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Última actualización 19:30
Lunes, 5 marzo 2018

Dolorosa ausencia. Dedicada a Ramón Cardenal

De nuevo el llanto. De nuevo abrir la herida interna del dolor para despedir a un amigo. De nuevo tener que vivir con el recuerdo de una dolorosa ausencia. Se nos ha ido un hombre amable, dispuesto a hacer el bien a todo aquel que a él se acercaba y todo ello desde la más extrema humildad, rasgo que emanaba siempre de su vida y de su persona.

 


Un hombre que supo hacer de su vida un continuo alegato a la sencillez, basada siempre en una amabilidad sin límites. Siempre mostrando, transmitiendo, esos valores que deberíamos tener todos los humanos, reflejo siempre de ese excepcional carácter de persona luchadora.

 


Se nos ha ido un buen hombre, un humilde ser humano muy querido por todos como ha quedado reflejado en su multitudinaria despedida. El cariño que todos le profesábamos quedó patente desde el primer minuto que se conoció su muerte y el gesto de sus amigos y compañeros cofrades, llevándolo a hombros hasta el cementerio, es la mejor prueba de respeto y cariño que podían ofrecerle.  Seguro que a partir de ahora, cuando salga a la calle alguna de las procesiones que el capitaneaba, se va a notar mucho su ausencia. Qué facilidad tenía de brillar sin apenas pronunciar palabras y qué bonito el don de ser protagonista sin ni siquiera pretenderlo. Eso solo lo consiguen las personas íntegras, sin trasfondo, revestidas desde que nacen con grandes valores.

 


¡Como disfrutaba, con su traje impecable, en la procesión de la Pura y en la del Resucitado o con su traje de nazareno en las procesiones de Semana Santa. Siempre luchando y trabajando a la sombra, sin apenas hacer ruido.

 


Capataz de la Cofradía, supo y quiso estar en ella hasta el último minuto. A pesar de sus años de enfermedad, jamás faltó a ninguna de ellas. Allí estaba siempre, dispuesto a colaborar para que todo saliera perfecto. No importaba su interna tristeza, ni la enfermedad que lo estaba minando por dentro porque su objetivo siempre ha sido entregarse en cuerpo y alma a todo en lo que creía.

 


Estoy seguro que este año, cuando la Virgen de la Soledad recorra en silencio las calles de nuestro pueblo lo buscará entre la multitud y seguro que quedará reflejada esa nueva punzada de dolor que ha producido en todos su ausencia. Ella, la Virgen de la angustia, del dolor más extremo saldrá de la iglesia, abandonará su clausura,  para llorar junto a su pueblo por él.

 


En su entierro, cuando pusieron su ataúd delante de la Santísima Virgen de los Dolores, su Virgen, estoy seguro que las lágrimas de cera que resbalan por su rostro, esas lágrimas, en esta ocasión era por ti y para ti, amigo Ramón.

 

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