talonarios, tarjetas de visita, facturas, cartas, albaranes, invitaciones de boda, estampas para la primera comunión. Sobres, recordatorias, revistas, programas, convocatorias… compuesto todo a mano, bajo el arte y oficio de la tipografía. Juntaban y ordenaban, formaban las palabras, líneas, textos y páginas, para imprimirlo luego todo sobre el papel.

En los chibaletes, entre los cajetines y las cajas, a golpe de componedor y pinza, iban ordenando los tipos móviles, puntos y cíceros. Caracteres, capitulares, redondas, cursivas y negrillas. Interlíneas, imposiciones, filetes y lingotes. Las ramas, las enceradas cuerdas que amarraban el plomo de las galeras, los galerines y las resmas de papel. La implacable “guillotina” que cortaba bajo presión, papel y cartón, casi a decreto de Robespierre. A su puerta nos asomábamos con afán de curiosear, los que por entonces atravesábamos la plazuela en busca de la escuela del maestro Julián Guzmán en la calle de Santa Ana. Allí escuchábamos el sonido del vaivén de la máquina impresora Heidelberg, pliego va, pliego viene. El olor de la tinta fresca sobre el rodillo y el higiénico trabajo de limpieza de la bruza. Mientras, Juan Torres, ajeno a nuestra indiscreta presencia, observaba con especial atención, el espaciado y la justificación de una prueba.

A la imprenta Torres le llegó la hora de poner el candado en sus chibaletes, de dejar el componedor y la pinza. Con melancolía y tristeza padre e hija dejaron el gratificante oficio de la tipografía. Quedando su pie editorial: Imprenta Torres. Les había llegado la hora. Ocurrió en plena Transición, en el año 1978, casi tocando el prólogo de la invasión de las tecnologías, de la impresión offset, la composición digital y la electrónica. Antes de que el poderoso Bill Gates cantara el “gori gori” al invento gutenberguiano.

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