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Última actualización 19:16
Lunes, 5 marzo 2018

¿Existe la depresión infantil?

La infancia suele ser recordada por los adultos como un periodo feliz, libre de preocupaciones y en el que el juego y la diversión son la única ocupación.
Los niños no están expuestos a los estresores que padecen los adultos: problemas de pareja, desempleo, estrés laboral, etc. Además, a la mayoría de ellos hoy en día no les falta absolutamente de nada: juguetes, ordenadores, teléfonos móviles…
Parece que los más pequeños no tienen motivos para deprimirse y, sin embargo, uno de cada veinte sufre depresión.
Sara es una niña de 9 años de edad. Lleva varios meses con poco apetito, le cuesta mucho dormir y tiene pesadillas con bastante frecuencia. Se encuentra cansada la mayor parte del día y sus profesores dicen que no se concentra en clase. Sus padres cuentan que tiene continuos cambios de humor (a veces llora sin motivo aparente y en otras ocasiones tiene fuertes rabietas).


¿Cómo es esto posible?
Los niños son muy sensibles a su entorno (principalmente el colegio y la familia): padres que discuten con frecuencia delante del niño, divorcio, acoso escolar, situaciones socioeconómicas difíciles, una alta exigencia, problemas de salud, etc. Muchas veces los problemas no se le explican bien o tienden a ocultárselos para no preocuparlos. Esto puede producir que el niño saque una conclusión errónea sobre lo que está ocurriendo. Debido a su poca madurez y a la falta de recursos emocionales, no son capaces de asimilar ni gestionar bien aquello que les preocupa y pueden comenzar a tener síntomas depresivos. La tristeza o enfado permanente unido a la apatía (disminución del interés por realizar actividades o de disfrutar con ellas) son los más frecuentes.


¿Qué podemos hacer para prevenirlo?
En primer lugar, establecer una buena comunicación con el menor, tanto para que podamos explicarle lo que está ocurriendo en casa, como para que pueda contarnos si está teniendo algún problema fuera.
Reducir el número de estresores a los que está expuesto: excesivas actividades extra escolares, presión por el rendimiento académico, discusiones delante de él, críticas o reproches, etc.
Aumentar las conductas agradables: actividades en la calle, juego libre, relacionarse con sus iguales, deporte sin competitividad.
Favorecer un ambiente familiar cercano donde sean frecuentes las expresiones de cariño y los halagos por las distintas habilidades que posee el pequeño.
Por último, es fundamental crear una red de prevención con otros adultos que están a cargo del menor (profesores, padres de otros niños, entrenadores deportivos, profesionales sanitarios etc) que puedan informarnos si perciben algún problema.

 

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